Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Con aire de ayer

Había muerto un hermano del actor cubano Guillermo Álvarez Guedes y en la puerta de la funeraria Caballero, en la calle 8 esquina a la avenida 27, de Miami, conversaban amigablemente Antonio Prío, ministro de Hacienda en uno de los gabinetes presidenciales de su hermano Carlos, y Max Lesnik, ex presidente de la Juventud Ortodoxa, cuando una vieja seguidora de la prédica de Eduardo Chibás se acercó a los dos hombres a fin de increpar con dureza a su antiguo compañero de partido.

—Parece mentira, Max Lesnik, que te rebajes a conversar con este bandido… Parece mentira, Max Lesnik, que hayas descendido a tanto. ¡Qué diría Chibás si te viera con este ladrón!

—¡Ladrón yo! ¿Y por qué? —adujo con presteza el también candidato a la Alcaldía habanera en las elecciones parciales de 1950, que perdió frente a Nicolás Castellanos.

—¿Y todavía lo preguntas? No me digas que no recuerdas los billetes que con el pretexto de su mal estado mandaste a recoger en tus días de Ministro para incinerarlos y que fueron a parar a manos de unos cuantos privilegiados. ¿A cuánto ascendió aquel negocito, Antonio? ¿40… 45 millones de pesos?

—Nada de 45 millones… Eso es una exageración —respondió Prío con cara de yo no fui, y (verdad o mentira) precisó: Aquello no llegó a los cinco millones de pesos… Cuatro millones y pico, si acaso.

—Aunque hubieran sido 20 pesos… ¡El caso es que se los robaron y tú fuiste el máximo responsable! —expresó la señora con el convencimiento de que decía la última palabra. No contaba con que Antonio, al igual que sus hermanos, era hombre ingenioso, de rápidas respuestas y agudo sentido del humor. El ex ministro no se sentía aplastado por el sermoneo. Dijo a su vez:

—¿Puede decirme usted, señora, cuántos habitantes tenía Cuba entonces?

La mujer pareció retroceder ante la pregunta intempestiva. Respondió al fin:

—Pues no sé con exactitud… Unos cinco millones tal vez…

—Éramos cinco millones de personas y los billetes que no se incineraron sumaban, más o menos, cinco millones de pesos. Eso quiere decir que tocábamos a un peso por cabeza, ¿no? —dijo Antonio Prío, y, sin transición alguna, extendió a la mujer el dólar que había sacado de uno de los bolsillos de la chaqueta. Añadió:

—Señora, aquí tiene su peso. Tómelo y déjeme en paz.

Ferrara y la Constitución

Transcurre una sesión de la Cámara de Representantes en el entonces recién estrenado edificio de Oficios y Churruca. Preside el liberal Orestes Ferrara y los ánimos se encrespan ante las pretensiones y demandas de la oposición conservadora. Al aventajado italiano, que con la presidencia de la Cámara ha alcanzado el máximo escalón que por la vía electoral permite la Constitución de 1901 a un extranjero, lo abruman en esta mañana los discursos de los diputados oposicionistas y hasta los de su propio partido. Es un as en las lides parlamentarias, un orador brillante y un polemista temible, pero tiene ganas, como pocas veces en su carrera, de que la sesión cameral llegue a su fin para poder irse tranquilamente a casa. Eso hace que pase por alto, como si no los viera desde su estrado, los pedidos de palabra que hacen algunos de los diputados.

Uno de ellos —conservador—, que ha solicitado con insistencia su derecho a intervenir en el debate, se pone de pie y, visiblemente irritado, se dirige a la presidencia.

—Señor Presidente, tomé la palabra para plantear, desde luego, una cuestión de orden, pero deseo que antes usted me responda una cuestión de forma… ¿Tengo yo derecho a hablar ante este ilustre cuerpo colegislador o no tengo ese derecho? ¿Soy yo un representante a la Cámara o no lo soy?

Ferrara parece confundido. Hace como quien va a excusarse por no haberle concedido la palabra al sujeto, pero cambia enseguida el rumbo de su respuesta.

—Claro que es usted un legislador. Pero a la verdad no debería serlo.

—Quiere explicarme el señor Ferrara qué me está queriendo decir. ¿Cómo es eso de que en efecto soy un legislador, pero que no debería serlo? —inquiere el aludido.

Ferrara contesta con aplomo. A lo largo de su muy larga vida —vivió 96 años— pareció tener siempre la palabra precisa, la respuesta oportuna para todo.

—Pues le diré. Es usted representante a la Cámara por La Habana. Eso es indiscutible. Pero no debería de serlo porque la Constitución de la República establece que se elija a un diputado por cada 25 000 habitantes o fracción mayor de 12 500 y estoy convencido de que La Habana no tiene tantos bobos como para contar con una representación en el Parlamento.

Grau y los ministros

El doctor Ramón Grau San Martín, presidente de la República entre 1944 y 1948 —lo fue antes entre 1933 y 1934— tenía una forma peculiar de remover a sus ministros y colaboradores principales. Jamás les hacía un conteo de protección ni una advertencia, pero tampoco les anunciaba de sopetón que cesaban en el cargo, sino que se los insinuaba como quien no quiere las cosas. A algunos el cambio los cogía de sorpresa. No habían sabido leerlo en la chispa maliciosa de los ojos del Viejo ni supieron derivarlo de su lenguaje epigramático.

A Alejo Cossío del Pino lo designó ministro de Gobernación (Interior), pero el titular, que lo fue por menos de seis meses, no tuvo nunca el favor presidencial. Una mañana en la que examinaban cuestiones de rutina de la cartera de Cossío, el mandatario cambió el curso de la charla.

—¿Qué le parece a usted, Cossío, la entrada de Núñez Carballo al gabinete?

El aludido dio una opinión positiva. Precisó que le parecía un acierto la entrada al Consejo de Ministros de un hombre proveniente de las filas del movimiento obrero (gubernamental). Ingenuo que era Cossío del Pino. No le cabía un alpiste porque pensaba que el Presidente tomaba en cuenta su opinión y Grau lo que hacía era anunciarle su desgracia.

—¿Y conoce personalmente a Núñez Carballo?

—No, doctor, no lo conozco, pero me gustaría.

—Claro que le gustará conocerlo y apresúrese en hacerlo, porque es él quien lo va a sustituir.

También seis meses como ministro de Educación estuvo Diego Vicente Tejera, quien ocupó esa secretaría cuando Grau obligó a renunciar al pedagogo Luis Pérez Espinós; despido injusto después de una labor ingente al frente del departamento en una época en que la educación no era prioridad de los gobernantes.

Un lunes de mañana, Tejera entró al despacho presidencial luego de dos horas de espera. La prensa le apodaba el ministro fantasma. Nunca acudía de día a la sede del ministerio; solo en horas de la noche.

—Dieguito, la oposición nos ataca. Dice que te tenemos a ti en Educación solo para repartir puestos. Hay que rectificar —afirmó Grau e hizo una pausa. Retomó el hilo de sus palabras y se refirió al inciso K de la ley de presupuesto, por donde salían no pocos pagos indebidos. Sentenció Grau: Hay un sobregiro en este acápite.

—Lo hay —respondió Dieguito—. Pero con las cesantías que dicté nivelé el presupuesto. En cuanto a los ataques oposicionistas, puedo mostrar la vasta relación de medidas que tomé en el orden docente. No todo ha sido política. El curso escolar terminará como es debido y si algún problema existe es el de la Escuela Normal para Maestros porque usted decidió ofrecer personalmente la solución.

—Sí, Diego, está bien… pero qué te parece un cambio para dentro de unos meses.

Diego Vicente se iluminó en ese justo momento. Se le encendió la chispa. Un cambio. Precisamente de eso se trataba. Respondió, rápido:

—Perdón, doctor, yo estaba confundido. Creo interpretar sus intenciones. No puedo permanecer en el ministerio por más tiempo luego de saber que usted está intranquilo. Creo que lo mejor es renunciar ahora.

Grau escuchó con satisfacción las palabras de su subordinado. Él quería que renunciara, pero en definitiva no le había pedido la renuncia.

—Bueno, Diego, haz lo que tú quieras.

A Diego Vicente Tejera lo sustituyó José Manuel Alemán. No todos los cambios en el gabinete grausista, sin embargo, eran para empeorar. Un acierto, sin duda, fue la sustitución del ingeniero Gustavo Moreno Lastres por el también ingeniero José San Martín Odría en la cartera de Obras Públicas, que se reveló como un funcionario eficiente y cuyas realizaciones fueron reconocidas por simpatizantes y opositores, si bien se le reprochó que todas las obras que llevó adelante las adjudicó directamente, sin sacarlas a subasta.

Grau quiso acometer un vasto plan de obras públicas, que ejecutó en buena medida antes de su salida del poder. Gustavo Moreno, que ya había colaborado con él durante el Gobierno de los cien días, no era el hombre adecuado para llevarlo a cabo. Llovían las quejas contra Moreno. La prensa lo acusaba de dirigir la política del ministerio con el fin de conseguir un acta de representante a la Cámara para su hijo Néstor, alto empleado, por otra parte, de esa dependencia. Tan concentrado estaba el Ministro en ese y otros asuntos políticos que ni él ni sus colaboradores atendían adecuadamente los planes constructivos del Gobierno.

Grau decidió actuar y lo hizo en pleno Consejo de Ministros.

—Moreno, parece que muchos de sus colaboradores no tienen deseos de trabajar. Si esto se lo manifiesto como Presidente, como médico le digo que lo he estado observando y lo noto pálido y cansado. Créame que no lo veo nada bien… Luce agotado. ¿Por qué no se toma un descanso? No tenga pena ni se sienta atado por los compromisos… Descanse, la salud es lo primero.

Moreno, sintiéndose blanco de todas las miradas, enrojeció de vergüenza y atinó a musitar que lo pensaría. Renunció poco después.

Pronósticos

Este escribidor no cree en las brujas. Pero las brujas existen.

El 31 de julio de 1973, María Elena Ros, una santera cubana establecida en Miami, llamó por teléfono a la periodista Ana Arias y dejó dicho en su contestadora: «Acabo de tener una revelación… Fulgencio Batista morirá después del 3 de agosto de este año. Cuando eso pase, ustedes pueden llamarme a mi casa…». El ex dictador, en efecto, falleció tres días después de la fecha indicada.

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