La indefensión aprendida

Los abusadores pertenecen a cualquier estrato social y no hay mayor prevalencia en unas edades o razas

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Cuando la sangre es de una mujer maltratada, la herida es de todos.

Graffiti español

«Usted acude a este tribunal en calidad de testigo. Eso le obliga a decir la verdad, de lo contrario incurre en un delito de perjurio. ¿Entiende lo que eso significa?». La joven asiente, lanza una ojeada al hombre sentado a pocos metros y comienza a narrar la pelea. Cuando se le pide mostrar la lesión en el brazo afirma que fue ella misma quien se la provocó con un objeto que él pretendía quitarle y «en el forcejeo se rompió sin querer».

La jurista interrumpe el relato: «Pero no fue eso lo que usted declaró ante la policía. ¿Entiende la gravedad de esa contradicción?». Ella baja la vista y responde: «Lo que dije entonces no era verdad. Lo hice porque mi mamá me lo pidió para perjudicar al padre de mi hija, pero ya nos arreglamos y estoy segura de que él no quería hacerme daño. Ahora digo que yo misma me herí con ese cristal».

La procesión va por dentro

Un tercio de la población femenina mundial ha sido abusada en su propio hogar. La violencia de género es un fenómeno admitido en todos los países, pero se habla de subregistros porque muchísimos casos no llegan jamás al sistema de justicia. Mientras las estadísticas enfatizan en la violencia extrema, como el feminicidio, el abuso crónico se propaga como epidemia silenciosa.

En la decisión femenina de no denunciar —o de retractarse— confluyen diversas causas: subordinación económica a la pareja, miedo a represalias, aún «ama» a su agresor y espera que cambie, vergüenza ante el vecindario o sus colegas, sensación de culpa, desconocimiento de las instituciones a las que acudir en busca de ayuda...

También la crianza tiene un gran peso en esa indefensión aprendida, como la calificara la psicóloga holguinera Aida Torralba en entrevista concedida al boletín Voces para el diálogo, correspondiente a diciembre de este año.

Si sus padres fueron abusadores o si priorizan la unión familiar en lugar de la felicidad, es muy probable que una mujer acepte como cosa normal que su marido la controle o la someta a vejaciones y golpizas. La alternativa de romper ese vínculo puede ser un proceso largo, con recaídas, y para eso necesita saber que no estará sola, dice la experta.

Por eso es importante estudiar el asunto desde la percepción de las implicadas, quienes ponen en balanza los episodios de maltrato contra esa otra actitud cotidiana que puede ser protectora y hasta de complacencia. Cuesta creerlo, pero muchas optan por seguir la relación por aquello de que «más vale malo conocido…».

Otra razón que las paraliza es la incomprensión de quienes ponen por delante sus prejuicios culturales a la hora de juzgar el fenómeno, en lugar de hacer cumplir la ley. No pocas reciben el consejo de volver a sus casas y «portarse mejor para no dar motivo a ser castigadas», y apenas dan la espalda, desoladas, escuchan frases como: «¿Qué habrá hecho ella?», «Hubiera elegido mejor» o la tan lapidaria «Entre marido y mujer, nadie se debe meter».

Esa actitud aumenta su vulnerabilidad, así que regresan a su infierno particular deseando que al menos nadie le vaya con el chisme al marido para que no la emprenda contra ella de nuevo esa misma tarde.

Cortar de raíz

Lo más efectivo para erradicar la violencia doméstica es aumentar las acciones de prevención, tanto con muchachas como con varones. Empoderar a las adolescentes y fomentar en ellas un proyecto de vida que retarde el matrimonio y priorice su desarrollo cultural las prepara mejor para identificar situaciones de violencia prevenible en la comunidad e incluso dentro de su propia familia.

Esta situación también puede verse en parejas homosexuales, tanto de hombres como de mujeres, cuando reproducen el patrón estereotipado de sujeto dominante (rol masculino) y sujeto dominado (rol femenino).

Estudios mundiales indican que los abusadores pertenecen a cualquier estrato social y no hay mayor prevalencia en unas edades o razas. Creer que solo se da entre marginales, alcohólicos o delincuentes es otro mito que enmascara la envergadura del problema. Es un hecho que mientras más nivel cultural tiene una mujer es más probable que tome las riendas de su vida y no acepte el abuso conyugal, pero no hay reglas sin excepciones.

En el citado boletín, la Doctora Lourdes Fernández, de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, insiste en que la violencia de género es aprendida, no natural ni condicionada biológicamente. El hecho de ser un suceso «privado» no le resta carácter social.

Otro estereotipo fatalista es que no es posible adivinar el potencial carácter abusador de un hombre: cuando se aprende a mirar con sentido crítico la historia de vida de una  persona es más fácil hablar del tema y medir reacciones antes de que la violencia se instale entre ambos.

Por ejemplo, un varón abusado en su infancia suele tomar ese camino como herramienta para «disciplinar» a la pareja y los hijos, a menos que se le demuestre a tiempo que hay otras vías basadas en el respeto y la equidad. Nunca es tarde para establecer reglas, y ningún motivo justifica actuar como si la pareja fuera un objeto propio.

En el caso narrado al principio se pudo comprobar que el marido sí era culpable de la lesión sufrida por la joven (19 años) y ella había mentido deliberadamente al tribunal para protegerlo, a costa incluso de inculpar a la madre. En consecuencia, al sujeto se le sentenció con una pena de privación de libertad y ella quedó a disposición de la fiscalía municipal para ser procesada por el delito de perjurio. Falta aclarar qué haremos, como sociedad, para romper esa cadena de maltrato antes de arrastrar a la bebita inocente.

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