Nuestro homenaje a Frank País

Autor:

Armando Hart Dávalos

En el aniversario 54 del alzamiento del 30 de noviembre vuelve a nosotros con una fuerza renovada la figura de aquel joven santiaguero que a golpe de inteligencia, espíritu de sacrificio y coraje se ganó un lugar cimero entre los héroes de la Patria. Me refiero a Frank País García.

En su vida ejemplar se articularon tres elementos clave que en una ocasión como esta me interesa recalcar:

La familia, con una profunda raíz ética y una tradición de esfuerzos en defensa de los pobres de la Tierra, con fundamentos éticos cristianos que representan tanto el padre como la madre de Frank.

La escuela. En Frank País este fue un elemento fundamental. La de los bautistas, de la que su padre fue maestro, y también la Universidad de Oriente. Ambas fueron escenarios propicios para la formación de valores morales y patrios.

El tercer elemento es la comunidad, en la que se sintetizan y alcanzan a la vez altos niveles estos principios, es decir, la tradición patriótica y revolucionaria de la ciudad «rebelde ayer, hospitalaria hoy y heroica siempre», que fue el escenario para las luchas santiagueras de la Generación del Centenario que simbolizan Frank, Vilma y muchos más.

Frank era un hombre de acción y, al mismo tiempo, de sensibilidad artística y talento organizativo. Reunía virtudes difíciles de integrar en una sola persona, como son la capacidad de organización, de acción, y, al mismo tiempo, pensamiento. No sé si era un político con vocación militar o un militar con vocación política. Sí sé que para él las palabras disciplina, organización, civismo y libertad tenían un valor sagrado, conjugándose en su mente y en su acción y guardando un magnífico equilibrio. Tenía al morir 23 años y en él hicieron síntesis todas las virtudes revolucionarias.

Poseía una moral y una pureza como pocas he conocido. Tenía a la vez una abierta y sincera vocación de dirigente. Quien hablara dos veces con él sabía que había nacido para mandar. Y mandaba, con moral espartana y noble espíritu de justicia. Este rasgo suyo fue destacado también por Vilma Espín, una de sus más cercanas colaboradoras en la lucha clandestina en Santiago de Cuba. Era «el más limpio y capaz de todos nuestros combatientes», como afirmara el mismo Fidel.

Junto a sus dotes intelectuales y su sensibilidad —gustaba de escribir versos y tocaba el piano—, está presente con fuerza su capacidad para la acción. Había interiorizado muy bien la frase del Apóstol: Hacer es la mejor manera de decir.

Fiel a la palabra empeñada con Fidel desencadenó la lucha en Santiago aquel 30 de noviembre para atraer la atención de las fuerzas de la dictadura y facilitar el desembarco de los combatientes que venían en el yate Granma. Un acontecimiento dramático asociado a aquella gesta me lo reveló en toda su estatura política como dirigente indiscutido de la clandestinidad en la región oriental del país, cuando aquel desolado domingo del 2 de diciembre, sin saber aún si Fidel Castro y decenas de compañeros se habían hundido en el mar, o habían sido ametrallados por la aviación en medio del Golfo, recuerdo que vino a interrumpir mi angustia y desesperación con estas palabras: «Mira lo que tengo escrito para las direcciones provinciales y municipales». En aquella circular de orden interior se disponía el sabotaje en gran escala y la quema de caña. Ese era Frank asumiendo en aquellas circunstancias difíciles con resolución y valentía el liderazgo revolucionario.

Por eso, cuando cayó asesinado en las calles de su querida Santiago, el 30 de julio de 1957, su muerte provocó el más amplio movimiento de protesta cívica primero en Santiago de Cuba y que después se fue extendiendo a otras provincias. Se hizo realidad lo expresado por Martí en memorables versos: Cuando se muere en brazos de la patria agradecida./La muerte acaba, la prisión se rompe, /Comienza al fin con el morir la vida.

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