La alianza estratégica

Autor:

Margarita Barrios

Alicia fue mi maestra de primer grado. La primera vez que tomó tiza y borrador en sus manos fue después de la Campaña de Alfabetización, en la que participó siendo casi una niña, y con apenas sexto grado.

La recuerdo más allá del libro donde me enseñó a leer con «la Monita Maromera, salta de la mata al muro»; limpiando mis rodillas y mi cara después de una caída, o con el dulce y oportuno regaño por conversar demasiado con la amiguita que compartía conmigo pupitre.

Alicia es maestra Makarenko, lo cual exhibe hasta hoy con gran orgullo. Tímida para dar entrevistas, nunca ha querido aparecer en las páginas de JR, aunque muchas veces se lo he rogado. Sin embargo, el tema de la educación nunca falta cuando nos encontramos por las calles del barrio.

Para ella hay algo importante que se ha perdido, y en lo cual hay que profundizar, sobre todo tras la situación creada en el país, que condujo a la reedición de las pruebas de ingreso a la Universidad en este curso, la proximidad del fin del año académico y la vista puesta en el próximo.

Se trata de la participación activa de la familia en la educación de los hijos y el papel de los consejos de padres. El apoyo incondicional que pueden ofrecer al maestro. Ella asegura que esa es una alianza imprescindible, pues se convierte en una relación de mutua exigencia que determina la calidad de las instituciones escolares.

Y es que el proceso de enseñanza-aprendizaje tiene que ser un problema de todos, sin quitarle la responsabilidad institucional de la escuela, cuyo prestigio depende de la sabiduría y educación que imprima a sus alumnos.

Sin duda, la eliminación en marcha de la categoría de  alumnos internos coadyuvará también a que la familia participe más, no solo exigiendo a la escuela que ahora tendrá más cerca de casa, sino en el estudio individual de cada joven.

Nuestra educación básica ha sufrido en los últimos años fuertes embates. La falta de profesores obligó a tomar medidas urgentes y colocar en las aulas a jóvenes bisoños que, más allá de no tener los rudimentos pedagógicos necesarios, en oportunidades no conocían a profundidad las asignaturas que debían impartir.

No se trata de culparlos ahora, podría decirse que hasta fueron héroes de una situación particular, en la cual se convirtieron en salvadores del colapso. Pero de cierta forma respondieron a una situación coyuntural del país. Con un poco más de estudios e incentivos podrán llegar a ser el profesor al que se aspira. De hecho, algunos de ellos han seguido superándose y ya son otros los frutos que dan en las aulas.

No podemos entonces culpar a estos jóvenes de no saber lo que deben. Ellos son el resultado de una época. Las nuevas decisiones que se toman buscan corregir las distorsiones, porque si de algo puede ufanarse la educación revolucionaria es de su capacidad de autosuperarse.

Las señales de esos nuevos rumbos acaban de visualizarse en la reciente reunión preparatoria del próximo curso escolar, y en los objetivos que en el encuentro anunció se prevén afianzar.

Lo principal es entender que la educación es un proceso indetenible. Lo que no hagamos hoy, será tarde para realizarlo mañana. El muchacho que termina el sexto grado con deficiencias no regresa atrás. Ese es un fardo que cargará en el resto de su formación, e incluso que le impondrá obstáculos a sus sueños de realización personal.

Estas transformaciones comenzaron desde el curso pasado en todos los niveles de enseñanza. Y en mi modesta opinión la más trascendente es la referida al sistema de evaluación. Creo que si pretendemos que los estudiantes aprendan más, hay que evaluar con rigor y no pasarlos de un nivel a otro sin verificar cuántos objetivos han vencido.

De tal manera aparecen las sorpresas, y padres confiados en notas anteriores que ven fracasar a sus hijos en exámenes para acceder a la continuidad de estudios; o especialidades que escapan de las manos luego de años de estudios con el objetivo de alcanzar una u otra profesión.

En el libro Pedagogía, editado por el Instituto Central de Ciencias Pedagógicas de Cuba (ICCP), se define la evaluación como aquel proceso mediante el cual se comparan los resultados del trabajo de educadores y alumnos con los objetivos propuestos para determinar la eficiencia del proceso docente-educativo, y consecuentemente reorientar el trabajo y decidir si es necesario volver a trabajar sobre los mismos objetivos, o sobre parte de ellos, con todos o con algunos alumnos, al mismo tiempo que comprueba si la trayectoria que se siguió en el trabajo fue adecuada o no.

Se impone mirar hacia el futuro con optimismo. Lo más importante es la voluntad de todos en lograr revertir los resultados. El sistema educacional tiene fortalezas que permiten adoptar medidas para que ningún muchacho quede sin opción de prepararse para ser útil a la sociedad.

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