Dignificar lo que hacemos

Autor:

Nelson García Santos

Vestido pulcramente, parece que se encamina hacia una recepción, cuando en realidad va a lustrar calzados. Allí en la calle lateral al Cardiocentro, en Santa Clara, llama la atención aquel hombre que antes del comienzo de su trabajo limpia con una escoba el lugar donde se va a situar. Y cada vez que atiende a un cliente se lava las manos, si de inmediato no sube otro a la silla.

Mantiene su ropa intacta durante su jornada. Brillan por fuera, sin una manchita, las cajas de betún y los pomos de tinta. Orden y limpieza emanan en una combinación envidiable, desaparecida en ocasiones hasta de lugares distinguidos, incluso, donde se ingieren o manipulan alimentos.

Así nos pone ante la vista, sin tener que decir nada, el amor que siente por su labor o, más exactamente, la manera con que dignifica su modesto empleo.

Y traigo la anécdota a colación porque se requiere para resolver los desafíos actuales en el orden productivo, sean cuales sean las medidas que se apliquen, que cada cual asuma su faena de esa forma en que el hecho de hacer satisfaga, más que asumirlo como mera obligación o un castigo.

Ahora mismo, muchísimos piensan que el señor dinero por sí solo va extinguir todos los problemas de la economía, pero la vida demuestra que siempre un buen salario, que muchísima falta nos hace, tampoco ha sido equivalente a un mejor resultado. Hay personas que con menos sueldos realizan una labor más eficiente que otras mejor pagadas.

¿Ejemplos? Los archivos hablan. Estos confirman que en la red comercial en CUC, de mayor pago salarial en comparación con determinados sectores, se detectan las mismas violaciones que en las ventas en pesos, extrapolando las marañas con la ganancia agregada de que la divisa les rinde más, y la atención a veces deja que desear.

Pero en la vuelta de hoja que hace falta, tampoco podemos obviar que de por medio hay una cuestión de mentalidad, enraizada durante mucho tiempo, que súbitamente un decreto no va a extinguir, y que es aquella que nos hace chocar una y otra vez con la misma piedra.

Es decir, se repiten y repiten cuestiones que laceran la economía, como pérdidas de productos agrícolas que se dejan echar a perder, adulteraciones, derroche de recursos, incumplimientos de normas en elaboraciones de alimentos y el descontrol, raíz de los males, ese mismo que descubren en disímiles lugares las inspecciones, donde siempre se encuentran más de lo mismo.

Consecuentemente, para dignificar el trabajo, además de un salario que nos permita vivir desahogados, hace falta erradicar las costumbres transgresoras, el dejar hacer esto y lo otro, que han sobrevivido hasta en aquellos sectores de mayor remuneración, lo que confirma que el fenómeno no responde solamente a una cuestión de supervivencia.

Cada cual debe sentirse en su trabajo como ese hombre que llega todos los días a plantar su puesto de limpiabotas. O el campesino cuya satisfacción se le desboca al enseñarte la buena cosecha. O el cirujano alegre porque acaba de salvar una vida. O esa mujer que se siente orgullosa por mantener reluciente su centro.

Nos hacen falta, más que excepciones del buen hacer y asumir de determinados segmentos, que se generalice esta conducta en la sociedad, imprescindible para cualquier progreso.

Los cambios de mentalidad siempre requieren de más tiempo, pero sin dignificar lo que hacemos, empezando por uno mismo, más allá de las normativas, tampoco saldrá adelante nuestra economía. Y eso urge porque está en juego la propia existencia de la Revolución.

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