Para construir un país

Autor:

Graziella Pogolotti

Mientras palpita la vida, el proceso de construcción del país no se detiene. Efímera, la existencia humana se intercala en un largo proceso. La percepción individual y colectiva transita por los azares de la cotidianidad, recupera franjas de memoria y elabora sueños, aferrada a la permanencia de ciertos valores simbólicos.

Allá por los 40 del pasado siglo, la televisión no había entrado todavía en los hogares. El intercambio personal tejía redes sutiles apuntaladas en el culto a la amistad. Una exposición reciente en nuestro Museo Nacional evoca los rostros de la modernidad, la muestra exhibe un conjunto de retratos realizados por los pintores cubanos de la primera y la segunda vanguardia. Para mí, antes de constituirse en eslabones de un recorrido histórico, fueron personas de carne y hueso que conformaron el paisaje de mi infancia y mi primera juventud.

Carlos Enríquez era uno de ellos. Había convertido en refugio su modesta casita de madera a la que nombró Hurón Azul, integrada hoy a nuestro imaginario cultural. De cuando en cuando la ruta 2 de los Ómnibus Aliados lo traía a La Habana para comprar telas, pinceles y tubos de pintura. Aprovechaba la excursión para visitar a algún amigo y encontrarse con sus hermanas, encargadas de la crianza de su hija Isabel.

Eterno inconforme, Carlos tenía la lengua aguzada y fama de conflictivo. En verdad se había construido una máscara para ocultar la ternura que lo habitaba. Por intuición, lo supe siempre. La fascinación por el personaje estaba impregnada de profundo cariño. Mientras tuvo recursos, convocó a celebraciones dominicales en el Hurón Azul, donde mucho se bebía y abundaba la clásica comida criolla. Aún entonces, lo mordía la soledad. Más tarde, la soledad se convirtió en dramática realidad concreta. Una mañana de 1957 lo encontraron muerto en el portal de su casa. A su lado, en vela de difuntos, su perro Calibán.

Con indiscutible sagacidad, en un artículo publicado originalmente en Lunes de Revolución, Antón Arrufat revelaba una clave esencial del proyecto artístico-literario de Carlos Enríquez. Era la voluntad de edificar una leyenda de raíz popular al modo del Martín Fierro argentino. Con ese propósito pintó su Romancero Criollo. El rapto de las mulatas es una de las piezas más conocidas de esta serie, aunque tenga su contrapartida en Campesinos felices. Para configurar su proyecto acudió también a la narrativa. En un país rural, Tilín García actuaba como francotirador justiciero, inspirado en la tradición oral que, todavía entonces, evocaba a Manuel García, el rey de los campos de Cuba.

Menos conocida, La vuelta de Chencho se sitúa en el entorno suburbano semirrural. Su referente se remite a los alrededores del Hurón Azul. Con ribetes fantásticos, el relato contiene elementos autobiográficos. En efecto, el artista tuvo que permanecer, sometido a dolorosas operaciones, en una sala del Hospital Calixto García. Fue su temporada en el infierno. Compartía el tétrico ambiente con enfermos mentales, pobres de solemnidad, abandonados a su suerte. Andaban harapientos y llenaban de lamentos las noches de insomnio.

Hijo de un médico, dueño de tierras y buena clientela, entre la que pudo contarse el dictador Gerardo Machado, Carlos se rebeló contra la hipocresía implícita en la doble moral burguesa. Para procurarle un porvenir seguro, la familia lo envió a Estados Unidos para estudiar comercio. Pero su vocación ya estaba definida. Allá se casó con la pintora norteamericana Alice Neel, también ella radicalmente transgresora hasta el final de su vida. Santillana, la primera hija de ambos, murió de desnutrición. Uno y otro, Alice y Carlos habían asumido el arte en términos de sacerdocio. Afrontaron el dolor, la miseria y la soledad. Exactamente coetáneos, los respectivos centenarios se conmemoraron en Nueva York y en La Habana con exposiciones antológicas.

La nación cubana alcanzó su cristalización inicial en la Guerra de los Diez Años. Al conmemorar el centenario de La Demajagua, Fidel señalaba que Céspedes cortó las ataduras cuando, en un mismo acto, proclamó la independencia y liberó a los esclavos. Desde entonces, la contradicción básica se planteaba en término de independencia versus anexionismo. Para llegar a ese punto, el camino fue largo. Sueños e ideas configuraron el proyecto antes de que se convirtiera en acción armada. Félix Varela y José María Heredia fueron sus precursores. El primero sentó las bases de un pensamiento. El segundo produjo las imágenes simbólicas. Ambos padecieron el exilio, durísimo para el poeta, devorado por la pobreza y la tuberculosis. En las palabras de clausura del Congreso Cultural de La Habana, Fidel reconocía la diversidad existente entre los intelectuales allí reunidos. Sin cancelar las diferencias individuales, la unidad de propósitos habría de surgir del acuerdo en el plano de las ideas esenciales.

Después de incontables sacrificios, la República nació mutilada. Algunos se conformaron con las migajas recibidas de un tiburón que se bañaba y salpicaba. Pero fueron muchos los que siguieron perfilando sueños e ideas. Lo hicieron como luchadores políticos, como maestros, como estudiosos de los procesos de nuestra historia y de nuestra cultura, como escritores, artistas y animadores de revistas de vanguardia. En las cálidas noches de verano y en la borrasca que acompaña el viento del norte, en tertulias de café, en casas bien resguardadas o caminando por el Malecón y la Avenida del Puerto, lo siguieron haciendo. Las palabras y las imágenes simbólicas no cayeron en el vacío.

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