¡Qué clase de absurdo! - Opinión

¡Qué clase de absurdo!

Autor:

Nelson García Santos

Los participantes, inquietos, no soportan ya estar en las sillas o parados, llevan allí más de una hora esperando porque, al fin, se descorran las cortinas para iniciar el acto. Llegaron a las siete y media de la mañana, y son cerca de las nueve.

Ojalá fuera ese un hecho excepcional, pero con proverbial frecuencia se origina la impuntualidad, a cielo abierto o bajo techo, en momentos en que resuena, por todas partes, la imprescindible necesidad de rescatar los valores inherentes a las buenas prácticas morales y éticas.

Para mayor desacierto, la promueven quienes están para, con el ejemplo por delante, ayudar a afianzar esas correctas costumbres, entre las que figura la puntualidad, equivalente a ser responsables y respetuosos, dos virtudes que deben cultivarse desde la niñez.

Paradójicamente, se ha convertido en rutina que los organizadores de actos, conferencias, reuniones y eventos de diversa índole, citen a los participantes con más de una hora de antelación y luego tampoco comiencen en el horario oficial previsto. A veces la espera dura más tiempo que la realización del propio acontecimiento.

El irrespeto al auditorio trasciende por ese hecho y también porque, la mayoría de las veces, nadie pronuncia una palabra de disculpa para aclarar las causas del atraso, lo cual viene a reforzar la idea de que estas demoras forman parte del guión.

«Empezamos cuando empezamos», parece ser la filosofía de este proceder, que empaña el buen desarrollo de cualquier acto, crea «ruido en el sistema» y hace aflorar el malhumor.

Cuidado especial con el cumplimiento estricto del horario debe tenerse cuando han sido citados los pioneros, pues ese aguardar prolongado los desespera. Luego, cansados de estar sentados sin más, empiezan a pararse, a caminar y hacer bulla, mientras los maestros o guías tratan de establecer un orden que transgredieron los mayores.

Y no faltan, increíblemente, hasta las palabras de reproche para ellos, quienes son los afectados por el desaguisado de los organizadores.

El que no haya sufrido en carne propia esa espera, en alguna oportunidad, es de otra galaxia.

Y todos sabemos lo que molesta a las personas que dispongan arbitrariamente de su tiempo, ese tesoro de vida limitada.

La gran incongruencia resulta que, en muchas ocasiones, después de hacer esperar al auditorio, le hablan de la necesidad de asumir la vida con responsabilidad, de cultivar los buenos modales y ser puntuales en el acatamiento de sus obligaciones. ¡Qué clase de absurdo!

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