Nuestra señora de las letras

Autor:

Luis Sexto

Deben permitírmelo hoy, como ayer. No puedo hablar de Fina García Marruz sin convocar la emoción. La siento como a alguien invisiblemente cercana, influyendo en mí con su delicadeza de espíritu, la maestría de su estilo y la profundidad de su saber y su sabiduría. Demás está decir, pues, que la mantengo entre mis escritores guías, mis correctores a distancia. Cuando me dispongo a leerla, debo deshollinar mi conciencia: ir a las páginas de Fina tan limpio como los ojos del que ve por primera vez. Sus libros me lo exigen. Sus poemas o sus ensayos, en particular los que develan la figura y la obra de Martí, equivalen a un bautismo en las aguas de un ejercicio literario tan honrado que contagia de blancura a cuantos se le aproximan.

La mirada interior de esta señora de las letras cubanas, cuyo nombre ella prefiere que nos llegue en voz baja, en presencia humilde, escurridiza, como la violeta que se esconde y teme usar un adjetivo para no dañar su perfume, ha definido a la poesía como «el secreto de la vida».

Esa cápsula de índole filosófica se conoció en público el pasado mes de mayo. Había ganado el concurso Federico García Lorca, en España, entre 43 pretendientes, y ante la travesía atlántica en que el reloj parece demorar su tic taquear en la fatiga, José María Vitier, uno de sus hijos, la representó y leyó el discurso que la poetisa había escrito para recibir premio tan literariamente sugestivo y moralmente sustantivo, por el poeta que lo nombra.

En el discurso que José María leyó en Granada, Fina García Marruz escribió como poetisa y como ensayista. Las diferencias entre una y otra condición, a mi parecer, son de síntesis, porque la intensidad del disparo es pareja. Uno aprecia que el método y el estilo del ensayo se apoyan en la lírica, en la poética actitud del que penetra en una idea, un asunto, por un impulso de amor, como en un poema. Y con ambos filos indagadores, Fina advierte que la poesía tiene un misterioso significado. Tantos años pensándola y llamándola, posiblemente le permitan intuir el significado de la poesía. Pero la autora de Visitaciones esta atenta de no pasar de decir que es un misterio, una sugerencia, muy velada sugerencia que solo podemos sentir como una emoción apenas intuida al escribirla o leerla. A la poesía —ha sostenido— no se le ha de señalar fines. Sería no comprender que el poeta ha de vivir dentro de ella, porque la poesía no es otra cosa que el secreto de la vida. Sus fines no son visibles.

Pero si no son visibles sus fines, la obra poética de Fina García Marruz se apega visiblemente a la tierra, a las cosas que la rodean. Sus ojos se fijan en esa columna de la casa familiar, en el encaje de una sábana, en la línea del ferrocarril por la que ya no pasan los trenes, en aquel nombre apenas recordado, el árbol ya distante… Todo aparece con el ropaje que convierte en misterio la interiorización de las cosas, y ya disueltas en el poema, florecen como surcos, desgarraduras en el papel.

¿Y para tanta hondura no ha de bastarle el talento y la cultura? Le sobra algo más: la unidad entre lo humano, la ética y la letra, a cuyos elementos se suma la cubanía. Porque esta mujer de cultura universalizada por sus vivencias y conciencia, es literaria y éticamente cubana. De una ética que se afinca en las letras ejemplares de Varela, Luz, Martí. De esta mujer nacida en 1923, que ha decursado por nuestra cultura de brazos, par a par, con Cintio Vitier, fallecido, pero seguramente a su lado; de esta mujer podemos esperar definiciones que nada definan para definir mejor lo que apenas se puede asumir como se asume el misterio de la rosa. El misterio queda esclarecido cuando la ceguera se asoma a las luces de lo oscuro.

De qué otro modo, pues, podré hablar de Fina si desde cuando la leí no la pude ya jamás olvidar —ah, este entrometido y pertinaz verso de Amado Nervo…

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