Ese misterio que merece plena compañía

Autor:

Enrique Milanés León

Duele escribirlo, pero no pocos cubanos huyen despavoridamente de José Martí. No en la palabra, que a menudo consigue disfrazarlos, sino en los hechos, ese fiel autorretrato de cada uno. Se alejan un paso de la órbita limpia del Apóstol y muy pronto pierden brújula y gravedad en la andadura moral de esta centuria.

Martí no les conviene. Ese hombre de ropa escasa, de comida frugal, de hondo calado, de cero tienda y tanta alma, es un adversario formidable de los esclavos de las marcas y los cultores de lo superfluo que han crecido también aquí, en las márgenes del proyecto nacional, y que a la sombra de unos cuantos billetes pretenden acaparar para sí los resultados materiales de un proceso que pertenece a todos los cubanos.

Porque junto al pueblo que lucha pulcramente —y que con justicia recibe la mayor parte de las miradas de la prensa— han proliferado vanidades, egoísmos, ambiciones… que se erigen en negación frontal del ideario del héroe de Dos Ríos.

Él, que nunca buscó la gloria aunque sabía que su pensamiento sería perdurable, nos dio todas las claves para hacer digno al hombre cotidiano, ese ser esencial para conformar el tejido de la sociedad. Sus textos y su vida hablan constantemente de la virtud, y lo más ejemplar de ese acto es que todavía dicen cosas nuevas.

En estos días en que mentes pequeñas certifican su éxito en continuas «gozaderas» —y otras hacen del término su ideal—, un hombre de enorme acierto para morir y vivir nos recuerda un par de cosas. Martí era un gran sensible, no un amargado. Con una precisión que en él era redundante, Cintio Vitier veía en el Maestro una ética del sufrimiento y una creencia en su carácter compensatorio y redentor, pero también una ética del goce espiritual y de una limpia sensualidad. ¿Habrá mejor forma del disfrute?

Y si doña Gabriela Mistral calificaba al hombre de La Edad de Oro como el «más puro de nuestra raza», Cintio añadía con devoción: «El más completo».

Citar en vano a José Martí es la peor doblez que pueda cometerse pero, en otra antípoda, a menudo —fuera de academias y escuelas donde se le preserva como valiosísima cepa moral de la nación— se le extraña en los diálogos comunes y en los actos frecuentes, justo donde más puede ayudarnos. Y a veces uno siente que en poco tiempo pasamos, del sonoro debate sobre valores que tanto tienen que ver con él, a un silencio inquietante.

Nunca nos dejó solos: en la misma presentación del libro que dedicó a su Ismaelillo habló de su fe en la vida futura, nuestra vida, y apostaba por la utilidad que hoy cosechemos de la virtud; pero esa confianza y ese amor son también exigencias. Martí tiene un índice poderoso con el cual señala y fustiga los errores, sean de guante negro o cuello blanco.

Ahora que le reiteramos homenaje, es buen momento también para ubicar a sus rivales y acompañarlo a ganar. Acaso repitiendo el oficio de su padre, José Martí es el celador más estricto de esta Isla: nos evalúa constantemente y constantemente nos recuerda, sin hablar, su holocausto entre ríos, sus renuncias personales, su vida de austera peregrinación cuando para un hombre como él hubiera sido tan preciado un nido tranquilo donde reposar de sus constantes vuelos por el mundo.

Este pueblo repleto de creencias sabe que no hay mejor resguardo nacional que la militancia martiana, pero para alcanzarla no basta la coincidencia de simple geografía. El Delegado pide más.

No, definitivamente José Martí no conviene a todo el mundo. Ni a él le interesa. En su nutrido ejército de almas ha habido unos cuantos desertores, porque es mucha la entereza moral de este Amor General del Ejército Libertador. Sus enemigos son los mismos rivales de Cuba, esos que no parecen enterarse de que deshonrarlo deshonra.

Hay que querer para ver, más que de Paula a Dos Ríos: en la multitud de nuestras calles camina todavía un hombre pensativo, de ropa oscura y pecho claro. ¡Pobre de quien no lo vea!

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