El acontecimiento

Autor:

Hugo Rius

Periodistas y públicos receptores parecen destinados a la búsqueda común y no siempre afín de esa categoría mediática resbaladiza que llamamos acontecimiento. Para los primeros forma parte consustancial de las obsesiones del oficio, para los segundos una preferencia instalada en los hábitos de consumos informativos, un componente destacado de la cultura en su sentido más abarcador.

Sin embargo, en esta relación entre ambos actores puede haber asimetrías, porque en fin cuentas son los medios los que elijen un hecho real acaecido y lo convierten en acontecimiento cuando le otorgan a la hora de representarlo trascendencia y relevancia amplificadas y hasta sesgan intencionadamente los componentes factuales acopiados por los reporteros, según las miras, intereses y compromisos de propietarios y asociados políticos de esos instrumentos masivos. El margen de manipulación de la realidad resulta demasiado evidente.

En toda regla un acontecimiento mediatizado debería consistir en una noticia que vaya más allá de lo novedoso, de la ruptura de la normalidad y de la rareza, para poseer verdadera magnitud social por sus consecuencias futuras y por las auténticas conmociones humanas que desata. Para cubrirlo se requiere apegarse estrictamente a la verdad, y por lo menos recurrir a ese viejo abc profesional de la contrastación de las fuentes en contradicción con el justo balance, para que en algo se parezca a la mistificada objetividad.

Mucho más que estos recordados conceptos, la cruzada mediática contra Cuba en marcha por estos días proporciona aleccionadores y claros ejemplos de cómo se fabrican acontecimientos en una acción concertada bajo una sola batuta con propósitos hostiles, reemplazando elementales principios éticos por groseras tergiversaciones de la realidad.

Estoy convencido de que a cualquier prisionero común en Estados Unidos y Europa que se le ocurriera emprender un huelga de hambre suicida en demanda de mejores condiciones carcelarias (sea una cocina, un televisor, un teléfono) nunca se le otorgaría el beneficio de los grandes titulares impresos ni los espacios estelares audiovisuales de todos esos medios enrolados en la campaña anticubana. Para estos el hecho no calificaría como acontecimiento, y más bien  se contemplaría como la normalidad en las lógicas de comportamiento de la población penal.

Desde esos autocreídos «ombligos del mundo» el mensaje hacia el resto de la humanidad trasunta por otra lógica: «haz lo que digo pero no lo que hago», porque son muchos «los tejados de vidrio» en materia de derechos humanos.

A ver, ¿qué tiene de novedoso, y menos aún de acontecimiento la movilización financiada desde Estados Unidos de alguno de sus grupúsculos internos apadrinados, con el fin del retorno de Cuba a la sumisión? En rigor se trata de apenas un fragmento de todo un extenso repertorio de hostigamientos que ha cobrado vidas y cuantiosos daños materiales, que nuestro pueblo ha enfrentado durante cinco décadas, y aprendido a asumirlo como parte de la normalidad y a despecho de ello ha sabido seguir adelante.

No es de extrañar que tantos ingenuos y desprevenidos, incluido quienes gozan de cierta fama y hasta personas honestas pero desinformadas hayan caído en la trampa de la campaña anticubana, si en el día a día a lo largo del tiempo se les vende cualquier cosa como acontecimiento mediatizado, y con escasas posibilidades de contrastar las fuentes, sobre todo las de nuestro Sur agredido, vilipendiado. Sus réplicas, aunque bien demostrativas y argumentadas, justas, sencillamente se ignoran, se silencian.

Pura y santa tiranía mediática. Amén.

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