¿Por qué Osvaldito no va a la bodega?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

El del medio de mis hermanos es demasiado ocurrente. Cada uno de nosotros es muy diferente entre sí, pero a Osvaldito se le va la mano a veces. Brian es serio y cariñoso, Alejandro no para de jugar y odia las tareas, y yo… bueno… mejor seguir con Osvaldito. No es que los otros dos sean santos, es que lo de quien ha vivido conmigo desde que nací, el que me hace sentir vieja cuando me convierte en su mamá, es demasiado como para no contarlo.

A sus 21 años no detiene la inventiva. Dice que la gente no se hace la keratina, sino la gelatina. Nadie viaja de mula, sino de yegua. A él no lo engañan, «se lo están comiendo». Y tiene amigos tan bobos que le caen detrás a los bicitaxis para oír música o a los aviones para coger sombra. Esas son sus ideas. Al menos las que se pueden contar en público.

Cuando andaba por la famosa edad de la peseta, tuvo un limpiapeceras al que le dio un infarto. Como lo lee, el pobre pez falleció por esa causa médica, o al menos eso fue lo que dijo Osvaldito en casa luego de practicar un «especializado análisis médico». Nadie sabe por qué misterio de la vida, días después el bicho feo apareció en la pecera de uno de los socios del barrio. Nadie sabe por qué mi hermano pudo jugar esa semana unas horitas más de videojuegos en la casa donde brindaban tal servicio.

Sigue siendo un misterio cómo alguien pudo cambiar una bola por una cuchilla, o lograr el último corte de cabello de la moda en uno de los muñecos preferidos de la casa. Aún queda el recuerdo de la primera abeja aplastada por un pie defendido solo con una media (perreta a posteriori).

Pero si algo ya quedó al descubierto es la razón de por qué Osvaldito entró en protesta eterna y prometió no asistir jamás a la bodega. Y por más que mi mamá se molestara, esa oportuna contrariedad se perpetuó en los años. Mi hermano no va a la bodega. Y quien sepa la historia real, de seguro, entenderá su conducta.

Un día marchó Osvaldito al citado establecimiento. Llevaba la encomienda materna de traer arroz a casa. Él no iba a gusto (¿a quién le agrada hacer mandados?), pero no había nadie más en el hogar y mi mamá andaba complicada en cosas de madres. Así que allá fue este niño, casi adolescente en ese entonces.

Llegó, saludó con inocencia, y se acercó al mostrador para solicitar su encargo. Extendió la libreta y pidió el arroz. Y cuando se disponía a preparar la jaba, oyó la pregunta que lo «embarcaría» para siempre (y que hoy me atrevo a contar con maldad de hermana).

«¿Qué arroz quieres?», inquirió la dependienta. Y ahí sí que se quedó sin ideas la genial cabeza de mi hermano. Era una pregunta obvia, no había ni que molestarse en hacerla, ¿por qué lo diría esa señora? Todo eso se cuestionó por dentro mi hermano. Hasta que respondió con la nobleza simple de quien no ve más complicaciones. «El arroz blanco», contestó ignorando que la interrogante tenía que ver con las categorías en que se divide tal grano para despacharse: el de la cuota y el adicional.

Y esa respuesta lo volvió un personaje histórico. «Mira, fulana, el niño viene a buscar el arroz blanco», decían las bodegueras con la risa y el desparpajo de quien anda esperando todo el día un suceso para reír de buena gana.

Osvaldito no oyó más. Atravesó el parque con su «berro» de siempre y juró que no iba más a la bodega. Luego de intensas pesquisas, pudimos sacarle el cuento. La menos beneficiada fue mi mamá. Para ella quedó eternamente la honrosa misión de recoger los mandados. Osvaldito, bueno, lo superó un poco. Pero yo sí «me puse las botas». Encontré un chiste perfecto para conocer a sus novias: «¿Ya sabías que Osvaldito va a la bodega a buscar congrí y arroz amarillo?».

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