Big problem

Autor:

Raiko Martín

Londres.— Los destellos de luz natural en cada salida del metro londinense son como puñetazos a los ojos para quienes no estamos acostumbrados a andar tanto tiempo bajo tierra. Tal vez por eso apenas me percaté de su presencia cuando emergía a la superficie desde la estación de Westminster. Pero alcé la vista y ahí estaba el Big Ben, con su inmensidad aplastante cuando se le mira a menos de diez metros de distancia.

Oleadas de personas emergen constantemente de la citada parada para recorrer esta zona de la ciudad. Desde el cercano puente que cruza el Támesis se tiene una exquisita vista del río, y junto al emblemático reloj se extiende el Palacio de Westminster y la famosa abadía de igual nombre. El gancho turístico es incomparable.

No es raro ver en medio de la muchedumbre a muchos atletas participantes en los Juegos Olímpicos. Unos tomándose la foto de rigor y otros obnubilados por la majestuosidad del complejo de estructura neogótica que acoge a las dos cámaras —la de los Lores y la de los Comunes— del parlamento británico.

A mi paso noté la presencia de algunos y por un momento pensé que podría tener la suerte de cruzarme con algún «notable» de la talla de Federer, LeBron o Bolt. Pero, o no era mi día de suerte, o lo más probable es que ellos ya hicieron el tour en una anterior visita.

Tal vez la mayoría de los «primerizos» no sepa —y confieso que yo me enteré aquí— que el afamado Big Ben está escorado. Dicen los expertos que la inclinación que experimenta el reloj hacia el lado noreste puede notarse a simple vista, mas les juro que desde mi perspectiva sigue tan recto como el carácter de mi abuelo.

Algunas de las partes del complejo arquitectónico se remontan al siglo XI y la torre del reloj, de 96 metros de altura y 13 toneladas de peso, fue terminada en 1859. Una investigación oficial, cuyas conclusiones se publicaron hace dos años, estimó que la escora del Big Ben se acentuó entre noviembre de 2002 y agosto de 2003, por razones desconocidas, y aumenta anualmente en 0,9 mm.

Mientras, un reportaje divulgado por la cadena BBC apuntó hacia la construcción del metro y de un aparcamiento de cinco plantas bajo el edificio como posibles causas del agravamiento del problema.

La mítica torre del reloj podría acabar cayendo pero, según los ingenieros que realizaron la investigación, aún no hay motivos para la alarma. A este ritmo pasarían unos 4 000 años hasta alcanzar una inclinación tan exagerada como la de la archifamosa torre de Pisa.

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