En nosotros está la maravilla

Autor:

Aracelys Bedevia

La declaración de La Habana como una de las siete maravillas del mundo moderno ha suscitado disímiles opiniones entre cubanos y cubanas. Si bien para la gran mayoría constituye motivo de felicidad y satisfacción, no pocos se cuestionan cómo es posible que haya sido elegida cuando muchas de sus edificaciones están deterioradas, el sistema de recogida de basura aún deja que desear y la chapucería y el mal gusto amenazan con desdibujar la belleza de su paisaje urbano.

Son pocos, pero son (parafraseando a César Vallejo) los que andan queriendo restarle brillo a lo que bien ganado está, y es una pena que así sea, porque la competencia fue justa, según afirmó Bernard Weber, presidente fundador de N7W Foundation, y «nunca antes había sido posible lograr el consenso mundial».

Sabíamos que era una maravilla. Queremos a nuestra ciudad. Pero que se reconozca por un consenso universal es muy importante, ha dicho Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad, el más Leal de los habaneros, el cubano a quien Fidel le dio la tarea de salvar La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Está intacta, aseveró Leal poco después de develarse, en la explanada del Castillo de San Salvador de la Punta, la placa conmemorativa que avala a La Habana como Ciudad Maravilla de Cuba y del mundo. «Venida a menos a veces, pero cuando se rasga el velo de esa aparente decadencia, aparece su esplendor en cualquier edificio, en cualquier sitio. Lo que hay que tener es ojos para ver la maravilla y un corazón que nunca desmaye», dijo.

Y fue precisamente eso, ojos para ver la maravilla, lo que tuvieron los cientos de millones de personas en todo el orbe que votaron por la capital cubana durante el tercer concurso organizado por la Fundación suiza, y la eligieron entre 1 200 metrópolis de 200 países del planeta, por su patrimonio humano, la calidez de su ambiente y el carisma y la jovialidad de sus pobladores. Y ojos es también lo que les falta a quienes asumen este otorgamiento como una ironía porque no logran ver más allá de sus narices y se han quedado anclados en las capas de polvo que cubren parte de su arquitectura y aquel óxido que esconde la herrería.

Pareciera que de tanto vivirla, padecerla y sentirla, algunos habaneros han perdido la capacidad de percibir el encanto y atractivo mítico que palpita en esta ciudad sin precedentes que los vio nacer y «y más coqueta que una flor/ abre sus puertas y ventanas». Ciudad que entró a la memoria global como una de las siete urbes que cada ciudadano del mundo recordará.

El concepto es simple para quienes organizaron el concurso: maravilla es, simplemente, lo que piensa la gente. Y nosotros los cubanos, más allá de las angustias y estragos económicos que nos afectan a diario, inspiramos confianza y transmitimos alegría. Además, Cuba no es cualquier isla, como tampoco La Habana es cualquier ciudad. Su cultura, historia, brillo y movimiento la hacen única. Sus calles antiguas y modernas, el Malecón, el Cristo que nos acompaña, los automóviles de más de medio siglo y sus edificaciones de hace 500 años, sus playas, museos, teatros y galerías le confieren un toque de distinción.

Por todo eso y mucho más La Habana es Ciudad Maravilla. Un nuevo reto nos impone esta elección que, según se ha informado, fue un ejercicio democrático. A casi 500 años de su fundación, este otorgamiento nos impulsa a preservarla y cuidarla aún más, porque serán muchos los que a partir de ahora vendrán a conocerla y a disfrutar no solo de su paisaje, sino también de su música y leyendas apasionantes. Ha sido un éxito para Cuba al igual que para las demás urbes ganadoras. Aunque a veces lo esencial sea «invisible a los ojos», como escribió el francés Antoine de Saint-Exupèry, autor de El principito, una de las mejores obras literarias del siglo XX.

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