Interlocutor ausente

Autor:

Alina Perera Robbio

El Comandante Hugo Chávez siempre quiso tener con sus adversarios políticos un diálogo de altura, un intercambio de criterios donde cada parte expusiera sus argumentos. Él creía en la lucha de las ideas, pero la oposición interna de su país nunca estuvo en condiciones de hacer un juego limpio.

En una rara ocasión —y así se lo contó el 17 de enero de 2010 al prominente intelectual y político venezolano José Vicente Rangel—, cierto adversario sostuvo con él un debate de altura, «centrado» lo calificó el líder, regido por la pasión y el respeto. Entonces el Comandante bolivariano propuso a su interlocutor que contara algo públicamente sobre ese encuentro, «para tratar de aportar al debate de altura».

El hombre, en un acto de sinceridad, dijo a Chávez que no le darían espacio en los medios para amplificar lo sucedido. El Presidente entendió que el contendiente había dado en el clavo: «político que salga a plantear un diálogo con el Gobierno, lo cuelgan de inmediato, lo condenan de inmediato. Entonces caemos en que la política del lado de la oposición se la delegaron a unas figuras que no saben de política, que lo que tienen es odio, que lo que vomitan es odio, veneno».

El excepcional revolucionario rememoraba entonces: «Nosotros llegamos aquí hace 12 años a jugar dentro de los límites del tablero, y durante varios años jugamos dentro de los límites del tablero. Fui candidato presidencial y asumí las reglas del juego político. Ganamos las elecciones y llegamos aquí, juramenté a mis ministros, llamé a referéndum y vaya qué diálogo.(…) ¿Quiénes rompieron el juego de lo político? ¿Quiénes convirtieron el campo político en un campo de guerra? La oposición, cuando comenzaron a quemar las leyes, cuando empezaron a llamar a rebelión, cuando empezaron a buscar golpistas y a calentarles la oreja a los militares —y lo lograron—; cuando empezaron a ir a Washington a pedir apoyo a las fuerzas intervencionistas y lograron llevarnos a la esquina caliente el 11 de abril. Ellos rompieron el juego político y convirtieron el país en un campo de guerra».

Aún cuando Chávez seguía dándoles la bienvenida para hacer verdadero juego político, ese intercambio de altura nunca se produjo. El día que todos pudimos ver, gracias a Telesur, el calibre intelectual y moral de aquellos opositores sentados a una mesa de «diálogo», los hombres y mujeres decentes sentimos vergüenza ajena por tanto discurso cínico, arrogante, colgado de la mentira y transpirando todo tipo de reconcomios.

Chávez no pudo entablar un contrapunteo de ideas a lo profundo; jamás tuvo interlocutor desde la oposición. Y en nada ha cambiado ese vacío real que entraña, como estamos viendo, el peligro de la irracionalidad y la violencia.

Las imágenes en estos tiempos de las protestas callejeras de la derecha venezolana develan una chusma minoritaria, muy agresiva, que asesta sus golpes contra el pueblo mientras ataca la paz y la disciplina social, con lo cual muestra su esencia antipatriótica y carente de valores éticos. Algunas noticias ilustran la naturaleza de esa «contraparte» con la que debe lidiar la Revolución:

Este 11 de abril en Barquisimeto, Estado de Lara, grupos violentos atacaron la sede principal de la Corporación Venezolana de Alimentos (CVAL) y la red de Mercados de Alimentos (Mercal); el saldo, según reportó la Agencia Venezolana de Noticias, fueron nueve vehículos quemados, la mayoría dedicados a atender al pueblo en materia de alimentación.

También este 11 de abril se anunciaba que habían sido suspendidas cinco rutas del Metro de Caracas por ataques terroristas perpetrados por la derecha en los últimos días. El ministro para Transporte Terrestre, Ricardo Molina, ha ofrecido un balance sobre los daños causados y ha rechazado esas actitudes fascistas, cuyo único propósito es generar caos y zozobra.

Muchos coinciden en que el diálogo es el único camino posible para la paz en Venezuela. Quienes lo boicotean están enfermos de egoísmo, de miseria humana; no van más allá del afán destructivo. Hoy no hay un interlocutor que desde el lado opuesto pueda darle la cara al presidente Nicolás Maduro: Frente al Gobierno Bolivariano no hay alternativa de programas para la sociedad, sino el desespero y una ceguera que se niega a ver, por sobre todas las cosas, el bienestar humano.

Algunos afirman que quienes se resisten al diálogo apuestan por la misma violencia de hace 15 años, cuando se produjo el golpe de Estado contra el Comandante Hugo Chávez, quien, desde su altura política, no dejó de añorar un contrincante de valía. Solo le quedó el consuelo de desenmascarar a sus opositores, los mismos de hoy, como se merecen: «Ellos —definió el Comandante en 2010— no tienen un código de valores éticos para hacer política». Ellos, dijo Chávez, no tienen principios, que son los que marcan todo límite, todo horizonte.

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