Metropolitan

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Justo en mitad de una fachada sin pretensiones le colocaron el rótulo: Metropolitan. Apenas unas cursivas lumínicas con la ostentosa grandilocuencia que supone tal denominación, inspirada seguramente en el legendario coliseo neoyorkino. Entre las cerca de 200 instalaciones cinematográficas con que contaba la ciudad en 1959, esta ahora se incluye en la treintena que rebasaba las 1 300 butacas.

En su época de gloria parecía inmortal, hasta que hacia fines de la década de los 40 un incendio lo devoró casi por completo. Entonces su propietario, el afamado actor y humorista Federico Piñeiro, logró reconstruirlo y devolverle su confort. Pasó un águila por el mar y pese a su estampa ya deteriorada le llamábamos, con legítimo engreimiento, «el Metro». Era diversión permanente y no de esas de estación, al estilo de las bolas, el tirachícharo, el trompo saltarín, la pelota, la chivichana, el coleccionismo de los más inverosímiles objetos… y tantos otros pasatiempos ocasionales que llenaban nuestra infancia dichosa y casi sin nada.

Ninguno dentro de la tupida nómina de contemporáneos que poblábamos mi manzana, a escasos 200 metros, se permitía perderse las matinés. Cada domingo a las tres de la tarde la procesión conformada en la cuadra lograba acomodarse dentro de la sala prodigiosa, donde sin almohadas, en breve, soñaríamos. Pero antes de que el halo que nos enceguecía se apoderara de la pantalla, no resultaba fácil advertir quién tiraba las bolitas de papel forrado con esparadrapo o «soplaba» el manotazo que enrojecía la nuca. ¿Sería Iván, Davisito, Dayam, Fabito…, nacidos, como yo, en el 86? ¿Acaso la banda de los mayorcitos integrada por Rodri, Ernesto, Pepito, Eduardo, David o Karel? Qué importaba, si aquello que las acomodadoras consideraban indisciplina era para nosotros parte indisoluble de la función, como los anuncios en la tele o el entreacto en la demorada obra de teatro.

Muchas imágenes han sido borradas o sustituidas, pero algunas me persiguen. Todavía resuena en mis oídos, por ejemplo, aquel «Ñoooo» generalizado cuando era inminente que el Tiburón de Spielberg engulliría a Quint, y un apagón aniquiló el derroche de adrenalina. Porque si la crudeza del período especial no perdonaba ni a los empedernidos cinéfilos de circuitos especiales, qué iba a tener contemplación con la muchachada de un modesto cine barrial. De todas formas el disgusto no tardaba en disiparse. Ya conocíamos de sobra el desenlace, y en todo caso eso justificaba la porfía de repetir.

No fueron escasos los fines de semana disputándole la espada láser a Voltus V; tampoco los que, adelantándonos a la acción, repetíamos jocosos parlamentos de las sagas de Elpidio Valdés y Vampiros en La Habana. En buena lid, se trataba de refrendar que los cubanos siempre somos los «bárbaros» de la película, como se decía entonces, cuando el nuevo milenio no era certidumbre y el término «escapa’os» no se había instalado en la preferencia léxica.

Y cómo olvidar el verano en que, ensimismados con la fórmula del Vampisol, una espiral de murciélagos rozó nuestras cabezas, sacudiendo encima del atuendo dominical ráfagas de ocre chillón, para desdicha de los puños de las madres y provocación al jabón Batey…

Un buen día, sin que se sepa bien por qué, El Metro clausuró su taquilla. Han sido las vacaciones más largas de su historia y la sepultura, en un solo gesto, de la memoria visual de los nacidos y criados a su vera. Ya no le asiste la belleza, que incluso algún estadio de la decadencia ofrece. Ahora aquella boca de lobo rectangular es con suerte un fantasma que no permite vislumbrar reconciliación entre el ojo y la imagen. Antes que preocuparse por el monto necesario para revivirlo, habrá que hacerlo por espantar la desidia, afincar en todas las mentes posibles el deseo, y luego proponérselo con amor infinito. Ya aparecerá, después, el financiamiento, como sucedió con el vecino parque que vio hace poco reanimadas sus cuatro esquinas por obra y gracia del wifi.

La franja de costa que pervive para uso público —cada vez más ridícula por la especulación hotelera—, no ha sufrido graves mellas, y sigue siendo posible darse un chapuzón para mitigar los rigores del trópico. Otro rincón querible de mi infancia, el Monte Barreto, donde hicimos incontables acampadas y poníamos en aprietos a alacranes, mangostas y lagartos, es hoy un parque ecológico al que, mal que bien, se atiende.

Sin embargo, el Metro acrecienta el deterioro, ahí, enfrente de varias generaciones que crecieron pegadas al «vidrio» mágico en medio de una selva oscura. No se trata de fatua nostalgia, pero verlo en tal abandono me provoca la misma sensación que tener un familiar ingresado. ¿Qué otra cosa podría ser el sitio que pobló de felicidad mis horas de infancia, y que para colmo fue sonoro testigo de las tandas de juventud de mis padres y mis abuelos? El otro día le pasé por delante y tuve la visión dolorosa de que en mis hijos se interrumpa tan entrañable tradición.

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