La historia del CIGB está tejida con el hilo de la entrega absoluta. Autor: Naturaleza Secreta Publicado: 01/07/2026 | 01:34 pm
El 1ro. de julio de 1986, el mundo de la ciencia en Cuba daba un salto cualitativo. Ese día, bajo el impulso visionario de Fidel, se instauró el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), una institución viva que, desde su nacimiento, sería mucho más que un centro de investigación: se convertiría en el corazón latente de la soberanía tecnológica cubana y en un faro de esperanza para la salud de su pueblo y de buena parte del mundo.
Fidel, como ideólogo y gestor absoluto de esta epopeya, no solo concibió el centro, sino que lo acompañó y nutrió con su pensamiento futurista. En su discurso inaugural, ya adelantado a su tiempo, no se limitaba a hablar de producir interferón; vislumbraba las combinaciones y posibilidades futuras que la ciencia podría alcanzar, un sueño que se materializaría algún tiempo después. Su presencia y confianza en la capacidad de los científicos cubanos fueron el combustible que encendió la llama de la consagración en cada uno de los trabajadores del CIGB.
Consagración y humanidad: una familia de científicos
La historia del CIGB está tejida con el hilo de la entrega absoluta. Para la mayoría de sus trabajadores, el centro ha sido el escenario de su vida entera. Aquí llegaron como jóvenes, llenos de sueños y vocación, y aquí mismo han visto crecer sus carreras, sus proyectos, sus familias. No es casualidad que la institución sea también un crisol de historias personales: muchos constituyeron sus hogares con colegas, y hoy, una nueva generación, sus hijos, han seguido sus pasos, convirtiéndose en científicos que perpetúan el legado.
Este profundo sentido humano se refleja en la misión del CIGB: salvar vidas. Sus investigadores no trabajan con moléculas frías, sino con la esperanza de pacientes. De sus laboratorios han surgido productos que han marcado hitos en la biomedicina, como el Heberprot-P, un fármaco único que ha curado las úlceras del pie diabético a más de 250 000 pacientes en el mundo, devolviéndoles la calidad de vida que la enfermedad les había robado. Jusvinza, utilizado en su génesis para controlar la hiperinflamación, regular la respuesta inmunitaria y reducir el riesgo de mortalidad, es un producto que recientemente ha demostrado una respuesta muy positiva en el tratamiento contra los efectos del chikungunya.
La vocación de servicio y la empatía por el paciente son el motor que impulsa cada uno de sus proyectos. Desde la idea hasta su materialización. Por eso, grande es el orgullo que les ocupa pues el primer producto que recibe un niño en Cuba, a tan solo 24 horas de nacido, es uno que salió de este centro, la vacuna contra la Hepatitis B.
Ciencia en todas las esferas
Aunque sus logros en salud humana son excelsos, el alcance del CIGB es mucho más amplio. La biotecnología agropecuaria es otra de sus grandes fortalezas, aunque menos conocida, y responde a una necesidad vital para el país: la producción de alimentos y el bienestar animal. Como la Gavac, un inmunógeno contra la garrapata Rhipicephalus (Boophilus), microplus del ganado bovino, y la Porvac, que es una vacuna de subunidad proteica contra el virus de la peste porcina clásica.
En este frente, el centro ha desarrollado soluciones innovadoras para el campo cubano. Se trabaja en la transformación genética de plantas para obtener cultivos más resistentes y productivos, como la caña de azúcar y el maíz transgénico. Pero es una ciencia aplicada que no pretende enseñar al productor sino acompañarlo. Asimismo, se han diseñado vacunas y biofármacos para la sanidad animal, protegiendo al ganado porcino y vacuno, un pilar fundamental para la soberanía alimentaria de la nación.
Resiliencia ante la adversidad y rigor científico global

Foto: Naturaleza Secreta
El camino de la ciencia en Cuba no ha sido fácil, y el CIGB no ha sido ajeno a los retos. La actualidad cubana, marcada por la escasez de combustibles y las afectaciones eléctricas, ha atentado contra el desarrollo pleno de la actividad científica, imponiendo obstáculos que pondrían de rodillas a cualquier centro de investigación. Sin embargo, la respuesta del CIGB ha sido la resiliencia. A pesar de las carencias, se sigue haciendo ciencia, se sigue innovando y se siguen registrando productos para Cuba y para muchos países del mundo que confían en su calidad.
Esto no es casualidad. El CIGB opera bajo un estricto régimen de calidad y seguridad. La minuciosidad de sus estudios preclínicos y clínicos es legendaria. Para poder estar a tono con los estándares mundiales y obtener registros sanitarios en los mercados más exigentes, el centro debe cumplir y actualizar constantemente las regulaciones internacionales. La vacuna Abdala, la primera de Latinoamérica en obtener autorización de uso de emergencia contra la COVID-19, con una eficacia del 92,28 por ciento contra la enfermedad sintomática, es un ejemplo perfecto de esta capacidad para competir al más alto nivel.
El CIGB celebra 40 años; pero es un centro joven, con mucha ciencia por delante. Es la celebración de una visión, la de Fidel, que supo ver en la ciencia el camino hacia la independencia y el desarrollo. Es la celebración de un colectivo humano excepcional, que ha hecho de la consagración su bandera y de la humanidad su razón de ser. Es, en definitiva, la celebración de la ciencia cubana, en mayúsculas, que, contra todo pronóstico, sigue demostrando que el talento y la voluntad son un capital que ningún bloqueo ni escasez puede apagar.
