El divorcio inexplicable

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

En Cuba conviven realidades que duelen y preocupan con otras que asombran y aleccionan. Cuando accedemos a las expresiones de ambas no podemos menos que advertir la contradicción. Vivimos en un país capaz de levantar obras y vidas del primer mundo, a la vez que se empantana en expresiones del tercero.

Por estos días varios colegas tuvimos la oportunidad de visitar dos instituciones de una nación de adelantados, de precursores y visionarios, que dejaría estupefacto al más escéptico de los mortales. Universos de ciencia y de conciencia que parecen dibujos de modernos y humanistas siglos por venir, entre ellos el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí y el Centro de Inmunología Molecular.

Mientras se recorre esos espacios, en los que una pléyade de jóvenes, inteligentes y sensibles, se enfrentan desde una ciencia que parece de «ficción» a los dolores y traumas humanos, de la mano de pacientes y sabios maestros, no puede evitarse el aguijoneo de muchas inquietudes, de interrogantes a las que debe dar salida el proyecto de reactivación nacional.

Ya alguna vez, ante un dilema parecido, recordaba que la autocontemplación es subversiva, como la autocrítica es regenerativa. La primera es complaciente, mientras la otra es inquietante. La inquietud moviliza, mientras la plenitud envanece, y en consecuencia paraliza.

Entonces decía que aquello que parecía un trabalenguas, sería bueno ejercitarlo con más frecuencia en la sociedad cubana, porque una Revolución debe ser una perenne interrogante, pues los ideales que no se cuestionan enmohecen, se encartonan y perecen.

En ese entonces habíamos saltado, como en las mencionadas visitas, de la complacencia a la incertidumbre en fracciones de segundos, cuando todo nos invitaba a levitar en el éxtasis.

Nuestro Consejo de Dirección había visitado al Instituto Politécnico Agropecuario Villena-Revolución, en la capital del país. La institución impresiona hasta hoy por su belleza, sus proyectos, sus alumnos y docentes. Solo que aquello por lo cual brilla, ensombrece en otras dimensiones, donde debería proyectarse la plenitud de sus luces.

En aquella fecha decíamos que una escuela no existe para sí, sino para la sociedad. Su efectividad verdadera no se mide entre las paredes de sus aulas y laboratorios. Ella no es un fin en sí misma, sino un medio.

¿Quién dejaría de sentirse feliz por una institución que había sido capaz de formar más de 40 000 profesionales para la agricultura nacional? Solo que una cifra como aquella incitaba más a las incertidumbres que a los placeres.

¿Por qué una fuerza técnica tan impresionante, formada allí como en otras instalaciones, no fue adecuadamente utilizada para lograr el cambio que se espera del sector agropecuario cubano? ¿Por qué tanta lucidez se muestra incapaz de abastecer dignamente nuestras mesas?

Esas interrogantes pueden repetirse hacia otros de nuestros escenarios institucionales y sociales, en los que al parecer se atrofió la conveniente coherencia entre posibilidad y realidad, hablando en términos de categorías filosóficas.

Con mayor frecuencia de la deseada se escucha a investigadores y estudiosos aquejados por la apatía y la lentitud con la que se asumen o introducen sus aportes al sistema empresarial e institucional del país.

Cuba tiene motivos para sentirse insatisfecha de inexplicables incompetencias comparadas con su caudal profesional, si bien puede ufanarse de su indiscutible liderazgo en determinados campos científicos en los que, pese a su condición de nación subdesarrollada, se iguala a otras del primer mundo.

En el propio ámbito agrícola, para acudir a un sector decisivo en el imprescindible salto económico nacional, existen cerca de 20 instituciones científicas de prestigio reconocido, incluso internacionalmente, sin que ello derivara en una economía agraria moderna y sólida, acertadamente conectada a una industria de igual naturaleza, como la necesitamos.

Este divorcio, especialmente superado en el Polo Científico de la capital, al encontrarse la mágica combinación de ciencia, producción y comercialización, debería ser superado para bien de la agricultura y la vida del país, para hacer que cada vez se difumine más en el horizonte el rastro doloroso de la ineficiencia en Cuba.

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