Réquiem por un desangrado - Opinión

Réquiem por un desangrado

Autor:

Yurisander Guevara

Puso un bozal en su hocico y le propinó cuatro puñaladas. Luego lo dejó en la puerta del edificio. Allí el negrísimo Cocker spaniel soltó su último suspiro en medio de la noche, incapaz de protestar, ni pedir ayuda. Su boca atada y la traición de su dueño le apagaron la vida.

Confieso que cuando leí la noticia, no podía hacer más que preguntarme qué habría hecho ese animalito para merecer tal suerte.

Quizá se llamaba Campeón, Dinky o Sandokan. Eso nunca lo sabré. De lo que sí estoy seguro es de que era bueno. A fin de cuentas, todos los perros lo son. Nunca he creído en las teorías de «razas fieras»: he jugado con muchos, desde Dóbermans hasta Rottweilers, y aún permanezco entero. Feroces los volvemos nosotros, los humanos, con nuestra forma de criarlos… o matarlos.

Ahora D.C.J. (iniciales de la persona que cometió la atrocidad revelada en el sitio web español Público.es) deberá responder ante la justicia de Cáceres, donde enfrenta la posible pena de un año de privación de libertad, así como otros tres de inhabilitación para el ejercicio de cualquier profesión, oficio o comercio relacionado con los animales.

La actitud de esta persona, cuyo sexo desconozco, me recordó otra no menos cruel que presencié recientemente en uno de los parques de la calle Paseo.

En este caso no apuñaleaban al can, pero sí le hacían halar, soga mediante, una goma de gran tamaño con varios ladrillos encima. Era un Stanford, el perro ideal para las peleas. ¿Lo estarían entrenando?

Recuerdo que observé, desde el vehículo en el que me trasladaba, al pobre chucho avanzar con la lengua afuera y mucha dificultad, siempre bajo las amenazas de la fusta de su amo. A lo mejor por eso no detenía su marcha el Stanford, pero volví a sentir la impotencia de no poder hacer nada por el animal cuando el semáforo cambió a verde y el auto prosiguió su camino.

Hace siete años en las páginas de este diario publicamos una serie de reportajes sobre las peleas de perros, una de las numerosas y más comunes aristas del maltrato hacia los animales afectivos en su convivencia con los humanos.

Recuerdo que en su momento aquellas líneas armaron mucho revuelo, y numerosas cartas y correos electrónicos llegaron durante meses a nuestra redacción, muestra de lo sensible que resulta el tema.

Debemos hacer más en nuestro país por erradicar el maltrato animal, un flagelo que, como ilustra el ejemplo del inicio, no es exclusivo de esta Isla.

Y ojo, no hablo de instituciones como la Sociedad Protectora de Animales, que sí vela hasta donde alcanzan sus facultades por que se cumplan las normas en la crianza de las mascotas, sino de la insuficiencia de normas que sancionen las atrocidades cometidas contra ellas.

Por eso, es muy necesario castigar duramente a quienes convierten en un calvario la vida de sus animalitos. Que no posean el don de pensar, no significa que carezcan de un instinto que los vuelve, a su muy especial modo, seres cariñosos y excelente compañía en los momentos de mayor soledad.

Un mayor control sobre los animales permitiría conseguirles dueños que verdaderamente los amen, y me evitaría perder el sueño imaginando los infinitos juegos que pude haber tenido con Campeón, Dinky o Sandokan, el nombre no importa si, de todas formas, a ese Cocker un desalmado le desangró el alma.

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