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Bytes al desnudo

La privacidad de las personas está cada vez más expuesta por el uso de las nuevas tecnologías, y son los mismos usuarios quienes muchas veces, por desconocimiento, revelan datos sin percatarse

Autor:

Amaury E. del Valle

Recientemente un colega se quejaba de que para acceder a crearse una cuenta de correo electrónico gratuito en el proveedor Gmail, este le pedía como condición previa que pusiera su número de celular.

Además de molesta y exclusivista para quienes no son usuarios de la telefonía celular, esa práctica es altamente preocupante por la costumbre, no solo de este sitio sino de otros muchos, de recabar información personal con disímiles pretextos.

Si bien muchos de estos espacios virtuales se escudan en sus llamadas «Políticas de Privacidad», mediante las cuales aseguran que la información recabada es para su uso y nunca para la divulgación, las recientes revelaciones de Edward Snowden, excontratista de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos, sugieren que en realidad nuestra «huella digital» no está tan protegida como debiera.

Snowden, contra el cual se ha desatado una persecución extrajudicial por parte de los organismos de inteligencia y de la propia Casa Blanca, hizo pública la existencia de una extensa red de espionaje electrónico bajo el nombre de Prism, en la cual están involucrados algunos de los principales proveedores de servicios de Internet, como Google, Yahoo, Facebook, entre otros.

El hecho de que estos gigantes de la informática actual no solo colaboren con las agencias de espionaje, sino que lo hagan develando los datos personales de los usuarios, no solo del propio Estados Unidos sino de otros países, evidencia la falsedad del llamado respeto a las «Políticas de Privacidad», que en realidad se subordinan a los intereses del Gobierno norteamericano.

Huella digital

La realidad demuestra que en nuestra interacción cotidiana con las nuevas tecnologías, y en especial en la navegación por los disímiles espacios virtuales, poco a poco vamos dejando un rastro de datos personales a nuestro paso, incluso mayor al que revelamos en la vida real.

A eso se une la práctica digital de exigir  datos personales a cambio de servicios virtuales, dígase acceso a correo electrónico, redes sociales e incluso descarga de programas.

Esos datos pedidos, que pueden ir desde un simple e-mail, real o no, hasta exigir identificarse con edad, sexo, país de procedencia, profesión e incluso dirección particular y hasta número de teléfono celular, engrosan grandes bases de datos, las cuales son un activo comercial más de las empresas.

Así, en las grandes compras intercompañías, uno de los temas que más se valora para asignarle un precio a lo que se pretende vender son sus bases de usuarios, como sucedió, por ejemplo, en la negociación que antecedió a la compra de YouTube por parte de Google en el año 2006, mediante la cual este proveedor pagó nada menos que 1 300 millones de dólares, buena parte de ellos por quedarse con los cibernautas.

Esta estrategia de recopilar datos es también típica de los sitios de descargas, ya sea de música, filmes, libros o programas, entre otros, especialmente si se trata de algunos de turbia procedencia, pues además de situar información muchas veces infestada con programas malignos, los datos que obtienen luego los venden a quienes se dedican a enviar información publicitaria al por mayor, también conocidos como spamers.

Incluso, sin nuestro conocimiento, cuando navegamos por Internet dejamos rastros que pueden permitir identificarnos.

Así sucede con los llamados números IP, el conjunto de números que identifica a una computadora cuando se conecta a la red, el cual puede utilizarse para localizar geográficamente al usuario e incluso para identificar al titular de la cuenta y, en consecuencia, del probable usuario.

De hecho, muchos servicios de Internet, como las redes sociales o los buscadores, conservan las direcciones IP de los ordenadores de los usuarios.

Otro elemento similar son las llamadas cookies, ficheros que se almacenan en el ordenador del usuario cuando navega por la web, y que tienen un número que permite identificarlo aunque este cambie de localización o de dirección IP.

Las cookies permiten saber el lugar desde el que se accede a un sitio, el tiempo de conexión, el tipo de dispositivo, el sistema operativo y navegador utilizados, las páginas más visitadas, el número de clicks realizados e infinidad de datos respecto al comportamiento del usuario en Internet.

Ese análisis de las cookies sirve para hacer estudios de posicionamiento y efectividad de los sitios, pero en no pocas ocasiones también se ha convertido en una forma de introducir programas espías o software dañino en las computadoras de los cibernautas.

Vouyerismo virtual

Si bien son los propios cibernautas los que en su mayoría proporcionan información personal que luego puede ser utilizada por terceros, la emergencia de espacios como las redes sociales ha hecho que se desate a límites nunca vistos lo que se ha dado en calificar como vouyerismo digital.

Ya sea a través de los directorios telefónicos on line —la forma más primitiva del fenómeno— hasta las web de redes sociales, portales de contactos, de videos, fotos, blogs y foros, es posible que muchas veces, incluso sin que posiblemente se haya accedido nunca a Internet, uno esté indexado en ella por los buscadores y nuestros datos hayan alcanzado una difusión global.

Basta con hacer el simple experimento de teclear nuestro nombre entrecomillado en algún buscador como Google, Yahoo, Altavista, entre otros, para saber cuántas páginas nos referencian de una u otra manera.

E incluso de no aparecer directamente, no se vanaglorie por ello, pues posiblemente en una indagación más profunda aparezca de una u otra forma.

Aunque la mayoría de las leyes nacionales estipulan que la persona tiene derecho a pedir que se cancelen los datos publicados en esos sitios web si no cuentan con nuestro consentimiento, en la práctica esto es muy poco efectivo, pues en muchos casos las páginas en cuestión se encuentran alojadas en servidores de otros países, y por ende escapan a la legislación en cuestión.

En el caso de Cuba, además, no existe una legislación clara al respecto ni tampoco conciencia profunda sobre lo que pueden significar esas revelaciones propias o por ajenos de nuestros datos personales e incluso de cuestiones íntimas de nuestras vidas, como gustos, lugares a los cuales asistimos, relaciones personales y demás.

Además, aunque quisiéramos que alguien retirara esa información personal que nadie autorizó a revelar, hay muy poco o ningún amparo legal para ello; al hacerlo en sitios como las redes sociales hay que tener en cuenta que estos escapan a la jurisdicción cubana.

Ante esa situación, cada vez se impone más la autoeducación y la de quienes nos rodean, para evitar que nuestra privacidad sea expuesta en un mundo de bytes del cual será muy difícil borrarla para siempre.

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