Un hito que da más sentido a la esperanza

Autor:

Julio César Hernández Perera

Este 30 de junio la Organización Panamericana de la Salud (OPS) notificó en Washington la entrega del certificado que acredita a Cuba como «La primera nación del mundo en eliminar la transmisión de madre a hijo del VIH y de la sífilis». Tal certificación sobrevino tras un riguroso proceso iniciado en 2010 y conducido por el Comité regional de validación, de conjunto con la OPS, el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia (Unicef), y el Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el VIH (Onusida).

De tal modo se reveló un hito histórico de alcance universal. La noticia, que asombró al mundo, se encumbró rápidamente en titulares de muchas agencias informativas.

Sería comprensible que muchas personas no estimasen en su real dimensión un logro como ese si tenemos en cuenta que a lo largo de más de medio siglo de Revolución se nos han hecho familiares conquistas con las cuales hemos ido conformando nuestra vida.

Un acceso universal a la salud e indicadores como una tasa de mortalidad infantil de 4,2 por cada mil nacidos vivos, y de supervivencia hasta los cinco años mayor del 99 por ciento, son muestras de realidades con las cuales coexistimos día a día: tales éxitos son avistados por personas de otras latitudes del planeta como algo inalcanzable.

¿Qué representa en realidad el actual certificado conferido a nuestra nación?

Los organismos internacionales han asumido que una tasa de nacimiento de menos de dos niños con VIH por cada cien madres infectadas por ese virus, y menos de 0,5 niños nacidos con sífilis por cada mil nacimientos, son los criterios para declarar como eliminada la transmisión de madre a hijo del VIH y de la sífilis, respectivamente: Y Cuba ha estado muy por debajo de esos indicadores.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), a finales de 2012 —y a pesar de los grandes logros en este campo— se estimaba que más de 23,5 millones de africanos estaban infectados con el VIH; y que de ellos solo recibían tratamiento cerca de la tercera parte.

Varias evidencias muestran que la mortalidad atribuible al VIH ha disminuido en más de la mitad desde que se instauró el tratamiento antirretroviral. Ese mismo tratamiento disminuye también la transmisión del virus desde la madre al hijo.

Con todo y eso, independientemente de los avances en algunas zonas del mundo, resultan lamentables los estragos producidos por el VIH en niños. En Kisumu, la tercera ciudad más poblada de Kenya, el VIH —junto al paludismo— es causa de cerca del 60 por ciento de las muertes en pequeños que tienen entre uno y cuatro años de edad.

La sífilis, por su parte, constituye una enfermedad antigua que puede ser fácilmente eliminada con el tratamiento adecuado. Sin embargo, todavía perdura como otro problema de salud mundial. En 2008, de acuerdo con estimados de la OMS, la sífilis había sido causa, a nivel mundial, de cerca de 212 000 muertes fetales, 92 000 muertes en recién nacidos, 65 000 nacimientos prematuros y de bajo peso, y 152 000 recién nacidos con sífilis, a quienes una marca de daños y desdichas les acompañará para siempre.

La transmisión de madre a hijo de la sífilis y del VIH ha sido motivo de múltiples análisis en diferentes escenarios mundiales. Casualmente en junio del presente año la prestigiosa Revista internacional de Ginecología y Obstetricia (International Journal of Gynecology & Obstetrics) dedicó una de sus ediciones a este problema. Y en un texto editorial salió a relucir el ejemplo de Cuba en esta batalla, aun cuando todavía los autores no estaban al tanto de la certificación de la Isla por sus logros en la erradicación de los flagelos mencionados.

Cuba ha demostrado que con una voluntad sostenida en una política de salud en pos de garantizar la atención prenatal, con partos atendidos por personal capacitado, con el acceso universal a pruebas de detección de VIH y sífilis, además del oportuno tratamiento a partir del diagnóstico, es posible nacer sin VIH y sin sífilis.

Nadie pondría en duda que ese hito se convierte en paradigma para el resto del orbe, con lo cual se ensancha la esperanza de que algún día esa meta lograda por un país pequeño pero intenso pueda ser la suerte de la humanidad.

*Doctor en Ciencias Médicas y especialista de Segundo Grado en Medicina Interna.

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