Pasaporte a la tragedia

Autor:

Juan Morales Agüero

La interrogante merodea el sentido común con tintes de suspicacia: ¿Conocen todos los conductores de vehículos los deberes que asumen y los riesgos que enfrentan cuando toman sitio detrás de un volante? ¡Es que se ven cada cosas en las carreteras! Desde un raid de velocidad entre camiones repletos de pasajeros hasta una juerga etílica a nivel de cabina.

La ciencia ha establecido que volante y alcohol son enemigos jurados. Cuando coinciden, quien pierde es la capacidad del chofer para conducir. Ahí van algunos datos: un simple mareo etílico reduce los reflejos y aumenta el tiempo de reacción. Un vehículo recorrerá un diez por ciento más de distancia si quien maneja bajo sus influjos lo hiciera frenar abruptamente ante un peligro. Y esos metros añadidos suelen resultar fatales.

Hay más. Bastan unos «copetines» para que los ojos pasen apuros para percibir el color rojo, en especial el de los semáforos. También para acomodarlos a contextos de cambios de luz, como en los túneles y las autopistas. Además, quedarían inhabilitados para fijarse en un punto concreto, con el consabido coeficiente de error a la hora de identificar objetos y señales. Si de adelantamientos se trata, un conductor pasado de tragos no podrá calcular con exactitud distancias y velocidades, con los riesgos para la vida propia y la ajena que eso implica. «Puedo adelantar a aquel carro», dirá, a lo mejor, en algún momento de su vaporosa aventura sobre ruedas. Acto seguido oprimirá el acelerador hasta el fondo y, unos metros más allá... ¡pummm!

Otro rasgo distintivo del alcohol es que produce euforia, traducida en ardor, exaltación, ímpetu, arrojo... Y, si el eufórico resulta ser alguien que va al timón de un vehículo... ¡a encomendarse! Seguramente sobrevalorará sus aptitudes para conducir a ritmo de vértigo. En semejante circunstancia, sería capaz de tomar decisiones de altísima peligrosidad, algo que, seguramente, hubiera descartado de plano en estado sobrio.

Si llega a colisionar, casi siempre será ese chofer ebrio quien sufrirá las lesiones más graves. La razón estriba en que el alcohol afecta el funcionamiento de los reflejos. Por tanto, la reacción lógica ante un choque —cubrirse el rostro, encogerse, saltar fuera...— no se producirá con la premura exigida. Además, la borrachera reduce la respuesta del organismo a los politraumas, por lo que las heridas pueden ser de consideración si el accidentado ha empinado el codo más de la cuenta.

Durante el año 2015 en nuestro país hubo un accidente de tránsito cada 47 minutos y un fallecido cada 11 horas. Algunos de esos siniestros se hubieran evitado si sus protagonistas hubieran sido etílicamente más responsables. Hay que detener ese macabro retozo con la tragedia. Si desafiar el cuentamillas es obra de locos, salpicarlo de alcohol es propio de suicidas. Y lo más terrible: a pesar de los muertos y de los heridos por esas causas, ¡pocos conductores rectifican por cabeza ajena!

Un vetusto retruécano con pretensiones de consejero advierte: «si tomas, no manejes, y si manejas, no tomes». Quienes observan a pies juntillas la sugerencia, se vanaglorian de continuar en el mundo de los vivos. En cambio, los que les prestaron oídos sordos son hoy meros recuerdos que martillan la memoria de sus parientes cercanos o apenas una referencia de mármol en medio del eterno silencio de los cementerios.

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