A un celular pegado

Autor:

Juan Morales Agüero

Hay una crónica de Gabriel García Márquez que parece escrita para la contemporaneidad. Se titula Érase un hombre a un celular pegado, y recrea una tertulia de amigos en un mesón caribeño, cuyo objetivo estuvo a punto de malograrse por la inoportuna y reiterada estridencia de un teléfono móvil. Según el escritor, «en los instantes mínimos en que el instrumento permanecía callado, el dueño aprovechaba para llamar y llamar y llamar».

Relata el Gabo: «Pudimos ser cinco a la mesa si uno de los comensales se hubiera ahorrado la mala educación de traer consigo su teléfono celular. Fuimos, por tanto, seis quienes acudimos al restorán con el sano propósito de comer bien y conversar». Y al describir el sonido del aparato, asegura que «imitaba el ruido de una sirena de ambulancia o el llanto berrinchoso de un recién nacido a quien le toca la teta a las siete y ya son las nueve».

Pero si aquella vez faltó poco para que el fastidioso convidado les arruinara la fiesta a los alegres camaradas —hasta en los postres «seguía sonando, sonando, sonando»—, a mi amigo Joan un dispositivo parecido le tronchó sus amoríos con Karla. «Ella le prestaba más atención a su teléfono que a mí», asegura. Y añade que últimamente apenas conversaban y casi ni se miraban, pues la muchacha solo tenía ojos para la pantalla táctil de su móvil.

A imagen y semejanza de Joan y de Karla, no pocas parejas han resuelto deshacer sus vínculos por causa de este dispositivo tecnológico que, en lugar de aglutinar con sus bondades, comienza a afectar la comunicación entre las personas. Incluso, amenaza con desplazar el lenguaje hablado en beneficio de las imágenes digitales, en especial de los llamados emoticonos. «Hoy mucha gente prefiere enviar un ícono en forma de beso que darlo», lamenta en una crónica el diario español La Vanguardia. 

Para conjurar ese peligro real, algunas instituciones actúan. Un elegante restaurante londinense hace descuentos de hasta el 15 por ciento a los comensales que dejen sus celulares con el portero. Así no les queda otra que conversar entre sí y centrarse en la comida. Y en muchas salas de cine prohíben acceder con esos objetos. Se trata de iniciativas que intentan salvar el diálogo cara a cara antes de que los ubicuos celulares lo conviertan en un rara avis.

Nadie niega que el teléfono móvil es un ingenio de comunicación capaz de dotar de agilidad a las relaciones interpersonales, con independencia de la distancia. Pero no debemos abusar de sus bondades, porque jamás un ícono suplantará a una mirada si de transmisión de sentimientos se trata. Además, las palabras adquieren mayor significado y coherencia con la expresión.

Quienes se rinden a la tentación de consultar constantemente sus teléfonos celulares —las encuestas dicen que eso se hace diez veces cada hora— desatienden sus deberes profesionales, familiares y laborales. Basta asistir a una conferencia para apreciar cómo muchos participantes se desentienden de lo que se discute y acuerda para estar pendientes de sus pantallas táctiles. Como dice La Vanguardia, «nos acercan a los que están lejos, pero cada vez nos separan más de los que están cerca». Por la obsesión de permanecer conectados, sus dueños terminan por estar desconectados.

Por esa dependencia irracional a los móviles, cada día decrece la vinculación de las personas con el entorno y aumenta el distanciamiento de los amigos y de la familia. Así, la tecnología puede constituir una excelente cómplice, pero también una temible antagonista. Eso confirma que la era de la sociedad de la información también tiene un costado oscuro capaz de dividir.

En el mundo existen hoy tantos celulares como habitantes. Sus propietarios los han incorporado a sus manos como si se tratara de un sexto dedo. Algunos casi se infartan cuando se le queda en casa o cuando ocasionalmente se le extravía. Por eso aplaudo la iniciativa del restaurante londinense. Tengo la certeza de que dejar un par de horas los cells en manos del portero propiciará no solo un incentivo a la hora de pagar la cuenta. También hará que se disfrute más la conversación y que tenga mejor gusto la comida.

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