Qué piensa él... qué cree ella

Afirma el psiquiatra norteamericano Daniel G. Amen, que no pensamos igual unas y otros Pregunte sin pena

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«Mi esposo jamás me escucha», dice ella. «Mi mujer me marea, y al final no sé que es lo que quiere de mí», riposta él. Sus pensamientos no coinciden, se entretejen códigos diferentes, cada mente actúa por su lado. Es como una «guerra de géneros» donde se entrena el «hardware» natural con el que nacemos, y sobre todo nuestro principal órgano sexual: el cerebro.

No es de extrañar que nuestros estilos de comunicación sean radicalmente diferentes, y que intentar comprender a un hombre desde la lógica femenina —o viceversa—, sea como pretender colocar una pieza cuadrada en un marco redondo.

Así lo afirma el psiquiatra norteamericano Daniel G. Amen, autor del libro Sexo en el cerebro, editado a principios de este año por la Editorial Harmony Books, New York Y no se trata de una «teoría» inventada por él: está basada en los miles de cerebros que ha estudiado mediante la resonancia magnética, donde se demuestra, por las reacciones eléctricas visibles a través de la pantalla, que no pensamos igual unas y otros.

Decenas de miles de años de evolución nos han hecho estructuralmente diferentes. Como promedio, los hombres tienen un cuatro por ciento más de neuronas que las mujeres, pero ellas tienen mejor conectados ambos hemisferios del cerebro, y por tanto, los expertos afirman que «tienden a usarlos más».

Según indica G. Amen, tal vez para ellos sea poco comprensible esa mayor capacidad de las féminas para simultanear actividades como estudiar en voz baja, mientras se plancha, se vigila a los pequeños, o esa fluidez para hablar mucho... y de cualquier cosa.

Ellos suelen ser más orientados al detalle, se focalizan en un solo aspecto y prefieren ir directo al punto (no solo en las conversaciones), consecuencia natural de que la gran mayoría «almacene» sus recursos lingüísticos en un solo lado del cerebro, el izquierdo: el más analítico, preciso y puntilloso, pero también el más divertido.

Aún los hombres zurdos, en un buen porcentaje, usan más ese lado para el lenguaje abstracto, cosa que ha sido probada recientemente y no constituye anomalía alguna, dice Amen.

Uno para mí, otro para ti...

Cada cerebro es como un reloj, solo que no hay dos exactamente iguales, aunque su complejo mecanismo se componga de las mismas piezas. Los hombres tienen más desarrollado el lóbulo inferior parietal, «pieza» esencial para la visión en tres dimensiones, la solución de problemas matemáticos y el estimado del tiempo y la velocidad, entre otras funciones.

De ahí que ellos sean mejores para solucionar problemas prácticos y encontrar direcciones. Sin embargo, las mujeres tienen una mejor visión panorámica de la realidad que les permite captar más fácilmente situaciones de «aprieto» o de peligro.

Si los hombres no piden ayuda, asegura Amen, es muchas veces porque no se percatan realmente de que la necesitan. Y esto es válido tanto para orientarse en una calle como para enfrentar problemas comunes de cualquier pareja: es el resultado de usar más el optimista hemisferio izquierdo.

Un chiste popular grafica esta diferencia: «en la fecundación, la mujer aporta un solo óvulo, pero el hombre necesita liberar millones de espermatozoides para garantizar que alguno llegue a la meta, pues jamás preguntan el camino y la mayoría se pierde».

Otro contraste estructural que indicaron los estudios, está en el sistema límbico, centro emocional del cerebro, que está algo más crecido como promedio en las mujeres. Gracias a ello son más amigables, tendientes a lo espiritual y más dadas a cuidar de personas enfermas, ancianas o menores de edad.

Pero también, instintivamente, pudieran necesitar más orden a su alrededor, para no desequilibrarse, especialmente durante la etapa de la adolescencia donde ellas tienden a ser mucho más vulnerables a las reacciones del ambiente.

Un dato curioso apuntado por el experto es que las mujeres cometemos tres veces más intentos de suicidio que los hombres, aunque ellos triplican la cifra de muertes al emplear métodos más violentos y eficaces.

Otros estudios apuntan a que las féminas son más hábiles para leer las expresiones faciales «¡incluyendo las mentiras!», destaca el doctor Amen, así como descubrir el estado de ánimo de los demás.

Con poca práctica, hasta podrían diferenciar las necesidades de una criatura recién nacida que llora, aunque no sea la suya.

Ver para creer...

¿Por qué mi mujer sabe cuándo admiro a una chica?, exclaman muchos hombres. Sobre ello los especialistas plantean la presencia de esa visión periférica que permite captar con el rabillo del ojo cualquier cambio a su alrededor.

Mientras, en ellos es mayor la respuesta sanguínea a estímulos sexuales a través de la vista. No pocos varones se ruborizan y tienen una repentina subida de presión provocada por descubrir una mujer atractiva a su paso.

Sin embargo, irónicamente, ellos están mejor dotados para la visión a larga distancia o «en túnel», así que lo más saludable de noche es dejarles el timón y no discutir: «manejan mejor que nosotras».

Los sentidos más desarrollados en las féminas, desde que nacen, son los del tacto, el olfato y el gusto, asevera Amen. De ahí que necesiten más caricias y detalles originales en el juego sexual antes de «llegar al punto» que los hombres prefieren.

¡Y hay de quien no cuide el ambiente del encuentro amoroso! Se ha demostrado que el cerebro femenino apenas «desconecta» sus preocupaciones. Aún dormidas, el 90 por ciento de este órgano sigue activo: el trabajo, la casa, la familia, las amistades, los disgustos...

Es la trampa de esa capacidad multitarea que llega a ser inconsciente, pero puede perjudicar cuando de verdad se desea lograr una concentración en un solo asunto tan vital como el placer o el orgasmo.

Ellos, sin embargo, no mienten cuando dicen que «no están pensando en nada». Tienen la virtud de apagar el 70 por ciento de su cerebro para descansar, y de verdad necesitan ese rato de «no hacer nada» cuando llegan a casa, aunque el mundo caiga a su alrededor y ellas pierdan la paciencia.

Y como su capacidad de atención es a más corto plazo, pocos resisten esas largas telenovelas. Asegura el doctor Amen que en sus investigaciones se reveló que para ellos son más efectivos los filmes de acción, y muy importante, «dejar en sus manos el control remoto: cambiar canales es una fuente de esos estímulos visuales que necesitan para conectarse».

Otra opción, alega el experto, sería el sexo, pero este nos alejaría definitivamente de la pantalla.

La interrogante sería entonces: ¿se nace con las diferencias o se hacen?, ¿o acaso ambas? Lo cierto es que los códigos genéticos del cerebro para cada sexo son diversos, así como su tamaño con el decursar de los años. El cerebro humano es inmaduro al nacer y no termina su desarrollo hasta muchos años más tarde, de modo que las condiciones psicosociales que varían con el tiempo también marcarán esos contrastes.

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