Los flashazos de Franklin

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La muerte es una alimaña agazapada, con perenne hambre de vida. Y el día menos pensado se abalanza para arrebatarnos a un ser querido y recordarnos que estamos en lista de espera para ese viaje sin retorno.

Hace unos días, mientras este cabecidura con gatuno aferramiento a la vida convalecía de una riesgosa intervención quirúrgica a cráneo abierto, tras ganarle una partida más a la alevosa señora, esta se cebó en el entrañable amigo Franklin Reyes, un extraño duende de la bondad y el cariño que ya engrosa la galería de tantos muertos precoces.

Para preservarme en los días más delicados de mi convalescencia en cama, familia y amigos me tendieron un silenciamiento informativo digno del secretismo más contumaz de ciertas instituciones oficiales. Y es ahora que Franklin se me muere con retardo en un sitio aburrido de una carretera. Es ahora que le lloro.

Aunque siempre me pedía consejos como a un padre en los años felices y tumultuosos que trabajó como fotorreportero en Juventud Rebelde, al final es él quien le ha dejado las lecciones más hondas a este trasnochado sobreviviente de tantos «muertos de mi felicidad», como diría Silvio. Ahora me pregunto, con Retamar: «¿Sobre qué muerto estoy yo vivo…?».

Franklin llegó a Juventud Rebelde silvestre, con una coleta en el cabello largo y aquella delgadez que solo hacía resaltar sus ojos sinceros y esa sonrisa de los que saben querer. De familia humilde y amorosa, de barrio caliente y vocinglero, sin más credenciales que su nobleza y bonhomía, comenzó en una plaza de auxiliar de almacén.

Pero el muchacho traía los sueños —que no la ambición— de la fotografía. Y se adiestró en aquel laboratorio paciente y humilde donde en la oscuridad brotaban las imágenes sobre el cartón como un acto mágico. Un laboratorio escuela que ya no tienen los nativos de la fotografía digital y sus expeditas ventajas.

Franklin vino de bien abajo, sin catapultas ni protectorados. Con su férrea constancia, y la disciplina de los humildes y necesitados, se ganó su plaza de fotorreportero. Y fue recorriendo Cuba, sus llanezas y relieves, sus sombras y luces; descubriendo el país y queriéndolo mucho más.

Llegó a ser fotorreportero estrella del diario, pero no por el vedetismo sino por la luz interior que emanaba de sus testimonios gráficos, de excelencia técnica impecable y calidez humana. Franklin tenía una extraña e intuitiva conexión entre el corazón y la mirada reveladora tras el lente.

Esa lucidez, luego enriquecida en las aulas universitarias salvando lagunas culturales acumuladas y absorbiéndolo todo con mayores sacrificios que muchos de sus condiscípulos, le ganó la confianza para cumplir misiones periodísticas de gran envergadura, como la de corresponsal en Venezuela. En la iconografía del mandato bolivariano de Chávez, no podrán soslayarse sus elocuentes y hermosas imágenes.

Muchacho gregario, siempre dándose a querer. De una sola pieza. Amigo leal hasta los huesos, así como amoroso hijo y fiel amante de su compañera. ¡Qué clase de padre hubiera sido si la Parca le hubiera dado tiempo! Franklin no tenía esas veleidosas fracturas entre la vida pública y la privada. No había entretelones.

Cuando dejó JR, y mejoró su nivel de vida, no cambió como muchos camaleones que andan por ahí. Cubano y patriota, siguió siendo el mismo en humildad y cariño, en gratitudes a quienes lo vieron crecer y le ayudaron en su carrera profesional. Su generosidad innata se repartió entre muchos, me consta. Y no extravió el talante humilde y barriotero, siempre presto a tender una mano o al menos un sístole y diástole de su corazón.

Aunque siempre salvamos el pellejo, los que sobrevivimos a amigos y seres queridos vamos perdiendo jirones de nuestras vidas que no se pueden restituir; ¿verdad, Alberto Cortés? Por eso me empeño en creer que hay un más allá, donde pueda encontrarme de nuevo con Manuel González Bello, Eduardito Jiménez, Eráclides Barrero… y con Franklin.

En este encierro convalesciente, me desvelo en las madrugadas y miro hacia el cielo desde el pequeño patio de mi apartamento. Tintinean las estrellas. Y no sé por qué se me ocurre que son los flashazos de Franklin, que sigue alumbrándonos desde allá con la pertinaz ansia del más entrañable testimoniante.

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