Alianzas de la edad

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Ella lo mira, orgullosa de estar a su lado. Él la observa de reojo. Sabe que sigue siendo la figura principal de esa obra, pero disfruta que la muchacha esté cerca. Puede ser prometedora, bien lo sabe. Y está dispuesto a estar ahí para lo que necesite. Tiene fe en su talento, en que el relevo está a su lado, y piensa ponerse al servicio de ayudar en lo que pueda. No hay nada que temer ante sombras de mala intención. Ya sondeó el terreno como solo su instinto se lo permite y descubrió que es una buena joven. Entonces no hay de qué preocuparse.

Ella siente un poco de temor. La historia y la autoridad de su compañero la preceden. A veces siente preocupación por no estar a la altura, o por que cualquier destello de atrevimiento pueda ser tomado como insolencia. Pero se mide y a la vez sigue siendo ella misma. No tiene por qué fingir o disfrazarse de lo que no es. Su nuevo y viejo amigo puede confiar en lo que hace. Ella sabrá rendir honor a su compañía.

Con delicadeza de nieta juega a ser abuela. Y es ella la de los mimos y comprensiones ante el desparpajo que da la edad a su admirado tutor. Él no tiene que andar midiéndose, porque ya es quien iba a ser. Pero ella se siente expuesta a la opinión pública, incluso al regaño tajante de quien la provee de consejos a cambio de nada. No puede fallar y lo sabe.

Cuidándose de su talento, va tanteando el terreno. Quiere despuntar sin opacar a nadie. Y a la vez anda velando que a su bienhechor no se le vaya una pifia. La edad puede ser traicionera, piensa ella. La edad puede ser traicionera, cavila él. Ambos van vigilando que ninguno de los dos se deje llevar por sus debilidades. Ella no puede lanzarse sin medir las consecuencias, extraviar el camino o confiar en que se las sabe todas, cuando solo está saliendo del cascarón. Él no puede caer en las trampas que suelen permitirse algunos de creerse las personas más importantes del mundo y aplastar a quienes no estén a su altura. Para eso están cerca, para compenetrarse en sus defectos y virtudes, y equilibrar las carencias y excesos que guían a esas edades extremas.

Ella apoyará con las nuevas tecnologías, lo cuidará ante las vulnerabilidades de salud y hasta le enseñará algún que otro truco nuevo. Él le contará cómo era el mundo antes de echarse a perder y todo lo grande que se ha hecho, y los caminos que dicen peligro porque no tienen vuelta atrás. Ambos irán de la mano y a la vez sueltos, porque dos individualidades tan intensas no pueden atarse. Pero será importante que se velen desde bien cerca. Los dos saldrán ganando. No hay quien lo dude.

Se lo pierden quienes se apertrechan en sus pequeños triunfos. Andarán lisiados quienes pretendan evitar cargas ajenas. Echarse al hombro los problemas de otros es también un modo de lidiar con los propios. Ellos ya lo han descubierto. Y disfrutan cada viaje a sus adentros, como una expedición al futuro y un sin igual retorno al pasado. Cada uno a su modo sabe que han sido provechosas estas alianzas de la edad. ¿Quién pudiera andar por la vida con un poco de joven y viejo, para saber qué hacer?

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