No hay olvido para Stevenson

Autor:

Elio Menéndez

Quienes lo vieron perder aquella noche de 1966 frente a Luis Enríquez, en el estadio tunero Julio Antonio Mella, bien lejos estaban de imaginar que tenían ante sí, en aquel muchacho tímido y excesivamente espigado para sus 15 años de edad a quien, con el decursar del tiempo, habría de convertirse en el más grande boxeador amateur del mundo, rey indiscutible e indiscutido de los pesos completos.

Tres veces campeón olímpico y del mundo, Teófilo Stevenson Lawrence recibió los más grandes honores que confiere la Asociación Internacional de Boxeo Amateur —AIBA— incluidos las Copas Russell y Vail Baker que se otorgan a los mejores en Mundiales y Juegos Olímpicos respectivamente, además del premio Fair Play, que confiere la Unesco a los púgiles de accionar más limpio. Su biografía es la única de un boxeador amateur que aparece en las enciclopedias del boxeo profesional.

En sus 20 años activos, Stevenson ganó 301 de los 321 combates efectuados, con una pródiga cosecha de 72 medallas de oro, seis de plata y dos de bronce. En su último combate se despidió con RSC en el segundo asalto sobre el estadounidense Alex García, triunfo que le dio su tercera medalla de oro mundial.

Los títulos olímpicos pudieron haberse extendido a cinco, ilusión malograda al no asistir Cuba a los Juegos de Los Ángeles 84 y Seúl 88 en solidaridad con el campo socialista, época en la que Teófilo aún mantenía su buena forma deportiva.

Ello lo demostró en los Juegos de la Amistad que, paralelos a los Olímpicos de Los Ángeles 84, se efectuaron en la Ciudad Deportiva habanera. En ese certamen Stevenson venció al miura soviético Valeri Abadzhan por RSC en el segundo round de una dramática pelea, cuerpo a cuerpo, en la que ninguno de ellos dio ni pidió tregua, demostrando que sabía pelear en las tres distancias y que además tenía corazón... Un corazón puesto a prueba en tantos momentos difíciles y que hace unos pocos días le jugó una mala pasada poniéndolo fuera de combate, algo que no pudieron hacer sus más calificados rivales.

No obstante, Teófilo sigue vivo en el alma de un pueblo que lo aclamó entre las cuerdas y fuera de ellas, respetado por sus grandes condiciones humanas y por su fidelidad a la Patria, a la cual no renunció por cifras millonarias. «No cambio el amor de diez millones de cubanos por todo el dinero del mundo», solía repetir refiriéndose a las ofertas de los magnates profesionales que veían en él la posibilidad de llenar sus bolsillos.

Quienes tuvimos la dicha de fraternizar con Teófilo sabemos de su sencillez, amor por la Revolución y Fidel, alto sentido de la amistad, cariño por los niños, solidaridad. Bonachón por naturaleza, caprichoso a ratos, Teófilo fue, hasta su último minuto, el muchacho grande que una mañana partió de su entrañable Delicias para convertirse en la primera figura mundial del boxeo amateur.

De temperamento apasionado y reconocida calidad humana, Stevenson boxeador fue un joven alegre, como cualquier hijo de vecino, que sacrificó durante dos décadas de entrega al deporte su afición por las fiestas, los deseos de hacer lo que le viniera en ganas con su tiempo libre y —¿por qué no decirlo?— la satisfacción de compartir unos tragos con amigos, en el medio familiar y acogedor del que tanto gustamos todos.

Teófilo fue un hombre con virtudes y defectos, solo que las primeras pesaron mucho más que los segundos aunque estos —justificados en otros— hayan cobrado mayor trascendencia en una figura de su enorme popularidad.

Como humano al fin, tuvo días malos en el deporte, porque no era Teófilo una máquina de pelear ni tenía la oportunidad de subir al ring cuando lo deseaba, sino cuando se lo imponía el rigor de un sorteo o el compromiso de una competencia a la cual no podía faltar, aunque se sintiera mal. El campeón de campeones, para convencer, tenía que noquear; una victoria por decisión no complacía tanto aunque hubiese derrochado boxeo del bueno. A ningún otro se le exigió tanto como a él. Para quedar bien con todos, Teófilo tenía que meter su derecha, tirar zapatillas arriba al rival, voltearse y con paso airoso dirigirse hacia la esquina. Entonces las tribunas parecían reventar y la instalación se convertía en un auténtico manicomio.

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