Cómico y complejo

Autor:

Osviel Castro Medel

Los dos artistas estrellas subieron al escenario del multitudinario carnaval y empezaron a disparar una sarta de palabras «magníficas», mitad alarido, mitad disfonía. Y se mofaron a gritos del gordo y del feo, del guajiro y del «blandito», del viejo y la suegra.

Remataron con una parodia inaudible, salpicada de estribillos que ni en doble ni en triple sentido decían algo, a no ser giros vulgares, imposibles de transcribir.

Mirándolos, uno pudiera esgrimir la afirmación de George Burns, el actor estadounidense que vivió un siglo: «Quien nos hace reír es un cómico; quien nos hace pensar y luego reír es un humorista».

Aunque, en el fondo (y hasta en la superficie), cualquiera se pregunta, también, cuánto de cómicos tendrán esos personajes que ponen la grosería como retrato y la burla tosca como insignia.

Claro que aquella escena, tantas veces repetida en nuestros días, tiene un recodo acaso más preocupante que la actuación de los «comediantes»: la aceptación a carcajadas de una parte considerable del público, que gozó sin parar con aquel chaparrón de burla.

No se trata de un simple problema artístico o estético, porque se filtra por la más complicada rendija del concepto de cultura y apunta a la formación o deformación del individuo.

Surge, entonces, la famosa polémica de la gallina y del huevo: si un grupo grande de personas no se riera a desternillarse con esas chanzas, ¿existirían tales «actores»?; como cabe la pregunta a la inversa: si los «jocosos» abandonaran ese humor fabricado y montado sobre la burla peor, ¿habría tantos individuos con deseos incontenibles de disfrutar esos números?

No creo que florezcan respuestas matemáticas, exactas, como el dos más dos. Hay de parte y parte; y al menos a mí, que tanto me río, no me da gracia la yaguasa que defeca en medio de la plaza para burlarse de su raza ni el pitirre cuyo canto es espanto y quebranto.

Lo cierto es que, ya sin rimas, cuando un personaje público y sus regentes validan propuestas que apuesten por el llamado pujo y la vulgaridad, una porción de la gente, siempre «acrítica» en su cotidianidad, también aceptará o reproducirá actitudes burlescas, choteadoras, satíricas, alejadas de aquel «riéndose y pensando».

Hace varios años se deslizó por las páginas de Juventud Rebelde un comentario que señalaba como ejemplo que el famoso «tantas patas no pueden estar equivocadas», eslogan sin fundamento de un mal programa humorístico, después fue eco diario en cientos de niños a lo largo de la nación.

Una vieja sentencia anónima señala que «un tonto hace reír a cientos si le dan lugar y tiempo». Nosotros mismos, a veces, le cedemos el paso a lo ramplón y lo grosero porque no existen los Chaflanes que nos hagan meditar y reír a la vez, con sombrero y sin sombrero; ni aquellos que explotaban la historieta relajante y pícara, los malos entendidos, el doble sentido, la fantasía y la invención. O es que tal vez no los buscamos o no les abrimos el espacio en el mar agitado de nuestro reloj.

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