Preguntas de la Feria

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Año tras año y con los aires de un invierno anhelado por muchos, llega la Feria Internacional del Libro, el evento más multitudinario y también uno de los más esperados en Cuba. Como ocurre con el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, no son pocos los cubanos que hacen cábalas en los bolsillos y en su tiempo, en este caso para llegar a las áreas de venta y adquirir alguna novedad o recuperar algún volumen perdido por la voracidad de las polillas o los «olvidos voluntarios» de una amistad.

En esa inapelable capacidad de convocatoria de la Feria influyen varias causas, entre las cuales nos atreveríamos a resaltar dos dentro de las fundamentales. La primera serían las dificultades en las opciones de recreación que se le presentan a la población cubana, expresadas en una pobreza de opciones, tanto en número como en diversidad o calidad, o en la capacidad adquisitiva del cubano, que ya de por sí lo frena para salir del reiterativo circuito hogar-trabajo-hogar.

La otra causa del nivel de convocatoria de la Feria se encuentra en la sedimentación de trabajo cultural y educativo desarrollado por la Revolución desde sus mismos inicios y que posibilitó la creación de un público masificado para el consumo de las producciones culturales, proceso en el cual el libro ha desempeñado un papel relevante.

Ante la atracción de este evento, que evidencia un potencial de lectura en la sociedad cubana, con todo lo positivo que ello trae consigo, a uno no le queda más remedio que preguntarse, ahora que la Feria se va a provincias: bueno, ¿y por qué la Feria es solo el acontecimiento de un período del año?

No es menos cierto que el hábito de lectura en Cuba se encuentra amenazado, entre otros factores, por la banalidad, el tedio, dificultades en la enseñanza, la carencia de promoción y el auge de formas de entretenimiento que estimulan el ocio más ramplón por encima del conocimiento, lo cual provoca que muchos no lean, o miren con mayor familiaridad a un extraterrestre de los Expedientes X que a una persona leyendo en un parque.

Sin embargo, se puede soñar para no quedarse en el delirio e insistir sobre lo que a otros les toca hacer. Como, por ejemplo, hacer más reiteradas las presentaciones de libros con autor mediante, si fuera posible, o convertir a nuestras librerías en lo que deben ser: no almacenes de libros y sí espacios culturales con una programación real, concretada en los hechos y no en las ficciones de los papeles, y con otras opciones de la cultura a la mano, que no estén reñidas con el entretenimiento.

La filosofía del eventismo muchas veces nos envuelve para dejarnos a su primos hermanos: letargo y monotonía, al frente de las «tareas de choque» de la cotidianidad. Solo que ahí está la Feria para recordarnos lo que se puede hacer sin muchos recursos, y que el libro es una de las opciones más cercanas para remover a esa familia del hábito de languidecer, detrás del cual se esconden, con bastante éxito, los facilismos y las burocracias.

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