Pizcas de sana vanidad

Autor:

Luis Hernández Serrano

En una reciente reunión del núcleo del Partido de la Redacción de nuestro diario, en la que tres compañeros periodistas debían autoevaluarse, uno de los más lúcidos militantes mencionó el viejo concepto del alter ego.

Se refería, por supuesto, a la posibilidad de que, individualmente, uno, al hablar de sí mismo, dejara escapar cierto matiz de aparente vanidad, incluso sin darse cuenta, o sin ánimo de ejercer lo que en broma se ha dado en llamar «la egoteca personal».

Esa mención del compañero periodista me trajo a la mente la memorable sentencia de Lenin en su ensayo Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, escrita en 1905, en la que aclaró: «el revolucionario vulgar no comprende que la palabra es también un acto».

Y como los genios coinciden aunque sean distintas la época, la circunstancia y la latitud, José Martí en su momento comentó que él, además de «poeta en versos» era «poeta en actos», expresión recordada una vez, justamente en Juventud Rebelde, por los poetas Cintio Vitier y su esposa, Fina García Marruz.

El mismo Apóstol escribiría, aludiendo a la poesía, que «demasiado personal no se debe ser; pero, ¿cómo no ser personal si se es poeta?».

Y en una ocasión, en la década de 1880, en Nueva York, el general Mayía Rodríguez, al llegar Martí cansado del viaje a una reunión conspirativa, lo escuchó suspirar y le dijo: «Me disculpa usted, señor Martí, pero un hombre que está al frente de los preparativos de una revolución y será su jefe, no puede suspirar así».

Y el Maestro, con mucho temple y serenidad, le comentó: «Mire, general, admiro su historia y en especial que cuando en medio del combate una bala le destrozó la rótula, nadie le escuchó exhalar ni una sola queja. Pero, dígame, por favor, ¿ha ido usted a Yucatán? Allí hay unos veloces y furiosos ríos subterráneos que cada cierto tramo, en una abertura de la tierra, se ven y se sienten correr y rugir como leones. Los llaman “cenotes”. ¿Lo sabía usted? ¡Cenotes son mis suspiros!».

Precisamente nuestro Héroe Nacional, algunos años antes, en carta a su gran amigo mexicano Manuel Mercado, el 6 de julio de 1878, como aparece en el Epistolario de Luis García Pascual, entre otras cuestiones le confesó: «Llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza y (...) me parece que de un soplo mío dependerá en un día su libertad».

Vino después de eso otra época revolucionaria esencial, y nuestro Comandante en Jefe, el mejor continuador de Martí, en conversaciones con la destacada periodista y escritora Katiuska Blanco para el libro Fidel Castro Ruz: Guerrillero del Tiempo, le contó que cuando él era niño había participado en un concurso radial de poesía. El jurado del certamen premiaba a los muchachos a partir de la opinión de las familias oyentes. Con 12 años, el alumno Fidel les pidió a sus compañeritos de aula: «Díganle a sus familiares que voten por mí».

Era el mismo niño que, posteriormente, ya adulto, cuando encabezaba la lucha iniciada por Céspedes y continuada por Martí, dijo en su alegato La Historia me absolverá: «Mi lógica es la lógica sencilla del pueblo». El mismo ser humano que más adelante, en dos intervenciones públicas diferentes, expresaría: «El revolucionario pelea solo, como si junto a él estuviera todo un ejército», y poco después comentó: «¡Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos!».

También el Che, al escribir acerca del emocionante momento en que fue ascendido a comandante por el Jefe de la Revolución Cubana en plena Sierra Maestra, aseveró: «Toda la vanidad que llevamos dentro me salió a flote».

¿Bastaría con eso, verdad, para hablar de aparentes pizcas de vanidades? Pero no, hay más muestras.

Uno de esos ejemplos insoslayables fue aquel en el que el mayor general Antonio Maceo recibió el pergamino con fecha del 18 de septiembre de 1895, donde se consignaba que la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, en nombre del Gobierno de Cuba en Armas, lo designaba en el cargo de Lugarteniente General del Ejército Libertador.

El documento se lo llevó a Maceo uno de los ayudantes del General en Jefe Máximo Gómez, el mambí pintor Armando García Menocal (1863-1942), quien, al entregárselo, le preguntó: «General, ¿qué le pinto aquí: el escudo de la patria o su retrato?».

Y el Titán de Bronce, que también era de carne y hueso, miró hacia los lados, como si estuviera cometiendo una imprudencia o un delito, y con mucha pena le contestó en voz muy baja para que nadie lo oyera: «Por favor, Menocal, ¡pinte mi rostro!». Esta anécdota la contó el mismo pintor a la destacada periodista cubana Loló de la Torriente (1907-1985).

Pienso, por tanto, como cualquier lector de este diario, que si esos héroes y figuras emblemáticas del patriotismo y del pensamiento revolucionario sintieron alguna mínima dosis de vanidad sana, sin soberbia ni trastienda de ningún tipo, como expresión sincera que afianza lo que se tiene para seguir adelante, ¿qué quedará para tres compañeros, cubanos simples que, con total sentido de la honestidad, sentido crítico y saludable orgullo por lo realizado, se autoevaluaron como militantes del Partido?

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