El hechizo de la memoria

Autor:

Mario Cremata Ferrán

En días recientes, nuestros medios de comunicación han privilegiado la defensa de la memoria histórica. Legítimo empeño que me retrotrajo a 2003 cuando, todavía adolescente, debí pararme por primera vez frente a un aula; mejor dicho, varias, pues fueron siete numerosos grupos de muchachos, apenas dos años menores que yo.

Ante la ausencia de docentes calificados, descarté entonces mi costado timorato y asumí el desafío de impartir dos frecuencias semanales de Historia de Cuba. Aquella era, y sigue siendo, una asignatura poco apetecida. No creo, sin embargo, que la mayoría de los estudiantes subestimen  nuestro pasado, a veces glorioso y siempre apasionante. Me parece más bien que las causas de este lamentable hecho —que afecta al menos a dos generaciones, hijas del período especial— no residen, de modo determinante, en un cambio epocal, sino en un ineficiente programa de formación profesoral.

Recuerdo al temible Oscar Loyola, cuya muerte prematura y absurda lacera a discípulos y a quienes nos consideramos sus deudores. En un banco de la plaza Cadenas, en torno a una mesa en una cancha de Coppelia o en una oficinita de L y 27, tras escucharle bramar sus polémicos enfoques, que contradecían la visión maniquea de cierta historiografía insular, uno salía fortalecido de su sentir patrio.

Él, desacralizador por antonomasia, afirmó que un historiador sin imaginación no es más que un vulgar «datólogo». La máxima pudiera trasplantarse a otras profesiones, fuera del ámbito académico. Tal vez nos está faltando imaginación, y también la pasión indispensable a la hora de transmitir saberes, que no alcanzarán su definición mejor hasta tanto no se sedimenten, convirtiéndose en conocimiento. Perdemos de vista que lo más probable es que la puesta en práctica se dilate, hasta que los egresados chocan con el desinterés, ajeno o propio.

Hace tres años, entre otras funciones, me desempeño como profesor adjunto en la Universidad de La Habana. Un plan de estudios renovado no ha podido despojarse de ceñir, a un semestre, la bicentenaria Historia de la prensa en Cuba. Tampoco de mantenerla en el cuarto año de las carreras de Periodismo y Comunicación Social, en vez de ajustarla a la altura del segundo. Las escasas 14 semanas invariablemente se reducen a diez u 11 encuentros. Aun en perjuicio del programa oficial, más que inventariar concienzudamente hitos en nuestro devenir me complace detenerme en los contextos, sin soslayar las conexiones intertextuales, la interdisciplinariedad a la cual los cientistas sociales estamos, más que abocados, obligados.

Mi aspiración es atrapar al auditorio y favorecer el debate, en el ánimo de restar monotonía a una materia, por fuerza, cargada de fechas. Rehúyo de la visión instrumentalista, por dañina. A veces he llegado incluso a la ruptura del orden cronológico, si el curso de un acontecimiento con implicación posterior requiere anticipar su «metabolización», o merece reflexión colectiva.

La sorpresa nos aguarda, cual reto a la disposición de apostar por lo singular. Un colega aún no sale del azoro que le provocó un alumno, hará dos o tres cursos. Al llegar al aula, acostumbraba él a indagar acerca de las noticias del día. En caso de una fecha significativa, a nivel nacional o internacional, propiciaba una meditación al respecto. Aquella jornada, lastimosamente memorable en el claustro, al inquirir sobre un suceso de relevancia se hizo un silencio, roto al cabo por un imprudente que espetó: «Bueno, profe, hoy es el cumpleaños de Lady Gaga».

Amén del olímpico despiste, la irreverencia o el presunto ánimo de saboteador del victimario, anécdotas de esa naturaleza revelan hasta qué punto una deficiente formación en los niveles secundario y preuniversitario, provoca daños. No por el desconocimiento de la conmemoración de turno o de lo que acontecerá, sino por la ausencia de sentido común, la falta de perspectiva y de hábitos de estudio individual, de horas de lectura por placer y no por necesidad coyuntural.

El otro día una sacudida similar me sirvió para, en tiempos de data show, refrendar mi vocación antediluviana por consumir la tiza en el pizarrón. Como soy de la idea de que no es saludable aniquilar los frutos del azar, me hallé de pronto hablándoles de la visita que en el siglo XIX nos hiciera Sarah Bernhardt, la gran actriz francesa que mereció sentidos elogios de Martí en la prensa. Mi auditorio no tenía la menor idea de quién era ella, a pesar de que por su conducta excéntrica bien pudiera considerarse el equivalente antiguo de la menguada Lady Gaga.

«No debe ser tan famosa como usted dice —me señaló uno, con la mirada clavada en su celular conectado—, porque la que aparece en Wikipedia con ese nombre es una actriz porno española». «No es posible», repuse yo, apresurándome a escribir en letra de molde el nombre de la discordia, que al ser tecleado en el buscador arrojó, como era previsible, la página consagrada al mito universal de la tragedia.

Sin pretender satanizar el apabullante desarrollo tecnológico y sus sinecuras, comprendí que de alguna manera se precisa frenar la dependencia a tanto aparato, en detrimento de otras vías que coadyuvan a un razonamiento de carácter integrador. En este sentido, sería absurdo negar la omnipresencia de la historia. Ella está, aunque no lo percibamos, en cada uno de los actos de nuestra vida como sujetos en sociedad.

La fragilidad de la memoria es cosa cierta. Habrá que seguir atisbando nichos y particularidades en jóvenes que, como decía Raúl Roa, se parecen más a su tiempo que a sus padres. Pero si cada generación enarbola sus referentes, existen algunos que son inamovibles. De cualquier manera, sin menoscabo de la autoridad inmanente a quien educa, no serán ridículas las gratificaciones mientras se comparta y aprenda, en pro de recuperar la curiosidad y el respeto hacia un legado común.

En definitiva, nada de lo que se haga en esta dirección podrá calificarse como estéril. En su defecto, afirmar que es entelequia la forja de humanistas con perspectiva ecuménica, viene a ser la muerte del maestro. Y además de coartar la ilusión que podría reportar una luz perdida en la hilera de pupitres, supone mayúscula insensibilidad el desconocer los poderes de la intuición.

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