De ballenas, bacterias y otros olores

Incluso sentimientos tan elevados como el amor son observados mediante la química, la anatomía, la genética, la biología u otras ciencias El cerebro está programado biológicamente para responder a la atracción sexual Dudas e inquietudes de un joven seropositivo al VIH

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Siglos de estudio minucioso sobre el comportamiento humano no han develado aún todos sus secretos. Cuando la ciencia da un paso firme en una dirección, nuevas interrogantes se abren y es preciso acudir a la comparación con otras especies para entender cómo somos y por qué.

Incluso sentimientos tan elevados como el amor son observados mediante la química, la anatomía, la genética, la biología u otras ciencias para acotarlos en el plano de lo «real maravilloso» que constituye nuestra existencia.

Con tal propósito se estudian muchos animales: roedores, aves y mamíferos. Uno de estos últimos, una ballena piloto, sirvió de apoyo a científicos estadounidenses para demostrar el importante rol que juega cierta estructura del cerebro a la hora de elegir pareja sexual, según narra el profesor Douglas Fields, uno de los participantes de esta investigación, en un artículo publicado en febrero de este año en la revista Scientific American Mind.

Desde la cultura griega se suponía que los mamíferos poseíamos 12 pares de nervios craneales que emergen directo desde el piso del cerebro, cuyas funciones están ligadas a la percepción sensorial: oír, ver, oler, degustar y palpar, y por tanto también al movimiento de órganos ligados a tales procesos, como los ojos, la lengua o los músculos de la cara.

Para su fácil descripción, los galenos asignaron un número a cada par, de acuerdo con el orden en que aparecen anatómicamente.

Pero en 1878 «apareció» un nuevo nervio en el cráneo de un tiburón, justo antes del primer par. ¿Tenemos los humanos una estructura similar? ¿Qué funciones cumple? ¿Por qué no se había descubierto antes?

Pasaría mucho tiempo entre olvidos y polémicas antes de que se pudieran penetrar algunos de los secretos del denominado Nervio Cero. Hasta que quedó demostrado que sí está en los humanos y cumple el mismo rol: interconectar la nariz con la parte del cerebro que controla la reproducción sexual para ayudarnos a seleccionar pareja.

NERVIO CERO INDEPENDIENTE

Faltaba probarle a los escépticos que este «nuevo» par no era un simple apéndice del nervio olfatorio, sino que su función era tan importante para la supervivencia que aun en mamíferos cuya evolución había eliminado el olfato (como las ballenas y los delfines), se mantenía en activo.

De ahí que fuera tan importante para el profesor Fields y su equipo de biólogos y neurocientistas la oportunidad de analizar el cráneo de una ballena piloto muerta, para confirmar que este curioso nervio no estaba conectado a ningún bulbo olfatorio (el encargado de analizar los olores que llegan al organismo), sino que más bien su tarea discurría independiente de la existencia de este.

Se confirmó así que el Nervio Cero es autónomo: siendo prácticamente nuestra «brújula» como seres sexuados, capaz de captar las feromonas de parejas potenciales aun sin la participación del también polémico órgano vomeronasal, el encargado de «oler» si nos gusta o no determinada persona.

Además se confirmó que es un órgano neurosecretor, o sea, que facilita la liberación en la sangre de una potente hormona sexual, identificada como GnRH, incluso desde la etapa embrionaria del desarrollo.

Según se ha probado, alteraciones de este proceso en esa primera fase pueden afectar incluso la maduración sexual del individuo al llegar a la pubertad. Las investigaciones apuntan a que el Nervio Cero cumple además otras funciones, pero aún no han sido suficientemente estudiadas.

AMOR CONTRA INFECCIONES

Y mientras unos buscan fuera, en nuestros primos biológicos, explicaciones al comportamiento reproductivo humano, otros deciden averiguar en lo que llevamos dentro: ¿Puede existir alguna relación entre el sistema inmunológico y el amor? Parece que sí, a juzgar por los resultados de estudios aplicados en universidades de Edimburgo y Chicago.

Se supone que la capacidad de algunas macromoléculas de ese sistema para reconocer células ajenas y «decodificarlas» genéticamente no solo nos protege de infecciones bacterianas o virales, sino que sirve también para revelar la identidad genética de las parejas potenciales y elegir la mejor.

En especial moléculas nombradas MHC inciden en el olor que desprendemos y a su vez nos alertan de cierto modo para que no nos gusten sexualmente aquellas personas cuyos genes «huelen» parecido a los nuestros.

De ese modo el sistema inmunológico ayuda a prevenir el escarceo sexual entre miembros de una misma familia, mientras cumple otra de sus tareas esenciales: aumentar las defensas naturales de los individuos que han de nacer como producto de la unión entre un hombre y una mujer.

¿Por qué? Su meta es incorporar a la nueva «mezcla» una batería diferente de recursos genéticos, de modo que resulte más resistente a las infecciones ya vividas por ambos organismos progenitores.

Desde el punto de vista de la naturaleza al menos, no deberían atraernos personas con una «historia celular» parecida a la nuestra... Habría que estudiar por qué entonces en los planos social y psicológico la experiencia sugiere lo contrario.

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