¿Cómo enmarcar las conductas marginales?

Autor:

Talía Laucirica Gallardo

Las conductas marginales van desde las más elementales que podemos apreciar en niños de educación primaria hasta aquellas que nos pueden llenar de horror por tener prácticamente que convivir con ellas. De lo que sí debemos estar convencidos es que tanto las que observemos en una edad u otra, como aquellas que ocurrían antes o las que podamos observar en el siglo XXI, debemos estar prestos a combatirlas por dañinas a la vida de la sociedad así como a las del ser racional.

Antes que llegáramos al Primero de Enero de 1959, recuerdo que en la mayor parte de los hogares de nuestro país las conductas marginales en niños y jóvenes comenzaban a combatirse por la propia familia, y aunque pensemos en la actualidad que esta es una función básica de la escuela, no podemos olvidar que entonces solamente podía acudir a las aulas un 54 por ciento de las personas en edad escolar. Impedían un acceso mayor razones netamente económicas. En resumen, era muy poca la existencia de las escuelas gratuitas para los humildes.

Sin embargo, estas familias que no podían contar con escuelas para sus hijos, de forma mayoritaria no descuidaban el ejercicio de transferir a estos la educación que antes recibieran de sus padres, sobre todo el valor de la honradez: ¡qué principios tan necesarios en todos los tiempos!

En la primera juventud de antes de 1959, cuando el adolescente comenzaba a deambular por las calles encontraba malos ejemplos, en algunos casos engendrados en la propia pobreza que confrontaba la población. Primero que todo, aquellos jóvenes trataban de resolver sus problemas económicos a través del trabajo y no podían: las fuentes de empleo eran muy escasas, y solamente podían acceder a ellas quienes tuvieran vínculos con sus dueños.

Comenzaba a desarrollarse entonces una personalidad nueva para el individuo, situado ante un conflicto cardinal: ¿Cómo resolver cuestiones imprescindibles para la vida de sus padres y la propia, incluso para en un futuro formar una familia, sin una forma honrada de obtener un mísero salario?

Algunos pocos de esos jóvenes, por cierto, se decidieron por el camino de la delincuencia. El tiempo ha pasado y a veces la historia se olvida, mas no podemos cerrar los ojos ni olvidar la forma de enriquecimiento de quienes desgobernaban este país, y cuyas inteligencias perversas idearon hasta el ingreso y fomento en nuestra patria de la mafia italoamericana.

Tampoco podemos dejar de recordar a la juventud que le tocó vivir en la década del 50 del siglo pasado, aquella alegre y bulliciosa que, sin prejuicios discriminatorios, fomentaba su amistad con esos otros jóvenes que enfrentaban su pobreza material con una gran riqueza espiritual y así, reuniendo lo mejor de aquella generación que maduraba, se comenzaba una lucha contra el delito oficial que enriquecía a unos y doblegaba o masacraba a otros.

Hay una consigna de lucha patriótica contra el Gobierno del Partido Auténtico de Carlos Prío Socarrás, enarbolada por Eduardo Chibás desde el Partido Ortodoxo —recién creado en aquel momento—, que jugó su papel en aquel momento y parece creada a propósito del tema que abordamos: «Vergüenza contra dinero».

Las actitudes marginales en nuestro país hemos de combatirlas sin temor a nada. Ahora estamos enfrentando algunas conductas que se manifiestan en la generación más joven que comienza su vida laboral y  que se dan,  lamentablemente,  hasta en algunos casos de nuestra generación.

Estas actitudes surgen en algunos casos por falta de educación en el seno de la familia. Hemos de educar en la interpretación correcta de uno de los enunciados del Marxismo que abrazamos en nuestras primeras décadas de vida: «De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo».

Debemos despertar el amor por el trabajo honrado como un valor, y estar conscientes de que tendremos lo que seamos capaces de producir.

Nota: Esta opinión forma parte de la sección Generaciones en Diálogo.

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*Compañera de luchas de José Antonio Echeverría. Desde el movimiento estudiantil enfrentó la dictadura de Batista y exigió reformas al sistema universitario. Integró el Directorio Revolucionario (brazo armado de la FEU).  Perteneció al Movimiento 26 de Julio.

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