¿Buen vivir o consumo cultural?

Autor:

Graziella Pogolotti

En la faja tropical que circunvala el planeta ha comenzado la temporada de verano. Con recurrencia implacable, una misma frase apaga la conversación y sustituye el saludo: ¡Qué calor! Así de aplastante es la atmósfera en Aire Frío, de Virgilio Piñera. El ritmo habitual de la vida se modifica. Ha llegado la temporada de las vacaciones. Los escolares invaden las calles. Después del Campeonato Mundial de fútbol en Brasil, patearán pelotas muchas veces inventadas, bólidos sin destino que interrumpen el paso de carros y peatones. Las propuestas institucionales no llegan a cubrir las expectativas de todos los que reclaman un pedazo de playa, los espacios para bailar, el adecuado trasiego de una provincia hacia la otra. Por lo demás, todos los bolsillos no tienen las mismas posibilidades. De inmediato, las cuerdas se tensan para ofrecer un mejor servicio en las opciones existentes. A mediano plazo, habrá que invertir. Pero nunca es tarde para revisar algunos conceptos.

Siendo niña leí, no recuerdo dónde, la historia de un árabe que había encontrado el modo de sobrevivir en la más perfecta inacción. Acostado bajo una higuera, se limitaba a abrir la boca cuando un fruto se desprendía del árbol. La idea me pareció estupenda, pero pronto comprendí que con semejante existir enmohecería de aburrimiento. En realidad, el mejor modo de descansar consiste en cambiar de actividad, en romper la rutina cotidiana. El concepto de recreación tiene que repensarse integralmente desde una perspectiva cultural. Sin renunciar al mejoramiento de las instalaciones y del diseño de los espectáculos, las posibilidades de distracción y entretenimiento no pueden proceder solo de arriba. Debe potenciarse la iniciativa local, el reciclaje de la tradición y la refuncionalización de espacios disponibles para su empleo múltiple.

Un trabajo publicado recientemente en Juventud Rebelde plantea la contradicción entre expectativas y posibilidades en lo referente a la recreación. Señala la necesidad de explotar potencialidades locales desaprovechadas y abre una interrogante de mayor hondura al abordar lo atinente a la subjetividad. En efecto, asociamos el vacacionar a un rango limitado de actividades que pueden sintetizarse en la playa, el campismo y la fiesta. Como tantos otros asuntos acuciantes que nos rodean, las soluciones pueden encontrarse en dos instancias del tiempo, una inmediata y otra a mediano y largo plazo. La primera depende de acciones priorizadas por estructuras de gobiernos municipales. La otra implica un aprendizaje en el plano de los valores asumido por la sociedad en su conjunto. Por distante que parezca no debe postergarse, porque el tiempo pasa, se escurre entre los dedos y nos vamos poniendo viejos. En menos de lo que canta un gallo, los niños de hoy serán adultos encargados de seguir construyendo la nación. En plena guerra de Vietnam, Ho Chi Minh orientó el envío de miles de jóvenes a cursar estudios en distintos países. Se formaron técnicos en las más variadas especialidades. Aquí los tuvimos para cursar lenguas extranjeras, español e inglés, sobre todo. Convencido de ganar la contienda más tarde o más temprano, garantizaba, bajo las bombas, el capital intelectual indispensable en el futuro.

Las definiciones estratégicas presiden el planteamiento de las acciones que deben emprenderse simultáneamente con fines inmediatos y a más largo plazo. Reivindicada por los pueblos originarios del sur de nuestro continente, la noción del buen vivir conserva su validez en cualquier contexto cultural. Implica entender la formación humana de manera integral y romper la compartimentación entre tiempo ocupado y tiempo libre, de tal modo que este último no resulte vía de escape y olvido, espacio para desconectar hundido en el peor de los casos en el círculo infernal del alcohol, sopor y resaca para volver a comenzar. Desde que abrimos los ojos al mundo, descubrimos curiosidades satisfechas. El bebé entrena los sentidos y comienza por reconocer la forma del rostro de la madre. Identificará voces y sonidos antes de entender palabras. En penoso esfuerzo, pasará del gateo a la posición bípeda. Recién nacidos se nos impone la necesidad de vencer desafíos y cada victoria es fuente de alegría.

Para abrir caminos al buen vivir, hay que descartar el tan difundido concepto de consumo cultural. La cultura no se consume al modo de una copa de helado de chocolate. Se hace y se entreteje en una dinámica ininterrumpida. Es un proceso en que intervienen escritores, artistas, destinatarios de las distintas propuestas y colectividades portadoras de tradiciones, de una memoria enraizada más allá de los calendarios, de hábitos, habilidades y oficios de toda índole. Se manifiesta en la supervivencia de prácticas variadas y se enriquece con la información procedente del día que transcurre, con lo que sucede en el resto del mundo, con las melodías que se escuchan voluntaria o involuntariamente. En todos los casos, el sujeto individual o colectivo no puede resignarse a la condición de receptor pasivo. Tiene que tomar conciencia de sus potencialidades en tanto participante activo. No me refiero a un proyecto utópico. Las facultades de recrear la realidad están en nosotros. Las utilizamos apenas a un nivel primario. Así, por ejemplo, una vecina rompe la rutina establecida. Con sus mejores ropas, sale en compañía de un destino. Esos datos elementales son la base de una fábula que pasa de boca en boca, se transforma y recorre la cuadra. Un hecho casual se convierte en relato. Algo similar sucede con la llamada psicología del rumor, a través de la cual un hecho se amplifica y se adorna para extenderse rápidamente al país entero. Sabido es que los testigos de un incidente elaboran variadas versiones, matizadas por puntos de vistas, por asociaciones inconscientes con otros acontecimientos o por el modo particular de jerarquizar los distintos elementos. El cultivo de la persona favorece desplazar sus capacidades creativas del infecundo brete cotidiano hacia una relación más gratificante con el mundo.

En una sala de conciertos, cada cual escucha a su manera. Los entendidos que pueden seguir en la partitura el curso de la ejecución, se mantienen atentos a las pautas del director o comparan mentalmente con otras líneas de interpretación. Hay aficionados que dejan fluir en libertad el movimiento de asociaciones sensoriales o esperan con impaciencia la llegada de su pasaje favorito. Para todos ellos, el estímulo externo moviliza y enriquece su vida interior por vías de la sensibilidad, del conocimiento o de la memoria personal. Coinciden todos en el desarrollo de un proceso de recreación del mensaje propuesto por el conjunto orquestal.

Podría parecer que, por su carácter abstracto, la música ofrece mayores posibilidades de apertura a la libre subjetividad de los oyentes. Sin embargo, lo mismo sucede con un texto literario, a pesar de estar formado por palabras portadoras de ideas y de un significado preciso. Es obvio que no leemos el Quijote como lo hicieron los contemporáneos de Cervantes. Nuestras circunstancias y nuestros referentes son otros. Si sometemos una obra cubana contemporánea a diferentes personas, encontraremos tantas versiones como subjetividades existen. El acercamiento a una obra de arte plantea siempre un diálogo. Nunca pasivo, el receptor está animado por búsquedas, interrogantes, sensibilidad y estados de ánimo. Hay textos para la melancolía y para la euforia.

El mercado y las industrias culturales han elaborado fórmulas para la construcción de un receptor pasivo, sometido a la ley del menor esfuerzo, a la inercia y a las tentaciones de la evasión. Tras la nombradía de prolíficos autores de best-sellers, existen con frecuencia equipos de artesanos habilidosos capacitados para rellenar cuartillas a partir de una pauta establecida por quien pone su rúbrica en la obra. El invento no es nuevo. Lo aplicaron en su tiempo, entre otros, el pintor Rubens y el popular Alejandro Dumas. Lo nuevo está en la globalización del fenómeno alentado, la rápida consolidación de los monopolios de la producción y la distribución, acompañado todo ello por un pensamiento teórico cada vez más vulgarizado y hegemónico.

El concepto de consumo cultural se difunde acríticamente entre nosotros sin tener en cuenta su enlace con la mercantilización del arte y la literatura. La cultura, al contrario, es una construcción colectiva que atraviesa el tiempo y la sociedad, y teje una red de finísimos y flexibles hilos de acero. Diversa, es también fuente de cohesión social, hecha de capas interconectadas, privilegio excepcional de la especie humana. Se expresa en la lengua que hablamos, en las fórmulas de comunicación, en los modos de vida, ritos y costumbres, en la manera de celebrar la existencia y de entender la muerte. Se forja en el pueblo y en la obra de los artistas. La mazurca fue un baile popular en Polonia, antes de inspirar las composiciones románticas y nacionalistas de Chopin. En los mejores músicos populares contemporáneos se reconoce la huella de la creación culta. La cultura es un territorio de intercambio.

Subestimar el papel y la presencia de la cultura en todos los ámbitos de la vida trae consecuencias dramáticas a mediano y largo plazo. Me espanta el aspecto esquizofrénico de la joven que cruza la calle sin escuchar los rumores del tránsito por tener los oídos taponados con un equipo de música. Me espantan quienes buscan el olvido en el vértigo de la falsa alegría y en la adicción al alcohol o al narcótico. Nada hay más hermoso que la luz del alba y el crepúsculo, como también son hermosas las edades de la vida. Aprender a disfrutarlas equivale a acceder al buen vivir.

«No sea burra», decía una de mis maestras cuando me quejaba del tedio circundante. La capacidad de multiplicar las alternativas de disfrute constituye, como todo en la vida, un proceso de aprendizaje. El bombardeo excesivo por los medios, por la computadora, conduce a depender de lo que nos viene dado y obstruye el acceso a otras posibilidades. El hogar y la escuela, junto a los juegos compartidos desde la infancia, estimulan las relaciones interpersonales, se revierten en acumulación de experiencias, en despertar de curiosidades, en afinamiento de la sensibilidad, en rescate de los hábitos de conversación y de intercambio. Los seres humanos podemos resultar tan interesantes como una película, siempre y cuando seamos tolerantes frente a lo similar y a lo diferente. Crecemos cuando somos personas activas, inquietas y creativas. Nos achicamos sumidos en una pasividad dependiente de un estímulo externo programado. Hay que inventar una pedagogía para el buen vivir que no mutile la imaginación, que recupere el placer de la lectura, la facultad de soñar. Ábranse las playas, los sitios de campismo, los espacios de baile junto a museos y talleres. Bienvenida sea la modernidad mientras no se convierta en obstáculo para disfrutar lo que vamos haciendo con nuestras manos y lo que la naturaleza regala al que sabe contemplarla. Edifiquemos una vida interior rica. Ella nos aguzará las antenas para detectar las maravillas que la rutina oculta en la temporada de vacaciones, en los días de trabajo y de estudio.

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