Eterna travesura de Manuel

Autor:

Alina Perera Robbio

Mal vestidas de luna corrían las calles tras las calles… Qué buen comienzo hubiera sido ese… Pero no es mío. Acaso me atrevería a decir: desvestidas de fortuna, las callejuelas eran testigos maravilladas de Manuel, esa rara criatura del periodismo que nos abandonó en el año 2003, cuya última travesura es que aún lo esperamos al doblar de toda esquina.

El punto de giro fue el siniestro hueco de una alcantarilla, adonde fue a parar mi amigo y maestro Manolo, pues las noches en La Habana tienden trampas tales. A partir de entonces dejó de ser el hombre de hierro que parecía, y empezó a enfermarse, y a perder el brillo de su piel rosada, y a llenarse de malos presagios.

Pero a estas alturas no me interesa evocar el ocaso, sino la soltura y vida de un cubano a toda prueba, quien como el Rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba con la palabra, hasta el solar donde desgranaba sus horas de mortal soñoliento, esa retahíla de cuartuchos conocida como El Brillante, mundillo que alguna vez, hace mucho tiempo, tuvo espejos, pero que en los días de Manuel solo brillaba en su imaginación.

El barrio al cual pertenecía nuestro maestro, allá por Cuatro Caminos, forma parte de las aguas densas y oscuras de Centro Habana. Así lo aseguraba el amigo, a quien solo le faltaba la piedra sobre la cual cantar, como Homero, las epopeyas y cuitas de El Brillante y sus alrededores.

La barriada, el mejor de los países posibles para Manuel —«por ser mi suerte inevitable», decía así—, sigue siendo una garganta cerrada, y en él no han dejado de hacer travesuras, coronando escombros, los gatos negros y hambrientos. Y allí los Juan, los Pedro, y los Joaquín se siguen dando cita en las esquinas para jugar dominó, filosofar al duro o hacer apuestas absurdas (intentando hacer dinero como se hace el algodón de azúcar).

Qué historias sabía contarnos Manolo… Casi espantaban sus susurros en las noches, que viajaban a través de la línea del teléfono cuando algún ciclón amenazaba con partir la ciudad en mil pedazos. «José, tengo miedo…», confesaba a su mejor amigo, y entonces dibujaba un paisaje barrido por los vientos y las aguas, algo así como un barco pintoresco y adolorido que se negaba a morir en el fondo del océano.

Todo para este tibio habitante de La Habana podía ser motivo de una buena crónica: el olor del café a las tres de la tarde; las palabrotas y otras estridencias de los inquilinos de El Brillante; las carteras de las mujeres; los enrevesados nombres con que nos dio por bautizar a nuestros niños en los años 90 del siglo XX; las poses de las secretarias plantadas detrás de un buró como porteras de fútbol; la vorágine de un centro laboral a la espera de una visita «de arriba»; la mismísima alcantarilla que sería el principio del fin; y la vida con su desfile de sucesos, algunos notorios, otros aparentemente imperceptibles.

Todavía quienes conocimos a Manolo solemos hablar de él con frecuencia. Y solo nos percatamos de cuánto ha pasado el tiempo al descubrir a nuestro alrededor colegas muy jóvenes que intentan descifrar la intensidad de nuestras evocaciones, pues no pudieron vivir aquellos días en que el amigo veía a una mujer con un vestido precioso y entonces iba a la carga con toda su gracia: «Qué bata tan linda, María… ¿Es de “afuera”?».

A mí se me aparecerá siempre con aquella espumadera enteriza, de aluminio, que traía enhiesta como un sable de ceremonia aquella noche cuando abrí la puerta de casa. A mi cara de mal humor, por cuenta de un remache que se había zafado varias veces a la espumadera del día a día, salió al paso la sonrisa del señor de El Brillante. Su originalidad era la varita mágica para exorcizar angustias.

Así es la vida: como hay ausencias demasiado presentes, no es primera vez que me descubro escribiéndole unas líneas al maestro travieso. A ver si me desliza un consejo o una broma, esté donde esté. Tanta falta me hacen…

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