Mi madre al teléfono

Autor:

Enrique Milanés León

Hoy hubiera llamado a mi madre. Pero ella no está en su casa y allá donde ha ido no tiene un teléfono desde el cual escucharme. A una madre se le llama en cualquier fecha, pero hay días en que me urge cambiar la mano con que cargo el planeta y requiero que su voz me inyecte fuerzas supermánicas.

—¿Cómo estás mi’jo? –dirá ella invariablemente, mas el lugar común a mí me sabrá invariablemente a palabra florecida.

Bienaventurados los aceros humanos, los hijos sin nervio. Lo que soy yo, cuando siento que el encargo que tengo sobrepasa mis fuerzas, hablo con ella de las cosas más nimias y resuelvo en la charla dos problemas: por un lado fortalezco mi espíritu con su limpia corriente y por otro le regalo exigencias que saben a caricia:

—¡Cuídese mucho, Mima…!

Yo la trato de usted; soy un hijo jurásico… lo ha pensado de mí más de un contemporáneo. Muy temprano en mi casa invertimos las sílabas, y allí donde casi todo cubano dice Mami, democráticamente optamos por el Mima. Nosotros, siete «tús» diferentes cual urgentes brochazos de arcoíris, también nos pusimos de acuerdo para honrar su estatura diciéndole «usted».

Tan certeros anduvimos que ahora que está así, demasiado viejita para mi susto, ahora que se reduce por la extraña fuerza de gravedad que parece podar a los ancianos, ahora que nos sentimos persuadidos de que la vida le escamoteó el premio que merece, ella se ve más alta y más grande a los ojos de nuestros corazones.

Tanta charla no resuelve el problema, ya lo sé. Este tiempo de texto debió ser otro diálogo telefónico porque hay días sin brújula, sin velas y sin viento en que de poco valdría tener el mejor barco. Hoy la hubiera llamado.

No tengo remedio; la engaño porque soy un ser cuidadosamente imperfecto: casi siempre mi madre cree que llamo para saber de ella, cuando en realidad llamo para saber de mí. Sin su guía naif no sé por dónde ando. Tal vez ella se asombre de la simple llanura de mi conversación, de mis temas sin cresta y mi tono tranquilo que linda en el bostezo.

A menudo la llamo para oírme en su voz. Casi nunca le planto dolores en el auricular y de vez en cuando me doy incluso el lujo de la broma para que Mima no sepa que alguna vez su hijo, tan hombre, tan serio, tan sobrio y tan crecido, cuando cuelga se acuerda de llorar.

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