Añoranza de enero

Autor:

Aileen Infante Vigil-Escalera

Desde que somos pequeños una de las primeras fechas que grabamos es la del cumpleaños. Ya sea por la nueva edad, la fiesta o los regalos, siempre anhelamos su llegada los restantes 364 o 365 días del calendario. Cuando crecemos la fecha cambia de tonalidad y comienza a preocupar a quienes temen por la aparición de las primeras canas o la llegada de los temidos «tas». Para otros, sin embargo, deviene recordación de los mejores momentos y las personas que los hicieron posible con su compañía.

Hace dos años tuve el mejor cumpleaños del que tenga memoria. No tuvo lujos ni lo celebré en el lugar de moda; no hice fiesta ni recibí grandes regalos, pero fue especial. Desde el divorcio de mis padres, la fecha significaba compartirme entre dos casas, pero no sucedió igual con mis 22 eneros. Ese día hubo comida, bebida, el tan esperado cake y, claro está, las fotografías para perpetuar el momento. Nadie se imaginaba que esa, la primera vez que salíamos juntos en la misma instantánea después de tanto tiempo, sería la última oportunidad que tendríamos de hacerlo.

Cual abejita laboriosa, esa mañana se levantó temprano para ayudar en los preparativos: comprar, cocinar, llevar, acotar los últimos detalles. No paró en todo el día ni mostró signos de cansancio. Hasta el último flashazo mantuvo intacta su sonrisa contagiosa. Durante varios años también anheló ese momento y quería que todo estuviera bien. Apenas dos meses después cambió para siempre la alegría de ese día.

Desde entonces su llamada no es de las primeras para felicitarme, ni monta guardia alrededor del cake para que no lo corten hasta que llegue. Ya no regaña a mi papá y a mi tío porque sus regalos son pequeños y yo grande, ni corre de un lado a otro tratando de complacerme. Tampoco su risa resalta en las fotografías como si su contagioso sonido quisiera traspasar los límites de la imagen.

Ella, mi «Abue», mi aya Juana, se fue muy deprisa. Aún pendientes sus lecciones de cocina, las historias de su padre y hermanos, su sacrificada infancia para ayudar a la familia. No alcanzó a enseñarme la receta del boniatillo que tanto gustaba al abuelo, ni del dulce de toronja que encanta a papá, ni la gelatina preferida de tío. Aún en el aire los te quiero que no pudo escuchar, los abrazos que no pudo recibir y los besos que no pudo atesorar.

Enero siempre le trajo muchas felicidades: la libertad de sus seres queridos condenados a muerte por la dictadura, conocer al amor de su vida, aprender a leer y escribir, recibir a su primera nieta; pero desde su partida se extraña en cada celebración. Desde entonces les falta sabor a los turrones navideños que tanto disfrutaba, burbujas a la sidra que tomaba con cautela por su presión, e intensidad al agua que acostumbraba a lanzar desde el portal al escuchar la última campanada del 31 de diciembre. A enero le falta su sonrisa.

Mas, previsora como era, nos enseñó a buscarla en la flor que resiste el viento, en la lluvia que humedece la tierra, en el trabajador que se esfuerza en su faena, en el anciano que no se deja doblegar por los años, en la muchacha que estudia para ser profesional, en el ave que insiste en hacer su nido en el más recóndito paraje, en la risa de una niña que juega. En cada pequeño detalle de la vida que, como decía, representa la verdadera felicidad.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.