Ada

Autor:

Alina Perera Robbio

Con raras excepciones, la crónica es, al menos para mí, una semblanza en relámpagos que se nutre de la nostalgia. Por ella fluyen, amargas o dulcemente retocadas, las imágenes que el corazón decidió resguardar de toda racha del olvido.

Parece ser que es allí, en el pasado, donde, como ya dijo nuestro poeta Eliseo Diego, las cosas son nítidas, donde el agua que pasaba por nuestra garganta era cierta y, en fin, todo real. Alguien ha llegado a decir que, fuera de la infancia, todo es extraño.

Tal vez eso explique en estos días de angustiosa adultez por qué los contornos, olores, colores y humanidades de la temporada inocente recalan con tanta fuerza en los bordes de mi ser: extraño demasiado unas tardes que nunca han vuelto a ser tan amarillas, y a los abuelos, rodeados de un montón de gente amorosa y menesterosa de amor, y al agua de una tinaja donde todo cuanto flotaba era un buque en alta mar, y al vecino fisgón con quien hablaba con un árbol de mangos de por medio; personaje (Lochy, el vecino) que, cuando su madre decidió permutar del barrio, fue el primero en partir de mi mundo perfecto y así anunció que la infancia no es eterna y que nada de lo que amamos es inmortal.

Todo eso, y otras semblanzas similares, vuelven a mí con fuerza inusitada. Algunas evocaciones han regresado convertidas en carne y hueso, muchos años después, y eso solo ha servido para bendecir más la nostalgia, para no poder enderezar un presente que se sigue enredando en lo que ya fue o intentó ser.

Pero, de lo que vuelve siendo dulce, es mejor que hable de Ada, la artista de la familia, bellísima mujer de la estirpe de los Robbio que sacó la cara por la vena musical que había entre los descendientes de quienes un día llegaron desde la península itálica hasta el pueblo ultramarino de Regla, en La Habana.

Ada, prima hermana de mi madre, cantaba como los ángeles, era la fémina de un cuarteto cubano llamado Yo, tú, él y ella. Y a pesar de su talento y hermosura, poseía una modestia por la cual nunca le oí hablar de su canto, ni de su voz, que una vez escuché desplegada en todo su esplendor, empastada deliciosamente con la de sus otros tres compañeros de arte.

Siendo niña entré en una ocasión al cuarto de Ada en Víbora Park, mientras se maquillaba, y me deslumbró un universo de cosméticos lleno de brochas, colores y frascos, un mundo de zapatos plateados y vestidos de reina. La tía habitaba una dimensión que mi madre, a pesar de su voz prodigiosa de los Robbio, jamás se atrevió a probar del todo. Entre lentejuelas y acordes, Ada acometía su oficio con una limpieza de espíritu que siempre fue la misma, y sabía ser feliz.

De adolescente visitaba a la tía y me encantaba contarle mis historias. Entre ambas tejíamos y destejíamos los episodios del último minuto. La tía detestaba el mal gusto, la mala educación, el aburrimiento, y defendía la belleza de la vida, la magia de enamorarse, el gusto de los mejores instantes. «Así estás disfrazada», podía decir si el ajuar escogido por mí de entre las cosas de mi prima, su única hija, no tenía la armonía precisa.

Ada luchó para que su universo, sin ser superficial, tuviera divertimentos y festejos. Y ese afán no cambió su curso ni siquiera cuando le diagnosticaron la enfermedad que la fue consumiendo despaciosa, pero irrevocablemente. Lo tremendo es que dejó este mundo solo cuando ella decidió que podía desplomarse (mientras tuvo que cuidar y encaminar a otras personas no permitió la caída final). Y cuando lo decidió se dejó caer, partió bella, con su rostro de artista, con mil secretos de las mujeres Robbio, y una elegancia que no perdió ni en la peor de las contiendas. Definitivamente, ella era una artista de esa implacable función llamada vida.

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