Una ética siempre a la vista

Autor:

Julio César Hernández Perera

«Médico querido, conozco de un buen restaurante en La Habana; espero me invites…». La broma fue la apertura de un mensaje enviado por estos días a mi buzón electrónico, en gesto de celebración. El emisario, a quien conocí cuando él estaba enfermo, se ha convertido, tras años de confraternización, en un gran amigo. La ganancia es fruto de lo que muchos exaltan como una verdadera relación médico-paciente.

El mensaje se produjo en el contexto del anuncio del aumento salarial para los trabajadores del sector de la salud. Sin dudas, la noticia ha sido razón de júbilo entre cubanos, estén o no vinculados directamente a la sanidad.

Muchos han sido los comentarios en favor de la medida catalogada como justa y necesaria para una esfera tan sensible e importante, social y económicamente. Son los médicos, enfermeros y técnicos de la salud, entre otros muchos, los que de una manera u otra participan en la preservación de la vida.

Pero podríamos mostrar discrepancia si escuchamos criterios como que este aumento de sueldo será un acicate para mejorar los indicadores de salud, sanear hábitos y conductas impropias que se fueron entronizando en el sector (por carencias económicas); o rescatar la ética médica y el acatamiento del reglamento hospitalario.

El incremento salarial es un reconocimiento social a la labor de los trabajadores de la salud, y no debe ser pensado como incentivo para mejorar comportamientos éticos. Debemos definir como inaceptable que la escasez material pueda ser razón para dejar de brindar una atención médica con el calor humano y la calidad que merece nuestro pueblo.

Predominan en nuestro ámbito conductas correctas y dignas. Hace pocos días una profesora matancera de Español y Literatura que casualmente tiene mis apellidos pero al revés (Bárbara Caridad Perera Hernández), me escribió emotivas palabras a raíz de un texto de mi autoría publicado en Juventud Rebelde (Sofía y sus enigmas de peso y vida, 25 de marzo del 2014). Contaba ella cómo su hermano médico, al que llaman Perera, el pediatra de Colón, es orgullo para la familia, los amigos y los alumnos.

A este médico lo ven salir de las guardias y continuar sin pausa su labor salvadora —no mira hora ni fecha—. Es así que se ha convertido en paradigma para las nuevas generaciones, y aunque todavía no ha tenido hijos, siente como suyos a todos los pequeños que atiende. Todo esto lo hace a cambio de puro reconocimiento espiritual.

Son actos que suelen pasar inadvertidos a pesar de la gran repercusión que entrañan en favor de la vida de los seres humanos. ¿Tiene precio la vida?: Desde luego que no, pues su valor es inconmensurable. Con ese enfoque debe mirarse la labor desplegada por profesionales como el pediatra de Colón.

Detrás de entregas como las de él anidan incalculables sacrificios, dedicaciones, noches de insomnio, agotamientos físico y mental, y horas infinitas de estudio.

Para el personal de salud el éxito de las complejas relaciones interpersonales en que se desenvuelve depende, en gran medida, de hacer el bien sin distingos, y de la capacidad de cada uno de ellos para ponerse en el lugar de sus pacientes o de los familiares de estos, para buscar soluciones ante la ansiedad y el sufrimiento de quien llega pidiendo ayuda. Con ello no se busca otra cosa que no sea el anhelo de beber a sorbos esa grata satisfacción del deber cumplido.

Desde antaño así ha sido concebida la vida y la labor de un médico infalible, y por eso es ineludible evocar —aunque date de más de 20 siglos— una carta hecha por Esculapio al hijo que ansiaba ser médico:

«Te lo he dicho, es un sacerdocio y no sería decente que produjeras ganancias como las que saca un aceitero o el que vende lana. Piénsalo bien hijo mío mientras estás a tiempo, (pero) si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte, si ansías conocer al hombre y penetrar en lo más trágico de su destino, entonces, hazte médico, hijo mío».

Esta es una esencia para quienes tienen que ver con «la más humana de las profesiones»: la Medicina. Es preciso, entonces, salvaguardarla de la deshumanización y de la pérdida de otros valores cuya debilitad tiene hoy enfermo al mundo.

Como las hojas de un árbol, la ética y el compromiso médicos deben ser la cara que esté a la vista de todos, lo que revela la belleza y el brío de un espíritu sano. Los honorarios, sin dejar de reconocer que deben ser justos y necesarios para satisfacer todo tipo de necesidades, serán siempre el envés, la parte inferior de esa hoja que da la espalda al haz de luz, no por vergüenza sino por un claro sentido de la vida y un finísimo sentido del pudor.

 

*Doctor en Ciencias Médicas y especialista de segundo grado en Medicina Interna.

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