Lecturas
En la larga lista de hechos sangrientos que «adornan» la tiranía de Gerardo Machado hay uno que merece especial destaque. Sin embargo, no se conoce lo suficiente. El 9 de agosto de 1931 ocurre un suceso que por sus dimensiones e importancia la prensa bautizó como «la tragedia de Luyanó». En la esquina de Manuel Pruna y Trespalacios, Arturo del Pino, capitán del Ejército Libertador, cercado por la Policía en el inmueble que ocupaba la fábrica de medias de su propiedad, decidió vender cara su vida. Muy cara.
Del Pino era hombre de la absoluta confianza de la Unión Nacionalista, de Carlos Mendieta. En el local de su fábrica se guardaba todo un arsenal, así como documentos muy comprometedores, y servía de punto de encuentro y reunión de oposicionistas destacados. Fue precisamente la frecuencia de las visitas y lo numeroso de ellas lo que hizo sospechar a Celia Amohedo Herrera, de 18 años de edad y vecina de la casa de enfrente, que en aquel establecimiento se cocinaba algo raro y quizá hasta se preparasen artefactos explosivos. Tal vez por miedo a que alguno de ellos explotara frente a su casa u otra razón o sentimiento que ya nunca podrá precisarse, Celia, sin reparar en las consecuencias, comunicó a las autoridades sus temores.
Tenía Del Pino 16 años de edad cuando se incorporó al Ejército Libertador para servir en la tropa del generalísimo Máximo Gómez, que lo hizo miembro de su Estado Mayor. Finalizada la contienda, estuvo destacado en Quemado de Güines y fue nombrado luego jefe de la Policía en Sagua la Grande para asumir después como jefe de la Policía Judicial en Santa Clara, hasta que renunció para dedicarse a la agricultura. En 1910 vendió sus colonias cañeras y marchó a EE.UU. Regresó tres años más tarde y montó su fábrica de medias, la primera que existió en Cuba.
El día de los sucesos, Del Pino observó detenidamente por una ventana los movimientos de Celia. Advirtió la llegada de la Policía, la conversación que sostenía con la joven y la manera reiterada en que esta señalaba para la fábrica. No lo pensó dos veces el capitán y de un balazo certero la dejó muerta. Enseguida se dispuso a enfrentar a los sicarios machadistas. No menos de diez policías y agentes de la Sección de Expertos habían arribado al lugar en el primer momento. Dentro del establecimiento, junto a Del Pino, se hallaban dos hombres: un empleado del lugar, Felipe Cabezas, más conocido como el Gallego, e Ignacio Arjona, amigo del propietario desde muchos años antes.
Refiere la crónica periodística que el fuego se prolongó durante tres horas consecutivas, una batalla desigual que puso de relieve el valor y la serenidad del capitán y el Gallego. Los resultados del combate son elocuentes. Aparte de la soplona, un vigilante quedó muerto, tres fueron heridos graves y cinco se reportaron como menos graves. Todas las bajas fueron ocasionadas por los disparos del capitán y el Gallego, pues Arjona recibió una herida seria al comienzo de la refriega e intentó escapar por el fondo de la fábrica.
Mientras tuvieron municiones, aquellos bravos no dejaron de disparar. Policías y expertos buscaban refugio tras los árboles cercanos y las columnas de las casas vecinas sin atreverse a avanzar, temerosos de ser víctimas de «tantas balas que salían de la fábrica de medias». Y la verdad es que salían muchos proyectiles pese a que solo dos hombres se hallaban en el interior del inmueble. El veterano mambí y su compañero, para sembrar el desconcierto entre la policía y hacerle creer que eran muchas las personas armadas dentro del local, disparaban dos veces por una ventana para enseguida trasladarse a otra y repetir la misma operación.
La resistencia, lamentablemente, no podía ser infinita. Tres horas después de iniciado el combate los disparos se hicieron escasos y demorados. Policías y expertos. Con rifles y ametralladoras, arreciaron entonces su ataque. Una lluvia de balas atravesó puertas y ventanas e impactó los cuerpos extenuados de Arturo del Pino y Felipe Cabezas, segando sus vidas de manera instantánea.
El prolongado silencio que siguió al ataque hizo sospechar a la fuerza represiva que ya no había nadie con vida o, al menos, en condiciones de resistir dentro de la fábrica. Dos o tres de los más arrojados entre los atacantes se decidieron a entrar. Cuál no sería el asombro cuando vieron solo dos cadáveres atravesados por un sinfín de balas. Parecía que una sonrisa de felicidad plegaba los labios de ambos hombres. Morir como murieron había sido para ellos motivo de satisfacción y gloria.
No fueron los asesinatos de Julio Antonio Mella (México, 10 de enero de 1929) ni de Rafael Trejo (La Habana, 30 de septiembre de 1930) los primeros crímenes del tirano Gerardo Machado.
Cuando ocurrió el primero de esos hechos ya una larga cadena de atropellos jalonaba el mandato del apodado Mocho de Camajuaní. El trágico rosario se inicia con el asesinato del periodista conservador Armando André, baleado por sicarios machadistas cuando se disponía entrar en su casa el 20 de agosto de 1925, justo el día en que Machado cumplía tres meses en el poder. Uno de los últimos fue el de la militante comunista Ana Luisa Lavadí, herida mortalmente el 1 de agosto de 1933, cuando participaba en una manifestación callejera contra el régimen.
Entre una fecha y la otra se impone responsabilizar a las fuerzas represivas machadistas de cientos de crímenes individuales y no pocas masacres, como la del 7 de agosto de 1933, que dejó entre 20 y 30 muertos y más de cien heridos, luego de propalarse la falsa noticia de la renuncia de Machado, y antes, en 1926, el asesinato colectivo de numerosos emigrantes canarios acusados en Ciego de Ávila del secuestro de un rico colono azucarero. Al comandante Arsenio Ortiz se le achacaron 44 asesinatos en menos de un año en la región oriental. Con valentía y entereza, el juez Ríos Balmaseda procesó al llamado Chacal de Oriente, y no quedó a la tiranía más remedio que tomar cartas en el asunto. No pasó nada. Bajo la protección de Machado, Ortiz salió de Cuba con destino a Alemania, a fin de asistir a la boda de una hija y se radicó después y hasta su muerte, en el Santo Domingo de Trujillo.
A Félix Díaz Robaina, el uniformado que provocó, en un cuerpo a cuerpo, la muerte de Trejo, el juez le dio la posibilidad de la fianza, que depositó de inmediato el pagador de la Policía. Enseguida pasó a prestar servicio en la reserva especial de la jefatura. Luego, amnistiado, fue ayudado por la propia policía a salir de la Isla.
Ocho años de tiranía machadista cobraron más de 60 víctimas entre el estudiantado universitario.
En el largo martirologio que generó la lucha contra Machado hay nombres muy conocidos y recordados. Juan M. González Rubiera era casi un niño cuando encontró la muerte. Alfredo López, el amigo de Mella, horcón de la Federación Obrera de La Habana, vivió sin miedo ante las amenazas que lo acompañaron hasta el final. Félix E. Alpízar, estudiante detenido en plena vía pública por el propio jefe de la Policía Nacional, apareció cadáver, a la caída de la tiranía, en las caballerizas del Castillo de Atarés. A los hermanos Valdés Daussá se les aplicó la ley de fuga, en G y 25, en El Vedado. Pío Álvarez, herido a quemarropa en la cabeza, murió en medio de horribles dolores en el patio del Hospital de Emergencias sin que los sicarios que allí lo condujeron permitieran que se le prestara asistencia médica.
Las fuerzas represivas machadistas no se detenían ante nada. Su última «hazaña» en La Habana fue el asesinato de un mendigo. Regresaba a su buhardilla Manuel García González con un cartucho de comida (el llamado «globo» de la fonda habanera, que se confeccionaba con sobras) cuando cayó acribillado a balazos en la esquina de Valle y Pasaje Upman.
Ese mismo día una bomba había explotado en la calle Mazón y la policía buscaba al «bombero» aun cuando sabía que los autores del hecho habían sido miembros del grupo paramilitar La Porra, interesados en provocar desórdenes para seguir cobrando sus servicios y asesinar a mansalva.
Aquella tarde le tocó perder a un joven hambriento y desocupado, totalmente ajeno a la política.