Picante como el ají guaguao - Opinión

Picante como el ají guaguao

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

No hay nada más sabroso que el cubaneo, el expresarnos a nuestro antojo, el llamarnos «socio», «asere», o «socito» con un sentido cálido de aproximación, el ponernos como nos gusta ponernos a nosotros, el decirnos jocosamente hasta «botija verde» o, como si fuera poco, hasta «del mal que vamos a morir», me comenta con su estilo característico de hablar una vecina que rotula la mayoría de sus expresiones con un amplísimo repertorio de palabras y frases, cuyo uso viene siempre a ser lo más interesante.

Basta echarle una oída a algunos de sus enunciados más comunes para conferirles mediana popularidad entre los hablantes de esta tierra, quienes en dependencia de la edad, el sexo, el nivel de instrucción escolar, el medio geográfico y la situación comunicativa, le proferimos un sentido propio y dinamizador a nuestra lengua, que de seguro el autor de El Quijote, si volviera a escribir su obra cumbre, sacaría parlamentos envidiables para estilizar con gracejo criollo el léxico de Sancho Panza y su adorable Dulcinea.

Por ejemplo, cuando un cubano le ordena a usted con el ceño medio fruncido y una sonrisa pícara que se «ponga para el cartón», en lo absoluto le está pidiendo un tiro de gracia o una mirada reparadora a un papel amarillo endurecido. Con tan solo escuchar la frase, uno sabe que el llamado tiene que ver con la prudencia, la agudeza, la picardía, la acción y quizá algo más.

Si en este archipiélago lleno de gente celosa y creativa, alguien «lo está midiendo y no es para ropa», encienda enseguida la luz de alerta y despabile con urgencia sus cinco sentidos, que lo están siguiendo paso a paso, minuto a minuto. Pero preocúpese más, siente cabeza y ponga anímicamente «los pies sobre la Tierra» si le comunican que está «en tres y dos», y que por ello pudieran darle «tunturuntu» o recoger «su maletín, con rueditas para que no le pesen, y con candado para que no le roben». Claro está, si llega a ese extremo, usted ha estado «a su aire», «se pasó de rosca» y «está fundio».

Abstráigase por unos instantes y piense en esa coterránea o compañera de trabajo que por su carácter algo complicado y su discreta jovialidad, de vez en cuando «se pone eléctrica» o «se pone de piedra». En cambio, medite sobre aquella amiga o apenas conocida que por su belleza, lozanía y frescura es mucho más que una mujer hermosa. Es un «mango», o en su variante hiperbólica, un «mangón», comparable con la delicia y el apetito capaz de despertarnos esta fruta.

¿Y qué decir del que sobresale por su inteligencia, destreza o aptitud hacia algo: «está escapao», es un «monstruo»?

Si usted posee un amigo con el que suele cooperar permanentemente y compartir consejos y confidencias, estoy convencido de que ese no es solo su camarada, ese es su «yunta», su «ancla», su «compadre», su «consorte», quien no lo pensaría dos veces para «hacerle la pala», o «la media» si hiciera falta.

Como dijera en la década de los 80 del pasado siglo el destacado lingüista Manuel Alvar, miembro de la Real Academia de la Lengua Española, el hablar cubano hace feliz, sabe dulce como el guarapo y picante como el ají guaguao. Tal vez por ello, pueda distinguirse entonces entre la incorrección y la desfachatez ramplona, y esas otras expresiones que desde lo popular van marcando un sendero identitario de pluralidades léxicas con las que también se depura, enorgullece y singulariza el verbo desenfadado de esta ínsula.

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