Vida en lo vivido

Autor:

Luis Sexto

No hay patria sin virtud. Sabemos que esa es parte de la síntesis con que el padre Varela intentó someter a tratamiento ético los hilos que articulan nuestra identidad. El «primero que nos enseñó en pensar» —«en pensar», así lo escribió textualmente Luz y Caballero en sus Aforismos—, fue también el primero en establecer la fórmula jurídica para el sostén de Cuba: «El hombre no manda a otro hombre; la ley los manda a todos».

Cuando sus Cartas a Elpidio circularon en La Habana hacia 1839, supo, según escribió al propio Luz y Caballero, «el desprecio» con que había sido juzgado este libro, y admitió que ese rechazo a su suma ética se traducía en «un exponente del desprecio con que soy mirado». Pero negó que se doliera o se quejara. Porque «yo reconozco en los pueblos una inmensa superioridad sobre los individuos».

El pueblo de Cuba, desde cuando empezó a escribir su crónica dolorosa por la independencia y la justicia, no ha dado la espalda a la virtud como fundamento de nuestra historia. Hoy somos. Tenemos una autoimagen, y en términos utilizados por el poeta Roberto Manzano, si vivimos en un cuerpo espiritual con cuerpo geográfico de nación, es porque la patria se mantuvo apegada a la doctrina de sus precursores. Más tarde, Martí —relevo de Varela en el apostolado de darnos patria construida— reavivó la virtud desde ángulos varios, entre ellos la cultura, estuche dorado del bien, como medio y forma de ser libres de extraños y de la propia perversión.

Hoy falta virtud en muchos de nosotros. Y digo muchos, aunque podríamos ser menos, porque el mal suele resultar tan escandaloso  como si arrastrara un rabo artillado de latas vacías que repiquetean contra el pavimento incrementando la percepción del número.

Aceptemos, pues, que el discurso de Raúl en el período de sesiones de la Asamblea Nacional en julio, identificó con exactitud las tablas carcomidas de nuestro piso moral y legal. No lo dudemos. Porque enumerar nuestros quebrantos desde la jefatura del Estado y del Gobierno, resulta más elocuente y preciso por abarcador que la percepción individual.

Por ello me apego al criterio de que ese reconocimiento sin almíbar compone un acicate para el optimismo. La enfermedad es doblemente tremenda antes de ser diagnosticada y empezada a tratar. Después, suele ocurrir que el diagnóstico y la terapéutica avivan cargas de esperanza. Peor hubiera sido si no hubiéramos oído la descripción de cuanto enrarece nuestro ambiente social. Persistirían la duda, la desconfianza, la indiferencia y en ciertos extremos la desesperación. En cambio, la confianza, que solo se afinca exitosamente en la verdad, ha de recorrer con su certeza desde arriba hasta abajo y de lado a lado. Nada, por ello, podrá estar perdido: hay espacio para la perseverancia en nuestro mejoramiento.

¿Y en qué acción u omisión hallar al culpable? Ciertas teorías del descoco opinan que las circunstancias materiales justifican la inmoralidad, la indisciplina, el descomprometimiento. Y me parece que las carencias podrían explicar en parte el descenso humano, nunca justificarlo. Porque, en la pobreza tan poco absoluta de Cuba, ladrón es ladrón aunque el sueldo no le alcance. Lo contrario equivaldría a  desconocer a los tantos cubanos que han mantenido su honradez sin quebrarse.

Pero hemos de hallar irresponsabilidad y culpabilidad entre nosotros mismos, como seres conscientes de nuestros actos. Y también en instituciones donde, en los últimos 20 años, se cobijaron el deshonor, la indisciplina, la indiferencia, incluso la pusilanimidad. Y dejaron de actuar, y facilitaron, incluso con la vista gorda cómplice, obras y acciones negativas. Necesitan, pues, de una autocrítica que rescate y reanime su naturaleza de veladoras de la armonía y de la limpieza legal y moral.

Hemos de insistir en la educación. Porque si hemos de afincarnos en la historia para extirpar actos soeces, quebrantadores de la ética que condujo a los cubanos a ganar la independencia en harapos, urgimos de vivir de lo vivido. Lo vivido en esa verdad que niega tajantemente que haya patria sin virtud.

Por tanto, la escuela tendrá que renunciar a impartir una historia para ser oída, y escenificar y dramatizar la historia para ser revivida y reasumida. Propongo, pues, pasar de la historia auditiva a la historia vivencial. Y que Varela, Martí, Céspedes, Maceo, Gómez, Mella, el Che, y Demajagua, Bayamo incendiado, Mal tiempo, Playita de Cajobabo, Dos Ríos, San Pedro, el Moncada, el Granma, la toma de Santa Clara no sean solo portadores de títulos como valientes, estrategas, decisivos, sino personajes y acontecimientos en que sobrevive la honradez, la modestia, la abnegación a favor de la patria que todavía se construye y reconstruye. Esta es la hora del intercambio intenso entre lo que fuimos, somos y todavía construimos y recomponemos.

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