¿Y si con mi propina compro su sonrisa?

Autor:

Glenda Boza Ibarra

Da por sentado que, por ser solo 60 centavos de vuelto, ella no va a recogerlo. ¡Qué ridícula!, ha pensado seguramente el dependiente porque aquella clienta extendió su mano esperando lo que le pertenecía.

Ella «se ha hecho la sueca» y no precisamente porque se crea extranjera, aunque muchos del otro lado del mostrador la miran por encima del hombro como quien está en un nivel superior. ¡Si supiera que la mujer que tiene enfrente es una magistral profesora de Economía, una Doctora en Ciencias que utilizará ese vuelto para pagar la guagua de regreso a casa!

Ha contado ahora, por segunda vez, el menudo restante de la última compra, pero faltan «cinco quilos en divisa» para el paquete de detergente, entonces se apresura a buscar el equivalente en pesos cubanos. Del otro lado del mostrador la muchacha lo ha notado y ha dicho: «No se preocupe; yo lo pongo».

¿Qué daño puede hacerle a la economía personal tal gesto, cuál desfalco hará en la tienda, si ese ha sido solo una parte de la propina de la venta anterior?

A diario nos suceden cosas como estas, buenas y malas, y abundan las personas que creen tener derecho a la propina sin haber prestado un buen servicio y esa es una recompensa voluntaria que, como señal de respeto, es ofrecida cuando se recibe un trato adecuado.

Pero la realidad es que el cliente no siempre tiene la razón y la estabilidad del salario hace que a muchos no les importe si el usuario vuelve, si consume algo sin la calidad requerida, si se embarca... ¿Para qué esmerarme si voy a cobrar lo mismo?, se preguntan. Como si no fuera la esencia de su trabajo atender, bien tratar, servir.

Lamentablemente, este asunto atañe a establecimientos estatales y privados, aunque se nota en estos últimos un mayor interés por hacer las cosas bien, por garantizar luego el regreso, pues de ello depende su rentabilidad e ingresos.

Pero pueden establecerse entonces las  diferencias,  y  el ser cubano o tener menos dinero, convertirse en limitantes para recibir un buen trato.

¿Cuántas veces no se ha denunciado el maltrato a «los nacionales» en instalaciones recreativas o del turismo? ¿Acaso no merecen todos un buen servicio? Y a esa competencia se le recompensa luego con la propina, con el agradecimiento e incluso con una nota en algún libro de visitas.

Sin embargo, tales gestos no pueden forzarse, ni siquiera mediante una «sugerencia». Existe en todo el mundo una cultura sobre el tema, e incluso en países como la República Checa, Estados Unidos, Canadá o la India dejar además entre el cinco y el 15 por ciento de la cuenta es una «obligación moral», pues ese dinero forma parte del sueldo mensual de quienes sirven.

Mas, en esta Isla nuestra, la propina es voluntaria. Constituye un derecho para recompensar un buen trato, aunque existan algunos que la dejen por vergüenza, por el miedo al qué dirán.

Estaba en su derecho aquella profesora cuando recogió su vuelto. No podía sentirse ofendida por reclamar lo que era suyo, mucho menos avergonzarse ante alguien que demoró en atenderla porque estaba ocupada al teléfono.

Pero a pocos metros recibió un buen trato y ya no tuvo que sacar más cuentas. El salario sería el mismo y los precios continuarían escalando, mas dejó allí su propina y agradeció la sonrisa.

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