Lo que no «combina» con la salud cubana

Autor:

Mailenys Oliva Ferrales

Hay brechas que no pueden dejarse ensanchar. Filtros peligrosos por donde se cuelan la deshonestidad, la falta de ética, la indolencia o el poco sentido de compromiso ante el trabajo.

Esas aberturas hay que sellarlas a tiempo, sin darles oportunidad a «crecer» o expandirse como «metástasis» en la sociedad cubana.

Y hay que hacerlo en todas las esferas de la vida y centros laborales, pero con énfasis en sectores tan importantes como nuestro sistema de salud pública, ese pilar que nos engrandece en cualquier lugar del orbe donde se encuentre un médico o cualquier personal cubano por la calidad y pasión con la que se baten en cerros, selvas y desiertos en la lucha contra la muerte y a favor de la vida.

Ese mismo sistema de salud que nos saca la sonrisa cada vez que obtenemos, a pesar del bloqueo y de ser una islita subdesarrollada, bajos índices de mortalidad infantil y materna.

Y un servicio del que podemos ufanarnos, no solo porque es gratuito, sino porque es bueno, verdaderamente bueno.

Por ello, no caben explicaciones ni paños tibios para algunas actitudes que lastran la imagen de quienes pasan madrugadas enteras velando para que no falle la frecuencia cardiaca o para impedir que la fiebre persista. Los mismos que nos traen la alegría de una nueva vida, que calman dolores y hacen «de todo» por salvar a algún ser querido.

De ahí que nada haya podido «rasgarme» más la piel que ver con tristeza cómo, en un centro asistencial, un joven accidentado no recibía atención de urgencia por no contarse con una camilla en ese momento, aun cuando su pierna sangraba. No lo podía creer entonces, ni ahora, porque sé que no es la generalidad en nuestro sistema de salud pública, pero sí son actitudes equivocadas que laceran la confianza de los pacientes.

Por tanto, no debe haber lugar en nuestros consultorios, policlínicos u hospitales para aquellos que, irrespetando la esencia de su profesión, ignoran las preocupaciones de un familiar o lo maltratan —aunque solo sea de palabras—. Y no hablo exclusivamente de galenos, sino de todo el personal que conforma el complejo engranaje de un centro de salud.

Y es que hay irresponsabilidades como la morosidad ante una urgencia, la pérdida por descuido de un complementario, un camillero «desaparecido» en algún pasillo o cafetería, una sala de ingreso carente de higiene o la inasistencia del médico a la consulta sin una razón justificada; son algunas de las realidades que, al menos en Bayamo, se viven.

Por tanto, quienes no estén a la altura de nuestro personal de salud —los sacrificados, los que nos reciben siempre solícitos, sin importar día u horario— deberán replantearse su labor y enrumbar el camino hacia otros senderos.

A esos, que no constituyen mayoría, se les debe impedir tergiversar el sentido altruista que ha caracterizado a quienes ejercen la Medicina en Cuba, donde no hay cabida a brechas que nada tienen que ver con la máxima de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro: «Lo más importante habrá de ser su consagración total al más noble y humano de los oficios: salvar vidas y preservar salud».

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