Herencias

Autor:

Yisell Rodríguez Milán

Reviso. Descuartizo con la mirada mi viejo armario, sin piedad, en busca de ropas recuperables. Nada me sirve. Especialmente estrechos, poco útiles en esta nueva fase de mi vida, me resultan los atuendos de hace un quinquenio, con los cuales he hecho un montoncito.

Otros ni siquiera hay que analizarlos. Se trata de blusitas heredadas que ya no me sirven, sayas pasadas de moda que antes fueron de algunas de mis primas, y una camisa negra, muy querida, de cuando mi mamá tenía 20 años. En casa hay una foto donde se le ve usándola y, de paso, haciéndose la que toca una guitarra.

Es imposible observar esas prendas y no recordar la fuente desde donde vinieron a parar a este desvencijado clóset. No fueron regalos en el sentido más galante de la palabra. Tampoco eran sobras. No resulta difícil explicar cómo funciona aquí, en Cuba, entre familias y amigos, esta suerte de filosofía de las herencias o del reciclaje constante que implica la cesión de cosas que algunos consideraron quizá habían llegado a su «vida límite», en tanto otros, quienes reciben, estiman que «todavía tienen para dar».

Las experiencias cotidianas marcan nuestra forma de percibir los fenómenos. Siendo así, lo que para mi madre era una camisa solo útil para refrescar su memoria…, a mí, cuando la encontré junto a otras ropas guardadas en una bolsa, me pareció casi un tesoro.

«Ahora se usa esto», riposté ante su graciosa mirada de «¿Y tú qué piensas hacer?». Hace un tiempo que ya no me sirve… y creo que no aguantará otra generación.

De mi hermana no encontré nada. Los porqués están claros. Ella, por ser la más chiquita y delgada, heredaba más que yo. Y esa es otra suerte de acápite en la «ley de herencia»: casi nunca los mayores reciben de los menores. Funciona a la inversa. Tampoco los gorditos, como en mi caso, reciben de los flaquitos. La búsqueda de tela extra no forma parte de la rutina del reciclaje.

Vivimos en un país socialista pero subdesarrollado, donde se nos educó para ser dignos. Pero, ¿por qué no aceptar lo que se nos ofrece con cariño y buena voluntad...?

Ser solidario y útil resulta la mejor forma de ser bueno con los demás. Por eso, cuando niña veía con ojos alegres cómo mis padres recogían en una maleta los zapatos todavía fuertes que ya no nos servían, así como las ropas en un estado decente, para llevárselos a nuestros conocidos en las montañas.

«Es para que trabajen», nos decían, y yo aspiraba a que todo eso sirviera para mucho más. Tal vez para evadir por unos días la tierra roja que carcome con rapidez los calzados, para aliviar la presión de no tener que usar una de sus vestimentas mejorcitas para recoger café e, incluso, «para salir»… ¿Quién sabe?

Por lo pronto, en mi viejo clóset, encontré un pullover blanco, talla S, con el rostro del Che y que todavía luce como nuevo, pero ya no me sirve. Lo compré mientras estudiaba y no recuerdo en qué momento dejé de usarlo. Ahora me da nostalgia y lo aparto, con cariño, hacia el montoncito de lo que ya no uso. Quizá mañana se lo lleve a una primita. Seguro le quedará «en talla».

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