Las rosas de Eulalia

Autor:

José Aurelio Paz

Las rosas de Eulalia eran sagradas. Las quería como sus niñas consentidas y las mimaba, diariamente, echándoles agua con un jarrito de la cocina, todo agujereado, que era su regadera.

Fue a la primera persona que oí decir, en mi infancia, que las flores no se arrancan. Que nacieron para provocar y romper, con su intensidad de colores, el verde parejo de las plantas.

Tan católica como fue, a su manera, afirmaba que cortar una sola era pecado. Que aunque al oído humano no le había sido otorgada la gracia de escucharlas, ella sentía, aún dormida, el gemido de sus rosas, cuando un enamorado pasaba y las raptaba de un criminal jalón, y se las llevaba sin permiso. Corría, entonces, a la ventana y era cuando, únicamente, se le escuchaba decir una palabrota escapada de sus sagrados labios.

Éramos como moscas ante el dulce. Eulalia se sentaba en las tardes a mirar su rosal y los chamas sucumbíamos, embobados, a sus historias. Una especie de Sheherezada de barrio sentada en su taburete, hecho con el cuero de la única vaca pinta que tuvo su abuelo. Semianalfabeta, parecía ungida por toda la sabiduría del mundo que otorga un día tras otro, cuando se va con los ojos bien abiertos y la virtud prendida al pecho.

Afirmaba que no era una barbaridad decir: «La mata del patio está parí ’a», porque era ella testigo del dolor y alegría con que la piel del tallo se iba rompiendo para que, primero, naciera un puntico verde y abultado y, después, un capullo que provocaba, finalmente, una falda arrolladora de vuelos teñidos de un perfume que no ha existido perfumador que imite con total exactitud.

Cada rosa, para ella, tenía su nombre y su historia. Creo que llevaba, a punta de lápiz en una libreta vieja, la fecha de nacimiento de una y otra. Las bautizaba sin más agua bendita que la del pozo de su patio de tierra. Tristeza le llamaba, por sus intensos tonos ambarinos, a una que parecía una doncella china tomando el té de la tarde. Quinceañera, a la rosada de pétalos, cual vestido de tul para su fiesta. Zalamera, a la punzó, como si estuviera a punto de bailar sobre un «tablado de corazones», con sus zapatos de tacón y cuero, y su mantilla roja. Revoltosa, a la que era matizada y sus hojillas se enredaban, unas con otras, como la cabecita de rizos de Pilar cuando se fue a la playa «por la calle del laurel…».

Las únicas que no le gustaban eran las de injerto. Les recordaban al aya de la francesa que «se quitó los espejuelos»; cuando las rosas comunes nacen en ramilletes, como bulliciosas lavanderas que van al río a lavar su ropa, sin otro jabón que su aroma natural blanqueando el alma.

Dos veces al año, Eulalia se restregaba las manos, nerviosa, en su delantal. Digo que ella era, también, una rosa blanca o la rosa-madre que no pudo tener hijos propios y por eso nos consentía. La noche anterior afilaba su tijera para que doliera menos sobre el cuello de sus «muchachas». Decía que hacerlo con un cuchillo o a mano limpia era la mayor vileza del mundo.

En la mañana nos tenía, silenciosos, frente a su imponente rosal blanco, el más puro, que era un mausoleo a la ternura. Nos examinaba como a su tropa especial. Revisaba que los zapatos, aunque tuvieran un roto o un zurcido, fueran espejos. Inspeccionaba nuestras uñas como general a su infantería. Miraba detrás de las orejas «por si las moscas» crecía allí, escondidito, un inaudito boniatal. Y solo entonces comenzaba el rito.

Primero echaba un reza’o. Pienso que era pidiéndoles perdón a las rosas por el crimen, o quizá diciéndoles que era esa la única manera digna de morir para las flores. Solo entonces colocaba el filo junto al tallo. Cerraba los ojos. Suspiraba. Y se sentía el metálico ¡chaz! de su tijera, mientras iba colocando los tallos con su corola, uno a uno, en nuestras pequeñas manos.

Terminada la faena, sonreía con resignación, pero con gusto. Nos miraba a los ojos para descubrir, allá en lo profundo, el hombrecito o la mujer que seríamos mañana, y el tipo de aroma que tendríamos luego. Y nos íbamos a la escuela con un único recado, que nos gritaba recostada a su cerca, todavía, cuando la distancia nos iba haciendo chiquiticos hasta desaparecer en su agridulce mirada.

«¡Ah, díganle a Martí que las cultivo para él en mayo como en enero! ¡Díganle al José de la calle Paula, que lo amo mucho!».

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