Más cerca de la patria - Opinión

Más cerca de la patria

Autor:

Yunier Riquenes García

Primero fue la contemplación de la costa sur oriental. El río se juntaba con el mar, el mar y la montaña, el mar y el cielo. Vimos caer la tarde. El sol plomizo sobre las aguas se desvanecía. Vimos la espuma blanquísima de las olas y recogimos unas piedras. Algunos buscaron piedras redondas, otros recogieron piedras que simularan huevos de avestruz, otros una piedra mineral, y otros alguna piedra que no fuera tan hermosa pero que quedara en el recuerdo. Como, por ejemplo, una piedra partida a la mitad para dedicarla a un amigo, y decirle: «la mitad que falta se integra cuando estoy contigo, y cuando no, sabes que voy a regresar».

Seguimos viaje hasta llegar a Ocujal del Turquino. Era de noche. Todos nos lanzamos a ver el Noticiero; queríamos saber qué había sucedido con la delegación cubana en Londres. Después nos acomodamos en la escuela. Una escuela entre el mar y la montaña, en un lugar insospechado.

Nos asentamos. Muchos recordamos los años de becas. Fue la integración final y el sueño para un descanso obligatorio antes de la subida.

A las seis de la mañana estábamos en Las Cuevas, punto de partida. Se propuso un conteo para saber el número de cada cual.

El guía aclaró que quien no estuviera en el Pico Cuba a las doce, no podía continuar. Y comenzó el ascenso paso a paso. Aun en la madrugada comenzó el sudor, y comenzaron a enlazarse las manos y los consejos: tomar poca agua, llevar un bordón.

Dos campamentos servirían de descanso. El primero a tres kilómetros y medio; y el otro a nueve. En el primer campamento las fuerzas menguaban —parecía—, pero después de ese descanso el impulso fue mayor. Hombres y mujeres pisaron charcos, travesaño tras travesaño, subida y bajada entre las lomas. Formamos una cadena, y se extendía una mano amiga para hacer llegar un caramelo, un poco de agua, para evadir los calambres, la sed y los vértigos.

Vimos las filas de las majaguas, el cedro, los helechos, los pinos, la mariposa. Olimos profundo la mariposa. Alguien gritaba «puro Caribe» cuando se divisaba la costa y las montañas.

Llegó la neblina y la llovizna, el calor primero, y luego un frío intenso. Pero seguimos desbrozando el camino, el cansancio, recordando la historia de los hombres y mujeres que lo habían hecho primero. Recordamos a Celia Sánchez, por ejemplo.

Arribamos a la cima: allí nos esperaba Martí, nuestro Martí, en lo más alto de Cuba. Quién podía negar nuestra historia. La sentimos más cerca, muy cerca. Algunos llamaron a su familia.

Un descanso necesario y luego entonamos el Himno Nacional. Recordé aquellas palabras de Joel James donde afirmaba que no había perdido, no debía perderse, jamás, la capacidad de asombro. Éramos nosotros, los jóvenes que estábamos allí, escritores y artistas, teníamos un compromiso, no podíamos perder tampoco la capacidad de asombrarnos y sumábamos, a la de Joel, la capacidad de soñar, amar y una última, la capacidad del abrazo, y nos convidábamos a uno. Seguros de que nadie podía quitarnos, jamás, el futuro.

Fue allí. Al frente estaba José Martí. Y nos abrazamos con la esperanza, muy viva en el futuro.

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