Por Cuba y los cubanos

Autor:

Armando Hart Dávalos

Teniendo en cuenta los acontecimientos recientes y en medio de los convulsos escenarios que vivimos en el mundo de hoy, me ratifico en el pensamiento de José Martí cuando afirmó «un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna». Este tema, desde luego, está relacionado asimismo, con aquellos que a partir de los más diversos subterfugios esperan que los cubanos olvidemos nuestra historia y deambulemos sin memoria histórica y de manera engañosa hacia un futuro incierto.

En mi opinión, no existe error más grave que ese, el de intentar hacernos olvidar casi dos siglos marcados por hechos y hombres con su carga de heroísmo, sacrificio y enseñanzas que forjaron esta nación. No puede olvidarse que este país nació, creció y se fortaleció en medio de los esfuerzos por alcanzar la utopía universal del hombre y tuvo que enfrentar simultáneamente la ambición de tres poderes imperiales que alternativamente se disputaban su dominio.

Tanto en el pensamiento como en la acción, el discernimiento acerca de este pequeño espacio del universo que es Cuba —esa sagrada memoria de la que nos dotaron nuestros padres fundadores— arraigó en este pueblo un patriotismo profundo e inclaudicable, que ha sido sometido a las pruebas más constantes y difíciles; sembró en nosotros, los cubanos, un amor sin límite a la libertad cuyo elevado costo siempre fue pagado con sangre; de igual modo, diseminó una sed de conocimientos y cultura que se afirmaron en una nítida visión universal. Todo ello comenzó a gestarse en el alma cubana desde muy temprano y culminó en una sólida formación de la nacionalidad.

Por eso pienso que quienes aún no entienden la singularidad de Cuba en el concierto universal de naciones y aspiran a que dejemos de tenerla muy presente, desconocen —por ignorancia crasa o mala fe— las claves más elementales para entender la magnitud y agudeza de las enormes contradicciones que el pueblo cubano ha debido enfrentar hasta la actualidad para ser independiente.

Por ello afirmo que palabras melifluas y gestos amables —aparentemente— no son suficientes para echar abajo tales antecedentes; porque los cubanos construimos una nación soberana, que hoy se apoya, se nutre y se inspira en ese pasado glorioso y heroico, constituido por la savia de sucesivas generaciones, las cuales deberán preservar la sagrada noción de la Patria que nos ha traído hasta aquí.

No hay dudas, porque ha quedado en evidencia, que uno de los objetivos de los enemigos de nuestra nación, es romper ese vínculo ininterrumpido de generación tras generación, ello nos ha caracterizado como país y posibilitó —a pesar de enormes obstáculos— encontrar nuestro propio camino y ser capaces de liberarlo de injerencias extranjeras y de defenderlo con inteligencia y valor.

De igual modo, tenemos que referirnos a otro aspecto peculiar que singulariza a nuestra Revolución —la que nació en La Demajagua el 10 de octubre de 1868 y se prolonga hasta hoy— y es esa síntesis que se logró desde entonces, entre política, ética y cultura. Ese es un fenómeno que ha estado presente a lo largo de nuestras luchas y ha sido simbolizado por nuestros más relevantes próceres, muy especialmente, por Martí y Fidel.

Esas mismas batallas incesantes y crecientes forjaron los sentimientos de solidaridad y unión que fueron afianzándose en el decursar histórico entre blancos, negros, criollos y emigrantes en general y fueron punto de partida para la unidad nacional.

Cómo pudiéramos dejar de recordar que nuestro país, desde que culminó la guerra de independencia en 1895 mediante la intervención militar norteamericana sustituta del decadente colonialismo español, fue desviado de su desarrollo, limitado en su libertad y cercenado en su soberanía. La Enmienda Platt y la entrega de nuestras riquezas a la voracidad del impetuoso capitalismo yanqui fueron el fatal resultado de aquel encuentro forzado entre nuestro movimiento independiente y el desarrollo expansionista de los Estados Unidos.

Puede decirse en fin, que el cúmulo de ideas patrióticas, revolucionarias, socialistas y progresistas —de todo tipo— fue lo que nos guio hasta el 26 de julio de 1953, cuando Fidel proclamó que Martí era el autor intelectual de la Revolución. La que triunfó el 1ro. de enero de 1959 fue, por tanto, la Revolución de Martí, que el 16 de abril de 1961 proclamó su carácter socialista y días después aplastó la invasión mercenaria, propinando al imperialismo su primera derrota militar en América Latina.

Coincidentemente, nos acercamos al aniversario 55 de aquella fecha cuando el pueblo cubano definió conscientemente su rumbo soberano y socialista «Con los humildes, por los humildes y para los humildes». Era José Martí, una vez más, el autor intelectual cuando sabemos que expresó con belleza poética en su conocido verso Con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar…

Nos aproximamos también a la celebración del 7º Congreso de nuestro Partido que, en el contexto actual, mucho tiene que ver con las consideraciones anteriormente expuestas, pues el Partido forma parte importantísima de esa historia gloriosa y heroica a la que nos referimos y a la que no podemos renunciar ni olvidar.

Dijo Fidel en el informe central al Primer Congreso del Partido, unas palabras sobre la unidad del pueblo cubano que ya están incorporadas a nuestra memoria histórica irrenunciable y, que a la vez, se proyectan con plena vigencia hasta hoy y hacia el futuro: «El partido lo resume todo. En él se sintetizan los sueños de todos los revolucionarios a lo largo de nuestra historia; en él se concentran las ideas, los principios y la fuerza de la Revolución; en él desaparecen nuestros individualismos y aprendemos a pensar en términos de colectividad; él es nuestro educador, nuestro maestro, nuestro guía y nuestra conciencia vigilante, cuando nosotros mismos no somos capaces de ver nuestros errores, nuestros defectos y nuestras limitaciones; en él nos sumamos todos y entre todos hacemos de cada uno de nosotros un soldado espartano de la más justa de las causas y de todos juntos un gigante invencible». Por eso la lección que podemos extraer de estas imperecederas palabras de Fidel, es que, si el Partido es el alma de la Revolución y la garantía de su continuidad histórica, es también —junto a todo el pueblo— el celoso depositario y guardián de nuestra sagrada memoria histórica, la que no traicionaremos jamás.

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