La ética, la competencia y el corazón - Opinión

La ética, la competencia y el corazón

Autor:

Julio César Hernández Perera

«Un síndrome raro en las montañas», así se titula un trabajo publicado en el tercer número del presente año en la revista cubana de salud pública. Es un sugerente escrito de la Dra.C. Silvia Martínez Calvo, de la Escuela Nacional de Salud Pública, donde se narra una experiencia vivida por ella durante el cumplimiento del servicio médico social rural en la provincia de Guantánamo.

Aunque las condiciones eran difíciles, pudo diagnosticar una afección médica poco frecuente en una humilde mujer. Todo sucedió entre montañas, y con la ayuda de su fino «ojo clínico».

Esta expresión metafórica contiene trascendentales principios que van desde la vocación, el buen trato y la aplicación correcta del método clínico, hasta la acertada relación médico-paciente-familia. Todos, contemplados dentro de una ética ineludible en el ejercicio de la Medicina.

La satisfacción de la galena fue inmensa, porque sin la ayuda de los rayos X, del ultrasonido y de la tomografía axial computarizada (TAC), su actuar fue determinante para salvar a una sencilla cubana: solamente fue necesario aprovechar lo que bien aprendió en años de estudio y formación integral.

La enferma y su familia mostraron mucha gratitud. Estoy seguro de que, aunque pasen los años, jamás olvidarán la imagen de la joven doctora.

Comparto esta historia porque abundan los trabajadores de la salud formados en nuestro país (médicos, enfermeras, técnicos, auxiliares, etcétera) quienes, en el ejercicio de sus funciones —tanto en Cuba como en misiones internacionalistas— han pasado por experiencias similares.

Cuando vivimos trascendentales y complejos cambios en aras de fortalecer nuestro Socialismo, sería improcedente torcer las conductas ya mencionadas, donde muchas veces está en juego la vida. Son actitudes unidas por una ética limpia, de total desprendimiento, altruismo y humanidad. Gestos como el de Silvia nos han sostenido.

De ahí que sea esencial el renovado llamado a una práctica profesional de calidad, y la búsqueda de una mejora continua en nuestros servicios de salud.

Muchas pueden ser las amenazas para la deshumanización de la Medicina contemporánea. Junto a una desleal propensión al abandono del método clínico, este universo ha experimentado una profunda —y a la vez necesaria— tecnificación; y ha sufrido los embates de carencias materiales, se ha vuelto más burocrático, y también más estresante. Por ello, pueden aflorar insatisfacciones.

Que de una forma u otra todos estos factores puedan contribuir nocivamente a la presencia de tachas y de cierto distanciamiento entre el médico, el paciente y la familia, no es un hecho privativo de nuestra sociedad. Y es una obligación estar alertas, recordar siempre que esta relación se construye con el buen trato, la adecuada comunicación, la consagración y la competencia profesional.

No es concebible la falta de auténtico esmero si se trata de salvaguardar las bases humanistas de la actuación médica. A su vez, como parte indisoluble de la ética médica, el humanismo es un pilar que debe fomentarse desde las primeras etapas de la formación y durante el ejercicio de la profesión.

Es un acto de responsabilidad velar por que se preserve a «la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades»: la Medicina. Siempre con vocación, con ética, y que el trabajador de la salud sea un guía, un estudioso constante y un conocedor de su comunidad.

Meditaba en todo esto mientras repasaba la vivencia de la Dra. Silvia. Su ejemplo puede ser paradigma para cualquier tiempo presente y futuro, cuando a pesar de los problemas, hacer el bien siempre será posible cuando estén en perfecta consonancia una buena ética, la competencia profesional y, especialmente, un buen corazón.

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