Los niños más felices del mundo

Autor:

Glenda Boza Ibarra

Yo no sé si fue el período especial, la entrada al nuevo milenio o el santísimo copón divino, pero no puedo quejarme de mi infancia.

Es cierto que casi todas mis muñecas fueron las mismas que mi hermana mayor había cuidado tanto y que unos años antes de yo nacer la mediana de nosotras tres dejó sin pelos, pero fui feliz con aquellas «medio calvas» que nada tenían que ver con las Barbie, aunque de estas otras también tuve.

No sé si fueron aquellos juguetes de «afuera» que mi vecino repartió a los niños del barrio cuando él entraba en los 20; o los muñequitos rusos, que eran de allá, aunque fueran de otro país. No sé qué sería, pero tuve una infancia de la que no me puedo quejar.

En mi barrio, allá en Buena Vista, en Las Tunas, éramos tres hembras y como diez varones. Tal vez por eso siempre bailamos trompos, jugamos a las bolas, a la pelota o a los escondidos, y nunca nadie se atrevió a decirnos «marimachos». Claro, nunca logramos que ellos hicieran el rol de padres cuando nosotras jugábamos a las casitas.

No sé qué fue lo que me hizo tan feliz en mi infancia, pero incluso en los tiempos de apagón diario, la calle tenía constantemente el bullicio nuestro, que lo mismo cantábamos, que imaginábamos juegos, tocábamos en las puertas de las casas para salir a escondernos, inventábamos la mentira más grande o gritábamos consignas durante la guardia pioneril.

Tengo una nostalgia inmensa de aquellos días, porque a pesar de las carencias fueron tiempos buenos y lindos. Incluso, un día, para no aburrirnos, nos dedicamos a contar carros.

Juntos nos íbamos cada día a la escuela Mara, Lisbet, Jaider y yo, aunque ninguno estudiara en la misma aula. En las tardes los muchachos más grandes o los de otras primarias se unían tras terminar las tareas. Esos fueron mis buenos amigos, y ahora, después de mucho tiempo sin vernos, todavía lo son.

Aquellos fueron días en que no nos preocupaba la caída del muro de Berlín, ni la desintegración de la URSS o la llegada del período especial. Nuestros padres siempre se las ingeniaron para hacernos felices y propiciar que creciéramos bien, y en la escuela nada cambió, aunque no llegara la misma comida o ya no hubiera tantos juguetes. Seguimos siendo alegres en nuestra ingenuidad y no se acabaron en mi casa las diversiones en las tardes de domingo.

¿Cómo olvidar entonces los aros llenos de piedrecitas que, al bailar, sonaban, o los balances o sillones que se deshicieron para que tuviéramos «suizas» que saltar, o aquellos papalotes forrados con papel periódico? Aunque no hubiera todo, no faltaba nada para que estuviéramos contentos.

Y sé que a su modo los «chiquillos» siguen siendo alegres hoy. Aunque el trompo, las bolas y pelotas, algunos los hayan cambiado por Nintendos, juegos de computación y hasta celulares.

Los tiempos han cambiado, y los niños también. Ya desde mis casi 30 y a más de una década apartada de esas diversiones infantiles —aunque todavía me apasionen los muñequitos—, descubro a diario que algo no se altera: son los infantes una prioridad en Cuba, y cada cosa se hace pensando en su bienestar, en su crecimiento sano, en su futuro.

Por eso dentro de esta isla caribeña, los payasos llegan hasta los hospitales, los alumnos van armados de amor a cada día de clases, la discapacidad no impide una sonrisa.

Yo tuve una infancia de la que no me puedo quejar, porque nací en este país, un lugar donde los niños lo tienen todo para ser los más felices del mundo.

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