Vivir en paz

Autor:

Omar Olazábal Rodríguez

Una mañana de domingo de agosto. El pequeño carro rojo circula por calle 9na. Al llegar a la intersección con 76, un almendrón descapotable color verde que va delante, se detiene. El chofer del auto rojo no distingue que, además de las luces de stop, el intermitente indica que va a doblar a la izquierda. El chofer del carro rojo comienza la maniobra para adelantarle, y es entonces que el conductor del almendrón, quien al parecer va con su hija y su esposa, le hace señas con la mano de que va a girar. El del pequeño carro rojo se disculpa. El del auto grande comienza a gritarle improperios, mientras dobla. El otro solo mueve la cabeza y le dice: «Paz».

El carro rojo sigue su camino. Ahora tiene delante un microbús estatal, conducido por un joven. En la esquina de 9na. y 70, una señora con bastón espera para poder cruzar a la otra acera. El joven se abalanza sobre la esquina, en un movimiento con el que la señora se asusta y da un paso atrás. Cuando llega a la intersección, el chofer del auto rojo le indica a la señora que cruce, y espera mientras ella camina lentamente. Detrás, otro chofer que conduce un Geely, también estatal, le pita interminablemente. El chofer del auto rojo saca el brazo y le pide paciencia, mientras musita: «Paz». La señora que acaba de cruzar, levanta su bastón en dirección al chofer del pequeño carro rojo y le dice: «Gracias».

Al doblar en 70 y detenerse en el semáforo de la 5ta. Avenida, nota que a la izquierda otro carro, esta vez un Moskvich, no puede arrancar cuando ponen la luz verde. El del Geely pita, pita y pita. El chofer del auto rojo detiene el carro, se baja y ayuda al del Moskvich a moverlo hacia la derecha para que deje de interrumpir el tráfico. El chofer del Geely arranca estrepitosamente mientras grita una obscenidad al del Moskvich.

En resumen, han sido tres pequeños ejemplos, en menos de cinco minutos, de la falta de educación cívica que se ha apoderado de nuestras calles. ¿Cuántos momentos como esos vivimos a diario en nuestra ciudad? La ausencia total de algo que nuestros ancestros llamaron caballerosidad, se hace visible y rayana en lo peligroso.

Nadie puede pensar que es dueño de la calle. En ella convivimos todos, los que caminan, los que van en autobús y en carro. Son nuestros conciudadanos, nuestros parientes, nuestros amigos. Pero la realidad es que no hay disciplina, y mientras no se apriete la mano que sostiene la ley, esa tendencia irá en aumento. Porque no solo son los choferes, como los casos narrados, sino también los peatones que caminan por el medio de la calle, o que no atraviesan una avenida por la esquina, poniendo en peligro incluso a menores que van con ellos.

Las normas de convivencia se aprenden, pero para que se sostengan hay que mantener en aviso permanente a los violadores de que, si no las respetan, se les aplicará lo  que corresponde. Poco a poco, con medidas que vayan educando a quienes se han olvidado de la solidaridad y el respeto, iremos restableciendo eso que tanto extrañamos y que durante nuestra historia ha sido característica de nuestro pueblo.

No me referiré hoy a otras normas de trato hacia los demás, como las frases amables y el agradecimiento. Para eso tendría que sentarme a escribir casi un tratado, y no esta pequeña reflexión. Pero quienes sufrimos a diario esos alardes de guapería barata, ante los cuales nos sonreímos para no alterarnos, debemos comenzar a alzar nuestras voces para que retomemos nuestra tradición de pueblo educado.

Anatole France escribió: «La moral es la regla de las costumbres». En esa pequeña frase se encierra la necesidad de que volvamos a hacer regla lo que fueron nuestras costumbres. Porque de lo contrario, ya no estaríamos en presencia de mala educación, sino que seríamos totalmente inmorales. Y eso no lo podemos permitir.

Esa noche de domingo, con alegría vi un spot en nuestra televisión que dibujaba algo parecido a la escena del Moskvich en 70 y 5ta. Al final, el audiovisual hacía un llamado a vivir en paz. Y el chofer del auto rojo se sintió contento, porque comprobó, una vez más, lo que el poeta cantó: «¿Quién dijo que todo está perdido?».

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